FRACASAR

A veces sentimos que no valemos, no podemos o no somos suficiente. Vemos cómo lo que deseábamos desaparece ante nuestros ojos y los noes se agolpan sin dejar a los síes apenas espacio para respirar. Sentimos cómo, poco a poco, el lejos se va transformando en infinito, el mañana en nunca y la sensación de fracaso con aroma a imposible se va pegando a la piel como un perfume indeleble de pachulí barato.

Crecemos rodeados de expectativas ajenas que tratamos de cumplir como si fueran propias, intentamos creer en eso en lo que no tenemos fe y ganar batallas ajenas que no son más que la victoria de otro en diferido.

Nos acostumbramos a vivir a medias mientras perfeccionamos el arte del autoengaño. Sin brillar ni descubrir lo que somos o podemos ser, nos dedicamos a encajar a toda costa en puzzles ajenos mientras conducimos nuestra vida que viaja en punto muerto. Vivimos insatisfechos, con la eterna sensación de que siempre nos falta algo o nos sobra todo, arrastrando los pies por un camino marcado por otros que nos aleja de nosotros mismos.

No es fracaso no ser lo que otros esperan de nosotros sino, más bien, no atrevernos a ser nosotros mismos. Fracaso es la resignación, el acomodo a una realidad en la que respirar y pasar el tiempo cuenta cómo vivir. Es el miedo a alcanzar el éxito, a salir del redil, a decir “hasta aquí he llegado’, es dejar pasar la felicidad que pasa a tu lado, que tu cuerpo se despierte en un lugar y tu corazón se muera por hacerlo en otro. Fracasar es un verbo que queda grande a lo que no pasa de fallo y da un aire de drama a lo que no pasa de historia.

La vida va pasando con sus tropiezos y fracasos, con sus cambios de rumbo y esas oportunidades que dejamos pasar. Los tropiezos nos dejan cicatriz y los fracasos, huella y con ellas vamos creando el mapa de nuestra esencia. Somos eternos aprendices con complejo de sabio que, poco a poco, vamos entendiendo que uno de los éxitos de la vida es tropezar con arte, levantarnos antes y superar fracasos.

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EL DOLOR

Corrían los primeros noventa cuando R. E. M envolvía en música unas palabras con las que no puedo estar más de acuerdo: Everybody hurts. Todo el mundo duele.

Dañar es una de esas características que viene de serie en el ser humano junto con la pasión, la capacidad de amar, superar, perdonar, sobrevivir, odiar, sorprenderse y tantas otras que nos hacen ser esos animales extraños, imperfectamente humanos y casi perfectamente aceptables, a la cabeza de una evolución que parece habernos sobrepasado. Somos esos animales racionales que, en muchas ocasiones, tenemos tanto exceso de lo primero como escasez de lo segundo. Buscamos desesperadamente lo que tenemos al lado, nos perdemos, la magia por no dejar de buscar el truco y nos enredamos en imposibles pintados de purpurina.

Tenemos una enorme capacidad de aguante y resistencia al dolor, mucho más grande de lo que pensamos. Por eso, detrás de un “no puedo más” viene un morderse la lengua al descubrir que sí se podía. Nos dañan personas, situaciones, palabras o lo que imaginamos. Somos sufridores compulsivos que aguantamos situaciones que no se sostienen, personas que no nos merecen y palabras que no tenemos por qué escuchar. Tropezamos en la misma piedra conteniendo la respiración porque sabemos que viene caída y nos empeňamos en llamar amor a lo que nos desgarra el corazón en lugar de acariciarlo. Y como todo el mundo daña, nosotros no íbamos a ser menos. Nosotros, también dañamos queriendo o sin querer, por acción u omisión, a quien no queremos y a, quien nos quiere. Muchas veces, dañar nos hace daño pero es inevitable que a otro le duela nuestro silencio, nuestra palabra, la no correspondencia o cómo actuamos. Vamos de rosas ignorando nuestras espinas, de Dr. Jekyll con Mr. Hyde acechando desde dentro y nos cuesta aceptarnos como verdugo mientras nos sentimos víctima inocente.

Vivimos entre dolor y caricias, ruido y música y sintiendo que morimos y que somos invencibles. Somos humanos con un aire divino caminando por la vida con el puñal en una mano y el corazón en la otra, dolemos y nos duelen, somos desastre y fortuna, oscuridad, luz y la cara oculta de la luna.

EL OCTAVO

“No mentirás”. Así, tal cual, sin anestesia y a bocajarro es lo que dice el octavo mandamiento. Ese que los humanos solemos ignorar por incómodo y porque no se lleva demasiado bien con nuestra imperfecta naturaleza.

Mentimos a otros para tratar de ocultar lo que no nos gusta de nosotros mismos y eso que hacemos pero nos avergüenza; engañamos para tratar de retener a alguien, que se vaya o que parezca que somos eso que ni de lejos. No sé si nos falta de valor o nos sobra ego, necesitamos gustar o nos asustan los cambios pero damos esquinazo al octavo. continuamente. La mentira nos sirve como justificación o maquillaje mientras la usamos para manipular a propios y extraños y cambiar la realidad por una película de ciencia-ficción.

A veces hacemos reflexivo el verbo mentir. Al fin y al cabo, quién mejor que uno mismo para mentirse con total confianza. Hemos aprendido a hacerlo con tal naturalidad que la mentira puede llegar a parecer más real que lo auténtico. Vivimos con la mentira como una extensión de uno mismo. Miramos a otro lado mientras caminamos hacia adelante, inventamos historias para justificar la propia y cualquier mentira es buena para no enfrentarnos a una vida que no sabemos bien cómo llevar.

La mentira tiene las patas cortas pero la inventiva muy larga. Nos hace ir por la vida con los dedos cruzados a la espalda y creyéndonos únicos mientras ignoramos el noveno para vivir una vida en la que fingimos no conocernos a nosotros mismos.

DOS DÍAS

La vida son dos días, un suspiro o un vuelo. Es lo que se va mientras lo piensas, la cuenta atrás desde el primer momento, la única e irrepetible, el coche con todas las marchas pero sin freno.

Hay quien vive dejando escapar el tiempo, quien siempre fue viejo por falta de sueños, quien no se apasiona y solo respira. Otros a quien de los dos días les sobran cuarenta horas, les falta valor para ser ellos mismos o se acostumbran a vivir en una mentira.

Vivimos sin tomas falsas, con canciones que encierran momentos, coleccionando oportunidades perdidas; con exceso de recuerdos, eternizando imposibles, creyéndonos eternos y ahogándonos tras sonrisas.

No podemos vivir mientras morimos de miedo, siempre a la sombra de otro, con la eterna red sobre el suelo. Ni pretendiendo elegir sin perder algo, sin creer en uno mismo y en la fortuna o lanzando órdagos a juego sin llevar las treinta y una.

No se vive sin morir un poco o llorar de risa, sin perder la fe a ratos, sin dudar si saltar o caer o sin mancharse los zapatos; sin vacíos que duelen, sin ganar alguna partida, sin alas para volar o momentos que dan sentido a una vida.

Solo somos tiempo, relojes sin horas, arena entre los dedos, deseos, emociones, lucha interior continua y caja de los secretos; rebeldes sin causa, el miedo después del puedo, leones domesticados, revolucionarios de salón y gastadores de intentos.

Que los dos días sean vida, el suspiro emoción envuelta en aire y que el vuelo sea largo. Que vengan los meses sin erre, que el sol caliente y no queme, las pasiones no nos falten y el tiempo sea indulgente.

FELICIDAD

¿Cuándo fue la última vez que fuiste feliz?

Seguro que, ante esta pregunta, muchos tendríamos que parar un momento a hacer memoria o, sencillamente, a pensar qué entendemos por felicidad, si es lo mismo que estar contento o cuál es la diferencia. Es la palabra que está en busca y captura en cualquier idioma o lugar y que en sus nueve letras encierra tantas definiciones como personas hay en el mundo. En su nombre se han escrito canciones, poemas, teorías y se han creado grandes obras de arte. Es lo que pedimos al cerrar los ojos y soplar las velas, eso que va unido a la sonrisa, lo que es tan común a todos y tan diferente en cada uno, la gran deseada pero también desconocida a pesar de ser una de las palabras más repetidas.

Mientras que en la infancia la felicidad es lo normal porque va de la mano con la inocencia, en la adolescencia y la juventud se parece más a esos fuegos artificiales que estallan en la piel mientras estremecen el alma. La felicidad entonces es efímera y tiene que ver con descubrir, conocer y amar; una sensación de plenitud y euforia que desaparece cuando llega el desengaño, la decepción o la realidad demasiado cruda. Somos tan felices a ratos como desgraciados poco después, nos sentimos los reyes del mundo poco antes de querer desaparecer llorando en un rincón o creemos volar por un cielo perfecto antes de caer en picado a un infierno en el que nos sentimos morir.

Pasa el tiempo y nuestro concepto de felicidad va cambiando aunque no las ganas de encontrarla. A veces creemos no haberla vivido pero aparece en nuestros recuerdos, queremos definirla y nos la perdemos, la buscamos fuera cuando empieza dentro de uno mismo. Es esquiva y caprichosa, se esconde de quien se obsesiona con ella, es personal, transferible y contagiosa. Aparece en lo que no se imagina, en el momento menos pensado, en la calma o en el fuego, en la historia más inmensa, en el detalle pequeño; en un momento fugaz, en una luna de enero, en un vuelco de corazón, en encontrar el camino recto.

Hay quien la tiene delante y no se atreve, quien la busca tan lejos que se pierde, quien la vive en lo pequeño cada día, quien la encuentra y se la queda o quien no llega a conocerla. No hay receta ni momento ni medida pero quien tiene la suerte de conocer la felicidad la encuentra en mil cosas y no la olvida. A todo se aprende y yo creo que ser feliz también es una actitud y un modo de vida.

EUFEMISMOS

Según el diccionario de la lengua española, un eufemismo es “una manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta o franca expresión sería dura o malsonante”.

Hoy en día, los eufemismos se encuentran en la mayoría de noticias que escuchamos o leemos y en nuestra vida en general. Parece que hay que suavizar algunos conceptos para que parezcan lo que no son o no parezcan lo que son. Se está imponiendo el no llamar a las cosas por su nombre sino por otros que, en ocasiones, no son más que un disfraz cutre intentando cubrir una realidad incómoda. Nos estamos acostumbrando a ver cómo se amasan ideas no porque sean duras sino porque, si se expresan como son, no cuelan. Se vacía de significado para dar apariencia, se baja el volumen para que apenas se escuche, se ablanda un bocado difícil de tragar y trata de disimularse con perfume eso que huele mal. Otra apariencia, otra textura y aroma pero la misma realidad. ¿Que no nos gusta tan cruda? Pues al dente. ¿Que sigue haciendo bola? La pasamos un poco más, le ponemos otro nombre y solucionado. Quién nos iba a decir que íbamos a tragar con tantas cosas que antes habríamos rechazado sin dudarlo un momento.

Vivimos en un mundo de apariencias en el que prima la belleza exterior, lo bueno y lo agradable. Ideas, discursos y noticias tienen que pasar por peluquería y maquillaje antes de ser difundidos para llegar al consumidor de una forma amable, independientemente de lo que haya debajo.

No sé en qué momento empezamos a creer que irse es menos definitivo que morir, una verdad a medias no tiene nada que ver con una mentira, tener sobrepeso es mucho mejor que estar gordo o que la alimentación saludable es una delicia que no se parece a la comida de dieta de toda la vida. Me parece recordar que antes no teníamos la piel tan fina ni tanta facilidad para ofendernos y las palabras tampoco tenían tanta capacidad para asustarnos. Hemos perdido el norte y el diccionario, ese donde encontrar el significado real de las palabras.

Esperemos que sea una moda pasajera y vuelvan esos clásicos que tan bien sientan como llamar a las cosas por su nombre, dejar de disfrazar la verdad y sacar el criterio a pasear antes de que se apolille. Porque no tenemos la piel tan fina ni somos tan impresionables. Y la realidad, como la carne, a veces, es mejor tomarla cruda.

LA BUENA EDUCACIÓN

Proliferan como las setas en otoño y crecen sin freno en una sociedad acostumbrada a seguir al rebaño y a no salirse del redil de lo políticamente correcto. La mediocridad, la falta de criterio, la mala educación y el no menos mal gusto son los nuevos cuatro jinetes del apocalipsis que campan a sus anchas de Pontevedra a Almería, de Tarragona a Huelva, con parada en todos sus puntos intermedios. Parece que lo que hasta hace unos años era algo de lo que nadie se sentiría orgulloso, ahora es algo digno de ser encumbrado. Gente que vocifera, insulta, señala para que otros ataquen, habla sin conocimiento, sin las más mínimas maneras ni escuchar a los demás es reconocida con aplausos.

Quien no conoce la discreción ni el respeto es tomado como ejemplo, quien no da la cara puede convertirse en un líder y alguien que no sabe hacer la o con un canuto va dado lecciones, eso sí, a voz en grito. Lo normal ha pasado a ser excepción y lo negativamente excepcional resulta ser de lo más normal. La educación, la buena e incluso la mínima, brilla por su ausencia en un mundo cada vez más sucio en el que los principios se van dejando para el final y en muchos casos, se pierden por el camino.

Vivimos en una especie de feria llena de charlatanes vendedores de crecepelo, gente amargada que necesita amargar a otros para sentirse feliz, carteristas experimentados y payasos que repiten el mismo chiste hasta la saciedad; abundan las tómbolas en las que difícilmente se ganará un horrible peluche, los aprendices de mago con trampa y con cartón, los hombres bala que no lograrán despegar y esos pandilleros pasando el rato mientras buscan pelea.

Hay mucho valiente de salón, discursos llenos de palabras vacías, humo vendido a precio de oro, demasiado atrevido de boquilla que nunca va de frente y redes sociales pobladas de gente asocial. Pretenden que entres a un trapo que no sirve ni para limpiar cristales, que aceptes lo que ellos no aceptarían jamás de otros, que te moleste lo que ni siquiera merece ser tenido en cuenta y que creas unas verdades absolutas que se caen de relativas. Y todo ello aderezado con una buena cantidad de gritos, amenazas veladas, incultura, manipulación, falta de saber estar y, por supuesto, de saber marcharse.

Falta educación, humildad, reflexión, respeto, discreción, criterio y valor, además de todos esos valores que parece que poco valen hoy en día. Y con este cóctel tan poco apetecible, me alegra que me guste ser del montón. Del montón de esos para los que el respeto y la buena educación no son negociables.