PEQUEÑA INMORTALIDAD

Dicen que uno no muere mientras permanece en la memoria de otros y, en cierto modo, es así. Por eso hay tantos personajes inmortales que siguen estando presentes en la actualidad aunque haga mucho tiempo que fallecieron. Ellos ya no están pero dejaron aquí sus actos, su legado en forma de pensamiento, palabras, arte, hazañas o errores y, de ese modo, quedaron formando parte del presente y del futuro.

No me considero creyente y, aunque he de reconocer que a veces tengo mis dudas, creo que esta es la única vida que tenemos. Por eso, y porque ni siquiera sabemos cuánto va a durar, pienso que no es mala idea ir creando nuestra propia parcela de inmortalidad al igual que otras personas se han hecho de alguna forma inmortales en nosotros. Esas personas no son siempre las que parece ser que debemos querer o admirar, esas a las que nos unen unos vínculos impuestos desde el inicio de nuestra vida. De hecho, hasta que nos damos cuenta de que, en ocasiones, esos vínculos no son tan fuertes ni ese amor tan real sino una mera costumbre y logramos salir de ese convencionalismo, perdemos tiempo y confianza en nosotros mismos pensando en qué estamos fallando para que nos ocurra esto. ¿Por qué nos sentimos tan mal cuando no queremos a quien se supone debemos querer? ¿Por qué nos juzgamos y buscamos el fallo en nosotros y no pensamos que, sencillamente, una cosa es la costumbre y el cariño y otra el amor real? Nos sentimos malos hijos, malos hermanos o malos familiares por no sentir como parece que siente el resto. Lo que no sabemos es si realmente el resto siente ese afecto profundo de verdad o está representando el papel que le asignaron en un principio.

Tenemos personalidad propia, eso está claro, pero esa personalidad también se ha ido formando y completando con lo que otros han ido dejando en nuestra vida. Son esas personas importantes, sean quienes sean y lleguen a nuestra vida en el momento en que lleguen, que han sido capaces de dejarnos una huella imborrable que quedará en nosotros hasta el final de nuestros días; esa será su parte inmortal. Esas parcelas que nos van completando, y en las que sigue viviendo una parte de los que ya no están, forman parte de lo que somos y, probablemente, nosotros seguiremos manteniendo esa inmortalidad al transmitírselo a otros.

Me gusta pensar que esas personas que tan importantes fueron para mí, que tanto lloré cuando fallecieron y a las que tanto echo de menos, nunca se han ido del todo por lo que han dejado en mí. Ahí se hicieron inmortales aunque ellos nunca fueran conscientes de que parte de ellos se quedaría viviendo en mi forma de ser y ver el mundo.

No basta con plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo porque puede que el árbol se seque, que nadie lea el libro y que el hijo se vaya de meditación a Nepal y no quiera saber nada de nosotros. Se trata de dejar huella sin pisar, recuerdos imborrables, principios que no acaben y promesas cumplidas; que tengamos siempre una habitación con vistas en el recuerdo de quien nos quiso sin obligaciones ni ataduras sino con los vínculos más reales y fuertes que son los que forja la libertad. Y como deseo final, que nuestra pequeña inmortalidad les haga sentirse grandes.

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DONDE FUIMOS FELICES

Se dice que no hay que regresar a esos lugares donde fuimos felices pero yo me siento rebelde y ayer estuve en dos.

Hacía muchos, muchos años que no iba a ese palacio presidido por un enorme escudo con las seis flores de lis de los Farnesio en cuyo patio de armas se pueden aparcar los coches y en otro tiempo hubo un bar. Ese en el que, al caminar por sus pasillos, siento que podría cruzarme con cualquier sirviente corriendo porque le requieren en la sala de billar o imaginar la temperatura bajo cero que debía hacer dentro de estos muros cualquier mes de enero del siglo XVIII mientras miro a través de un enorme ventanal la inconfundible figura de la Mujer muerta recortándose en el horizonte. Un palacio en el que hay galerías donde diferentes especies de animales disecados te miran tras un cristal y parecen tan vivos que cuesta un esfuerzo enorme no intentar coger a esas crías de jabalí llamadas “rayones”, a las perdices, los rebecos o a esos lobeznos que parecen adorables cachorros de perro.

Cuando yo fui feliz allí aprendí que los machos de las rapaces son un tercio de tamaño más pequeños que las hembras, que los bargueños eran muebles para llevar de viaje, que si esperaba con calma y en silencio se acercarían los ciervos a comer pan de mi mano y que hay once kilómetros en línea recta desde allí al palacio de La Granja.

Esos jardines de La Granja son el segundo lugar donde fui feliz y, aunque allí voy con frecuencia, no dejo de sentir esa sensación tan especial cuando entro a tomar algo al restaurante del hotel Roma, paseo por la explanada de las sirenas donde aprendí a caminar o bebo agua en la fuente del Niño como tantas veces he hecho a lo largo de mi vida. O cuando veo cómo la luz dorada de principio del otoño se cuela entre las hojas de los castaños o recuerdo que siendo feliz aquí aprendí que Diana es la diosa de la caza, que hay ríos subterráneos que suenan como un oso durmiendo y que el musgo en el tronco de los árboles te indica dónde está el norte.

Ayer regresé allí donde fui feliz y lo he sido de nuevo aunque yo ya no sea la misma. En estos lugares se quedó esa niña con lazo en el vestido, mi abuelo con su sombrero llevándome de la mano y los ciervos que se acercaban confiados a nosotros, mi abuela tomando un chocolate con picatostes en la cafetería del Roma una tarde de invierno, mis padres enseñándome a andar en una foto en blanco y negro y esa sensación de eternidad.

Ahora, de vuelta a la realidad, pienso en esa felicidad que tanto nos empeñamos en buscar y resulta que la tenemos ya vivida porque está en el recuerdo. Eso me hace preguntarme si realmente nos sentimos felices cuando estamos viviendo esos momentos que aparecen como felices en la memoria. ¿La felicidad se vive o se recuerda?Regresar a esos lugares donde fuimos felices implica encontrarnos con esa parte de nosotros que dejamos allí y que, muchas veces, llevamos tiempo sin frecuentar; por eso en ocasiones no es fácil. No es el lugar sino lo que fuimos en él.

En mi caso, la niña del lazo en el vestido que adoraba dar de comer a los ciervos en Riofrío y escuchar historias de los dioses que pueblan las fuentes y los paseos de los jardines de la Granja se ha quedado allí de la mano de su abuelo. Hasta la próxima.

MEDIR EL AMOR

Cuántas veces habremos dicho y escuchado “te quiero mucho” y seguramente estábamos convencidos de sentirlo así. Pero, ¿se puede querer poco? ¿Cómo se distingue si uno quiere mucho, poco o regular? ¿Damos y recibimos amor a granel por kilos o por toneladas?

Yo creo que cuando se quiere, se quiere del todo y con todo. No se elige querer, al igual que tampoco a quién se quiere ni es posible elegir cuándo ni en qué grado. Es sí o no, no hay más.

El amor, como otros sentimientos, es imposible de calcular. No se puede medir la cantidad de amor que uno siente sino la intensidad de los sentimientos que suscita como la pasión o el deseo. Creo que se quiere al cien por cien, sin peros ni excusas y sin posibilidad de evitarlo. Se quiere sin querer en el sentido romántico, de amistad o familiar, al igual que no se quiere también sin querer. El amor no se provoca por mucho que desde pequeños estemos rodeados de personas a las que se da por hecho queremos o tenemos que querer y nos sentimos mal cuando eso no ocurre porque no entendemos por qué n no sentimos por determinadas personas ese amor que se supone debemos sentir.

Creo que se tiende a confundir amor con apego, costumbre, convencionalismo, necesidad o un afecto que no llega a ser amor. Decimos “te quiero” con tal ligereza que ese falso amor encerrado en palabras huecas vuela al poco tiempo. Nos empeñamos en medir lo inconmensurable, en vulgarizar lo extraordinario y en hacer habitual lo que ocurre pocas veces en la vida, queriendo dar grados a lo que es un todo.

La suerte es amar. La fortuna, ser correspondido. A mí no me quieras mucho; si me quieres, que sea bien.

GANAR

Desde pequeños nos gusta ganar; llegar el primero a la meta, saltar más lejos que los demás, marcar el gol que hace que tu equipo gane el partido, dar el jaque mate en una partida de ajedrez, ligarte a quien parecía imposible o sacar treinta y una cuando te han lanzado un órdago a juego.

Siempre se recuerda al primero, al ganador. La plata y el bronce nunca brillan como el oro ni se fijan igual en la memoria. Podemos recordar quién ganó un Mundial, una carrera, el festival de Eurovisión o quién sacó la mejor nota en aquel examen de matemáticas que tenías preparado para diez y no pasó de un seis. Nos gusta ser el primero aunque muchas veces no lo reconozcamos. Ganar alimenta el ego, acaricia el orgullo y provoca ese punto de vanidad que nos hace sentir que flotamos por encima de otros durante un momento.

Curiosamente, ese gusto por ser el primero no siempre se da en nuestra faceta más personal de la vida. En muchas ocasiones convertimos el amor y la amistad en un cajón de sastre en el que cabe todo y aceptamos sin dudar eso que no haríamos nosotros con los demás. Nos acostumbramos a estar siempre para quien solo está cuando le conviene, nos vestimos de gala para recibir unas migajas que tomamos como banquete y nos conformamos con ser segundos para quien es nuestro oro indiscutible. Damos amor a quien nos ofrece un espejismo y no nos atrevemos a luchar por ser los primeros por miedo a no serlo en realidad aunque eso ya lo sabemos; sentimos miedo a perder lo que no tenemos, a quedarnos solos estándolo ya o a estar apostando por un caballo que ni siquiera está dispuesto a correr.

Aceptamos ser segundos o terceros con tal de ser algo y solo cuando realmente entendemos que en cuestiones de amor y de amistad no hay “algos” sino que es todo o nada, aprendemos que la plata y el bronce solo tienen valor en las carreras. El oro, para los sentimientos.

ESPEJO, ESPEJITO.

Decía Ramón de Campoamor que todo es según el color del cristal con que se mira. Creo que es una verdad absoluta o casi para explicar lo relativo que es eso que vamos viviendo a lo largo del tiempo; eso que a veces nos sube al cielo, otras nos tortura, otras nos hace creer y algunas creer morir.

Nos acostumbramos a vivir por inercia, a hacer lo que se supone que toca, a no salir del camino, a mantener lo que ya no existe y a guardar unas apariencias que no tienen nada que ver con lo que somos. A sufrir por amores que no tenemos, a querer sujetar lo que se fue, a no dar el paso para ser felices por miedo a perder eso que ya ni siquiera nos emociona y a llorar por los rincones por esos a los que apenas importamos.

Somos acaparadores de nadas, compradores de humo, inventores de historias y justificadores de imposibles; aprendices de brujo, fabricantes de ojalás, amantes de ilusiones y ciegos ante lo que no nos gusta.

Por eso, a veces la vida nos trae un espejo en forma de tropiezo o de persona, no para decirnos quién es el más guapo del reino sino para decirnos quiénes somos nosotros. Es ese espejo difícil de mirar porque no refleja lo que creíamos ser ni lo que creíamos vivir ni lo que creíamos tener sino esa realidad que muchas veces se nos hace bola y maquillamos hasta que no parece ella. Mirar ese reflejo duele pero hay que enfrentarse a él porque sólo nos está mostrando esa realidad que tantas veces tratamos de ignorar porque no se ajusta a lo que deseamos y queremos dar de lado.

Tras enfrentarnos a ese reflejo, siempre nos quedará el recurso al pataleo o la posibilidad de romper el espejo y arriesgarnos a los siete años de mala suerte Aunque, si no queremos sufrir la impotencia del pataleo ni la remota posibilidad de la mala suerte, también podemos probar a cambiar el color del cristal con el que estábamos mirando. A lo mejor nos sorprende.

LA EXPERIENCIA ES UN GRADO

Desde pequeños vivimos rodeados de prejuicios, de manipulaciones más o menos conscientes y de unos caminos marcados que nos indican por dónde debemos ir para ser lo que se espera de nosotros. Lo que otros esperan, claro.

Poco a poco, nuestra cabeza se va levando de “fulanita no es buena compañía”, “estudia esto, que te irá mejor”, “llevas la falda muy corta, el pelo muy largo y mucho maquillaje”, “eso es una locura”… Siempre toca decidir si hacemos caso a esos consejos tan llenos de prejuicios que vienen de personas que, aunque nos quieren, muchas veces no saben de lo que están hablando y nos conocen menos de lo que creen o vamos por libre. En el caso de aceptar esos consejos para agradar a los demás mientras se renuncia a lo que uno siente que debe o desea hacer, es cuestión de tiempo que se decida ir por libre y se reniegue de todo ese tiempo perdido en intentar ser como otros creyeron que deberíamos ser. Y es al decidir ir por libre cuando empezamos a vivir de verdad tropezando, cayendo y levantándonos, cometiendo locuras inolvidables y errores que no lo son menos, tomando decisiones, celebrando aciertos, atesorando secretos, llorando decepciones y fabricando recuerdos.

Sin prejuicios es como vives tu propia vida y vas conociendo eso que te hubieras perdido de seguir ciegamente los caminos marcados por otros, vas acumulando experiencias y deseas no dejar de vivir otras nuevas. Ahí está la diferencia entre madurar y envejecer. Conozco personas más viejas que Matusalén que no han llegado a los cuarenta y abuelos más jóvenes que alguno de sus nietos.

Abrir la mente, atreverse, creer en uno mismo y quererse, algo tan fácil en la teoría pero no tanto en la práctica, es lo que hace que llegue ese momento de la vida en el que puedes hacer tantas cosas sin culpa, pena, drama o remordimiento porque sabes lo que haces y asumes las consecuencias. Ese momento en el que te valoras y disfrutas de lo que trae la vida, en el que decides lo que quieres probar y lo que no conociendo el espacio en el que te mueves. Ese en el que “porque sí” y “porque no” ya son razones de peso, en el que si te hace feliz te vale y en el que las ganas ganan a los miedos, puede que por ese grado que hemos conseguido por experiencia.

LA DUDA OFENDE

Hasta hace poco, parece que era la duda la que ofendía. Hoy ofende la duda, la certeza, el blanco, el negro, la palabra, el silencio, el sí, el no, el bueno, el feo y el malo. ¡Qué aburrimiento! Hay demasiado ofendido ofendiendo, criticando, señalando y buscando un nuevo motivo de ofensa, no sea que el de hoy deje de estar de moda mañana.

Mucho ofendido que encuentra en ese papel el modo de ser visto, de tener su minuto de gloria y la manera de ofender sin dar la cara, mucho victimista que, en realidad, esconde un tirano.

Ofenderse es estos días deporte nacional, incluso mundial, y tenemos auténticos especialistas en esta materia que también va unida a la crítica. Hay quien confunde crítica con ataque y siempre está a la defensiva sin querer entender el fondo del mensaje. Lo que no sé muy bien es si es por inseguridad, por ego o porque ese tipo de personas no sabe sino atacar bajo el disfraz de la crítica y cree que todo el mundo actúa igual. Cuando se critica, debemos cuidar el modo en que se hace y tratar de utilizar palabras adecuadas. Aún así, este tipo de personas siempre se sentirá atacada y, por supuesto, ofendida. Y aprovechará la ocasión para atacarnos y ofendernos mientras se hace la víctima. Mejor no entrar en su juego; demasiado desgaste para tanta tontería.

Cómo dijo Mark Twain. “nunca discutas con un idiota porque te hará bajar a su terreno y allí te ganará por experiencia”. Y yo me permito la libertad de tunearlo “nunca entres al trapo de un ofendido porque siempre encontrará motivo de queja, te desesperará, ofenderá y te sentirás tonto por haber entrado”.