APRENDER

Venimos al mundo con un libro en blanco y un cronómetro con una cuenta atrás que sabemos cuándo comienza, pero no cuándo termina. Poco a poco, vamos aprendiendo lo básico para sobrevivir en lo que va a ser nuestro hogar desde que dejamos de flotar plácidamente dentro de nuestras madres y el escenario de la historia con la que iremos llenando nuestro libro.

Imitamos lo que tenemos alrededor y así empezamos a sonreír, gesticular, hablar y caminar por el suelo y por la vida mientras comenzamos a escribir nuestro libro en blanco y la cuenta atrás avanza sin descanso.

Vivir es aprender, unas veces con esfuerzo, otras con una fuerza que ni siquiera creíamos tener y otras sin apenas darnos cuenta. Aprendemos a vivir, que no es lo mismo que estar vivo; a sacar conclusiones que olvidaremos aplicar o que se quedarán grabadas a fuego y a olvidar para dejar sitio a recuerdos nuevos. La vida nos enseña a base de errores, de tropiezos y caídas, pero nos anima a seguir aprendiendo a base de esos aciertos que nos hacen sentir invencibles.

Tropezamos con la misma piedra, repetimos lo que juramos no hacer más y vivimos en bucle situaciones que creímos tener superadas. Lección no aprendida, lección repetida. Aunque duela y desespere, así funciona la vida mientras vamos llenando nuestro libro de tachones y borrones, cuentas nuevas o nuevas formas de resolver otras.

Mientras la vida pasa por nosotros, no debemos dejar de pasar por ella con nuestros errores y grandes aciertos, las alas de volar junto a las heridas de caer y nuestra divina condición humana. Mientras nuestro libro avanza, la cuenta atrás se acorta y no existe marcha atrás. Que no nos quiten lo vivido, lo soñado, lo amado, lo aprendido. Que el tiempo nos enseñe a levantarnos antes, curarnos solos y seguir caminando. Aprendiendo a aprender es como se vive. Y a desaprender. Y a superar. Y ojalá lleguemos al final de nuestra cuenta atrás habiendo escrito una buena historia, vivido un tiempo que siempre será poco y como aprendices que un día se creyeron sabios.

¿TODO VALE?

En la sociedad del “todo vale”, nos hemos acostumbrado a dar por bueno lo que no llega a pasable y por aceptable lo que es un suspenso en toda regla. Donde se dijo digo se dice Diego y se pretende vestir de verdades absolutas burdas verdades a medias mezcladas con mentiras enteras.

Asistimos a un espectáculo lamentable del que, aunque no queramos, estamos obligados a pagar entrada. Mientras en ocasiones la realidad supera a la ficción, lo efímero ha robado el sitio a lo duradero, las justificaciones a las razones y los gritos a la calma. Los extremos tiran con fuerza cada uno hacia su lado dejando débil el centro, nos entretienen con cuentos para que no nos enteremos de la historia y el futuro perfecto que nos quieren vender no pasa de condicional simple.

Se cultiva el cuerpo mientras se deja en barbecho el alma y conocerse a uno mismo se ha convertido en un trabajo sucio que pocos quieren desempeñar. Se impone la cantidad a la calidad y hay muchos que se venden al peso de sus contactos en la agenda del móvil o de seguidores en redes sociales. Las amistades son tan efímeras como los “likes” o el interés y los amores duran lo que tarda en pasar el efecto del flechazo.

Vivimos en una sociedad de ilusionistas que no ilusionan y pretenden vender magia donde solo hay un triste truco, se trata de vencer dividiendo y se sorprende de la tempestad tras tanto tiempo sembrando truenos. La falta de educación y respeto se esconden tras falso sentido del humor y libertad de expresión y se usa y abusa de la ley del embudo y el doble rasero para justificar lo injustificable.

En esta fiesta de disfraces, dobles caras y puñaladas traperas escondidas en abrazos, no debemos olvidar que, tras los fuegos artificiales, solo queda un cielo oscuro y unas cuantas carcasas de cartón en el suelo. Y que cuando todo vale, es porque es que ya no vale casi nada.

PALABRAS

Sirven para comunicarnos o para no entender nada. Algunas veces nos empeňamos en buscarlas y no las encontramos porque sobran y otras tenemos miles dentro de la cabeza y, aún así, parece que faltan. Vivimos con ellas o a su pesar y son capaces de abarcar lo que vemos y lo que inventamos. En unas cuantas letras encierran emociones y pesadillas, sueños y realidades, sonidos y silencios; las hay vacías, polisémicas, fuertes o huecas, definitivas o vanas, simples, sagradas o llanas, pero tan necesarias que si no existen hay que inventarlas.

Son las palabras que a veces son bálsamo y a veces arma cargada. Tienen el poder de hacer creer o dudar, describir o confundir, esperanzar o destruir, alegrar o desesperar. Son las que se atascan en la garganta o salen a borbotones, esas que de tanto usarlas pierden su significado, las que te hacen encontrar la paz o te empujan hacia el pecado.

Son esos artículos, sustantivos, adjetivos, adverbios y verbos que, cuando se unen, tiran a dar o se encierran en silencios, tienen vida propia o se ahogan hasta morir; manipuladoras de voluntades, oasis cuando se muere de sed y trinchera en fuego cruzado mientras maquillan mentiras, gritan verdades o esperan respuestas.

Cuida las palabras en su forma y en su fondo porque no sabes el efecto que pueden tener en otros. Dicen que no hay una segunda oportunidad para una primera impresión e igual ocurre con las palabras, ya que una vez dichas no hay marcha atrás. Se puede tratar de borrar lo escrito o pedir perdón, pero el efecto de nuestras palabras en otros no desaparece aunque queramos perdonar. Olvidar unas palabras es fácil porque es cuestión de memoria. Olvidar lo que nos hicieron sentir es imposible porque se queda grabado a fuego en en el alma.

SUSTO O MUERTE

Estamos en esos días que transcurren entre verano y Navidad, en los que calabazas, zombies, monstruos y fantasmas de todo pelaje campan a sus anchas por todas partes. Son días que transcurren en naranja y negro entre disfraces y fiestas discotequeras como las de Nochevieja, aunque con más sangre y menos brillo. Las nuevas tradiciones del susto se mezclan con las centenarias de la muerte, creando una extraña convivencia entre disfraces y realidades, seriedad y risa, caras maquilladas celebrando la diversión de Halloween y lápidas limpias con flores nuevas celebrando el respeto a los que ya no están.

Entre trucos y tratos, rimas y leyendas, parece que las ausencias de aquellos a los que tanto quisimos se hacen más reales en estos días, aunque nunca dejemos de recordarlos. Venimos de serie con un sentido de eternidad que nos hace vivir como si el tiempo fuera infinito y las personas inmortales. Puede que este sea el modo de vivir ignorando a esa muerte que está discretamente presente desde que nacemos y permitirnos disfrutar de la fortuna que es estar vivos sin que el continuo miedo a ella nos atenace. Son días en los que la muerte, con o sin susto, se hace más presente, los vacíos pesan más y los recuerdos de los que ya no están aquí son mucho más reales.

Entre el susto y la muerte o lo que asusta la muerte, también estamos los que, sin disfraces ni visita al cementerio, mantenemos siempre limpio y bonito el recuerdo de nuestros muertos. Porque lo que sentimos por ellos y no olvidamos es lo que los hace inmortales. Al final, solo somos tiempo y lo que vamos dejando de nosotros en la vida de otras personas.

CUESTIÓN DE TIEMPO

El ser humano se compone de oxígeno, nitrógeno, carbono, fósforo… y tiempo. El tiempo es esa parte de nosotros tan real como desconocida, puesto que ni siquiera sabemos cuánto tenemos. Vivimos en él y con él, con esa espada de Damocles sobre nuestras cabezas que no es espada sino un reloj marcando una cuenta atrás que puede pararse en cualquier momento.

Nuestro tiempo es un regalo único y excepcional que nos parece normal y eterno. Algo único y precioso que parece que solo valoramos debidamente cuando lo vemos peligrar o termina la cuenta atrás de alguien cercano sin razón aparente y entendemos que puede ocurrirnos lo mismo. Entonces entendemos que no somos dioses, sino simples mortales transitando por un camino que puede terminar sin previo aviso y eso asusta. Hablamos de mañana como si lo tuviéramos comprado y del futuro como si conociéramos su duración. Nos arrepentimos de lo que no hicimos por miedo o dejadez y pasó de probable a imposible. Perdemos tiempo intentando entender un pasado que ya no existe y vamos dejando el presente sin usar.

El tiempo pasa y no espera. A nadie. Por nada. No tiene precio porque no existe nada que tenga tanto valor. Tiempo que parece infinito y es un suspiro, que se escapa mientras tratamos de entenderlo y está lleno de parasiempres que son ahoras y planes que no pasan de espejismo. Es lo que nos hace vivir mientras nos mata, invisible, intocable, inapelable; sin prórroga ni bolas extra.

Se dice que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. No perdamos nuestro tiempo que es nuestra vida, esa obra sin ensayo ni “continuará” de la que somos protagonistas. Valoremos el tiempo y hagamos que sea grande, que no se escape entre los dedos ni se pierda en tonterías. Que estamos de paso, de prestado, con una cuenta atrás sobre nuestras cabezas, pero estamos. Que la vida es una suerte y no hay que dejar ni las migas.

EL SENTIDO DEL HUMOR

Hablamos de cinco sentidos, pero sin él todos ellos tendrían menos sentido.

El sentido del humor es ese capaz de sacar una sonrisa donde no hay ni siquiera un ezbozo, el que logra encontrar sentido a lo que no lo tiene y consigue que sea más fácil salir del pozo. Sirve de salvavidas en un mundo que ahoga y de válvula de escape a los malos humos, hace volver a creer en el ser humano y puede mejorar un mal momento. Quita hierro y pone risa, aligera los problemas y muestra otro punto de vista.

Es imprescindible para vivir sin morir en el intento, conocerse sin frustrarse y aceptarse a carcajadas. Porque hay que saber reírse de uno mismo antes que nada; entender que bajo esa mezcla de contradicciones, bondad, miedos, humanidad, imperfecciones y contradicciones, estás tú. Y cuanto antes te hagas tu amigo, a base de mucha comprensión y risa, antes lograrás que la vida sea más fácil porque irás en la mejor compañía.

El sentido del humor debería ser asignatura obligatoria con mucha práctica en un momento en el que parece que lo que nos rodea está destinado a hacernos ver oscuro, crisparnos, querer insultar a quien no comparte nuestra visión o pensamiento. Sobra odio, falta calma, no vemos más allá de nuestras narices; parece como si cada día estuviera nublado.

No es frivolidad, sino necesidad; la risa es sana, es vida y, a veces, parece que se cotiza demasiado cara. Al igual que la vida sin pasión solo es tiempo que pasa, el mundo sin sentido del humor solo es un desierto donde vivir cansa.

Que no nos intenten vender falsas verdades absolutas haciendo creer que son cosas muy serias. Podemos ver, degustar, tocar, oír y oler, pero sin el sentido del humor, siempre estaremos a medias.

DESDE LA BARRERA

Querer no es poder ni soñar es cumplir; dar no supone recibir, amar no significa ser amado ni empezar termina llegando al fin.

No siempre se consigue lo que se intenta o se llega lejos por ir muy deprisa. No se brilla más apagando a otros, se es más haciendo de menos y tampoco el que ríe el último se muere de risa.

Podemos ver cómo la vida pasa sin apenas movernos del sitio, ver a otros cómo apuestan, pierden o ganan, vienen y van. Se puede vivir con miedo y prejuicios, pendientes del qué dirán, deseando ese cambio que haga sentir que la vida no es solo cuestión de respirar.

Quien no se arriesga no gana, al igual que sin moverse de la playa nunca se sabrá todo lo que esconde el mar. Podemos apostar al negro y que salga rojo, descubrir que es un espejismo lo que creímos realidad, agua lo que sentimos como tierra firme y total indiferencia eso que sentimos como amistad.

Vamos llenando la vida con “quiero y creo que puedo, pero no me atrevo”, arrepentimientos varios, momentos oportunos que no llegan y sensación de fracaso. Dejamos que pase el tiempo y no cuente, que los sueños terminen al despertarnos; nos acostumbramos a ver, pero no a creer y a hablar de la vida en pasado.

Vivimos según otros piensan, pensamos según otros dicen, decimos eso que se espera y esperamos que, a base de tiempo, nuestras heridas cicatricen.

Avanzamos con miedo y dudas, dejamos pasar lo que podría hacernos felices, nos acostumbramos a acostumbrarnos, a no intentar y a ver en blanco y negro sin disfrutar los matices.

Pero el tiempo pasa lento o con exceso de velocidad, pero nunca espera. Y si no te atreves a vivir, solo podrás aspirar a ver el espectáculo desde la barrera.