LIBRE

Como el sol cuando amanece, como el viento, como los pájaros. Libertad a la que han cantado Jimi Hendrix, los Chichos, Serrat, Queen, Jarcha, George Michael, Lennon y tantos otros.

Nacemos libres, con esa capacidad para obrar de una manera u otra y que nos hace responsables de nuestros actos. Esa libertad en cuyo nombre se han realizado los actos más maravillosos y también los más atroces, capaz de mover a unos para hacer más libres a los demás y a otros para quitarles su libertad.

Mientras la vida pasa, nosotros mismos vamos quitando plumas a las alas de nuestra libertad hasta que no son capaces de volar. Nos acostumbramos a vivir en una jaula a la que llamamos hogar y, aunque tenemos la llave, no dejamos de regresar a ella cada noche y cerrar por dentro. Tomamos decisiones, sí, pero muchas veces influenciados por otros, por el qué dirán, lo que esperan de nosotros o lo que se supone hay que hacer. Tenemos la libertad de elegir pero no lo hacemos desde nuestra propia convicción debido a esa mezcla de efecto paralizante compuesta por comodidad y miedos. Así vamos acumulando consecuencias en forma de frustración, de pretéritos pluscuamperfectos de subjuntivo y de esa sensación de continua incomodidad al sentir que algo tan aparentemente sencillo como ser uno mismo se convierte en una quimera.

Vivimos en sociedad, la libertad propia termina donde empieza la ajena y ser libre no significa hacer lo que se quiera en el momento que se desee ni tampoco menoscabar la libertad de otros aunque a veces pueda parecerlo. En esta sociedad de etiquetas, juicios y caminos marcados no está bien visto ser un alma libre, la oveja negra en un rebaño de borregos o la nota discordante en una canción que se repite de memoria sin entender lo que dice. Quien decide ser un alma libre se encuentra con que está más solo de lo que pensaba porque desaparecen amigos que solo querían palmeros, gente que estaba cerca por algún interés y otros que lo pierden porque ya no te manipulan como antes. Ser libre aligera la vida, te abre los ojos enseña a soltar, y te hace valiente; hace que veas por donde pisas, que elijas tu camino atreviéndote a vivir lo que puede hacerte feliz asumiendo las consecuencias mientras dejas a un lado lo que no te llena. Ser libre no es ser egoísta; es no venderte.

Curiosamente, esos a los que se les llena la boca con la palabra “libertad” han tratado de vaciarla de contenido para llenarla con sus ideas y no llevan bien a las almas libres, por lo que tratan de aislarlas. Lo que no saben es que quien es libre no se siente solo a pesar de lo que pierde por el camino, ya que se ha encontrado a sí mismo, que las almas libres se encuentran, se respetan y se unen sin atarse.

Puede que nuestra libertad se reduzca a ir eligiendo nuestras jaulas pero, aun así, libertad, divino tesoro que muchos confunden con bisutería. Ser libre sale caro, pero no tiene precio.

Anuncios

MIEDOS

Existe un miedo necesario para la supervivencia que compartimos con los animales. El miedo a las alturas, a los extraños o a lo desconocido es ese que nos viene instalado de serie y nos permite prevenir accidentes o malas experiencias.

En cambio, hay otros miedos que se van instalando en nosotros con el paso del tiempo, la educación que recibimos, los convencionalismos o la costumbre. El miedo al qué dirán, a salir de los caminos marcados, no ser lo que otros esperan, sentir diferente, perder lo que creemos tener o intentar ser felices a nuestro modo.

Vivimos castrados por esos miedos mientras dejamos pasar eso que tanto vale pero no se compra y es el tiempo. Los miedos nos mantienen la vista en el pasado, nos anclan al presente y se interponen entre nosotros y ese futuro que podría contener nuestra felicidad. Son la puerta cerrada que nos impide ver el jardín, el canto de sirena que nos aleja de la música, la venda en los ojos, la jaula disfrazada de hogar o la bola en el tobillo que no nos deja avanzar.

Cuando logras vencer a un miedo entiendes que no es cuestión de fuerza sino de voluntad y que una vez descubres lo que hay detrás te preguntas por qué no lo hiciste antes. Detrás de un miedo suele haber un premio, aunque sea el de consolación porque vencer a un miedo supone, como poco, perder el miedo a otros. Atreverse ya es un premio; te hace más fuerte, abre tus ojos y consigue que descubras lo pequeños que pueden ser otros miedos.

Nos quejamos de falta de amor pero nos da miedo amar de verdad, incluso ser amados; deseamos volar pero tememos el salto, ansiamos eso que podría hacernos felices y la vida nos pone delante mientras nos puede el miedo a soltar lo que tenemos. Los miedos son el truco que nos distrae de la magia, el charlatán de feria intentando convencernos con sus palabras huecas, el “no puedo” que decimos por inercia; se alimentan de ilusiones y de futuro, deseos incumplidos o palabras atascadas en la garganta que no se atrevieron a salir. Llenan la vida de interrogantes, de pasos atrás, límites imaginarios y el presente de condicionales.

No hace falta ser fuerte para vencer nuestros miedos pero sí encontrar el motivo por el que hacerlo. Sorprendentemente, cuando lo encuentras descubres que hay vida más allá de muchos miedos. Concretamente, la tuya.

MADURAR

“Madurar” es un verbo regular de la primera conjugación que viene de serie en el ser humano aunque funciona por libre en su forma de manifestarse en cada uno.

Es fácil saber cuándo ha madurado un cuerpo o, incluso, una idea. El problema está en saber cuándo maduramos los seres humanos. Biológicamente, maduramos con la plenitud de nuestros órganos sexuales pero la pregunta del millón es ¿cuándo maduramos psicológicamente?

Durante la infancia, “madurar” es una palabra que tiene que ver con frutas, durante la adolescencia con conflictos y en la edad adulta con contradicciones. No se madura a base de cumplir años sino de filtrar lo que vivimos, de gestionar y sobreponernos a situaciones. Maduramos a base de problemas resueltos, miedos superados, éxitos disfrutados, corazones rotos, caídas desde lo que creíamos tierra firme, límites asumidos, intentos fallidos y ganas de seguir conociéndonos.

Hay quien dice que se madura con los daños pero yo creo que no se hace sin caricias porque madurar no es solo saber enfrentarse a la vida sino también valorarla y apreciar lo que nos brinda. No somos inmaduros por reír a carcajadas, pensar en positivo, llorar en público o no querer soltar de la mano al niño que fuimos. Al fin y al cabo, esa parte infantil es la que nos hace seguir ilusionándonos, creer, caer, limpiarnos la herida con saliva y seguir jugando.

Hay personas que se han hecho viejas sin madurar porque dejaron ir al niño que fueron pensando que ya no lo necesitaban. Han confundido madurar con amargarse, se han acostumbrado a buscar el contra antes de disfrutar el pro y se sienten como Garfio en un mundo de Peterpanes.

La madurez va llegando sola, con calma y sin forzar, cuando no se espera pero se disfruta. Con ella se descubre el placer de entender sin tratar de imponer, el privilegio de decidir sin presiones qué personas queremos cerca y valorar el tiempo que se comparte con ellas; madurar es elegir sin complejos, reírse de uno mismo, no culpar a otros de nuestros fallos, saber marchar cuando se sobra, ser consciente de que la vida y las personas no son como uno desea y entender que lo realmente importante son muy pocas cosas.

Sientes que maduras cuando lo que antes te parecía un mundo, te cabe en un puño, cuando te importa un huevo (de corral, por favor) lo que antes te habría afectado profundamente y cuando entiendes que son muy pocas las guerras por las que vale la pena arriesgar tu paz. Y cuando, de la mano del niño que fuiste decides, después de limpiarte de nuevo una herida con saliva, que ya no vas a madurar más.

LA FUERZA DE LA COSTUMBRE

Hace más de doscientos años, Immanuel Kant dijo “cuantas más costumbres tiene, menos libre e independiente es un hombre”.

Las costumbres forman parte de nuestra vida, nos dan estabilidad, nos hacen sentir que todo está en su sitio y nos aportan esa sensación de seguridad, de saber que algo va a ocurrir porque siempre ha sido así, sin más razón. Según avanzamos, vamos llenando nuestra vida de costumbres y así comemos en casa de nuestros padres los domingos, cenamos con los amigos cada dos viernes, nos acostumbramos a ver la misma imagen cuando nos miramos en el espejo, a una marca de detergente o a dormir en el lado derecho de la cama.

Somos animales vertebrados, vivíparos racionales, mamíferos, omnívoros y de costumbres. Y es precisamente esa costumbre la que nos hace acomodarnos y perdernos lo que puede ofrecernos la vida. Nos acostumbramos a pasar el tiempo y lo llamamos vivir, a estar al lado de otra persona y lo llamamos amar, a no atrevernos y lo llamamos mala suerte. Nos frenamos para evitar el vértigo de sentir lo que podemos, dejamos que el miedo siga cargando peso en nuestras alas, nos adaptamos a otros aunque perdamos nuestra forma y seguimos viendo películas en lugar de salir a actuar.

La costumbre es ese arma de doble filo, amigable y traicionera que da calma a cambio de pasiones, ofrece sueños pero te aleja de hacerlos realidad y te planifica un mañana que no sabes si llegará. Nos podemos acostumbrar a lo malo y sin atrevernos a intentar algo mejor, a las migajas sin pensar que podemos llegar a la mesa, a la persona equivocada mientras dejamos escapar la correcta y a una falsa sensación de suelo firme fabricado sobre arenas movedizas.

Maldita costumbre que nos asfixia mientras nos hace el boca a boca, que nos muestra la salida por una puerta giratoria, que nos hace creer que ya hemos llegado. La fuerza de la costumbre a la que hay que enfrentarse para saber qué hay más allá, para comprobar que eso que creemos tener no es lo que de verdad deseamos, para encontrar un camino que, aunque más difícil, es el propio y para saber que no gana quien se acostumbra sino quien se atreve.

EMOCIONES

Esta tarde he ido a ver Bohemian rhapsody y todavía tengo el nudo en la garganta, la sonrisa en los labios y las ganas de seguir cantando ‘Don’ stop me now”. He llorado de emoción, he cantado en el cine y las dos horas de película han pasado en un suspiro. Es increíble el cúmulo de sensaciones que puede provocarnos la música, especialmente esa que sentimos de un modo más especial, la que nos toca la fibra sensible y acaricia el alma con un solo de guitarra eléctrica o de batería o con una Bohemian rhapsody” que es una montaña rusa de emociones que dura seis minutos. Esa música capaz de parar el tiempo, de aislarnos del mundo, de guardar recuerdos, de erizarnos la piel con el sonido de cada nota. Canciones que son capaces de condensar sentimientos de años de vida en tres minutos, que nos tocan y nos cambian, que traen personas, momentos, que mantienen vivo a quien ya se fue y van componiendo nuestra banda sonora.

No sé muy bien qué es lo que me hizo amar a Queen entre tantas y tan grandes bandas de rock pero creo que tiene mucho que ver con la voz de Freddie Mercury que, para mí, es el mejor vocalista de la historia. Esa voz capaz de llegar a todos los registros, que impone y conmueve, capaz de hacer que llores o que sientas que puedes con todo, que llega al alma sin pasar por la cabeza. Me gusta su voz, la persona y el personaje y no me canso de leer lo que encuentro referente a su historia. Me gusta Freddie con sus luces deslumbrantes y sus sombras más que oscuras, por vivir como quiso dejando atrás los convencionalismos, por ser fiel a sí mismo aunque eso le llevara por caminos que muchos no entendían. Fue vanidoso e irreverente, un dios en el escenario y un simple humano fuera de él al que le sobró todo y le faltó tiempo. Creó maravillas en forma de canciones, llegó a tocar millones de almas con su voz y vivió entre los excesos de aquello que se podía pagar y la escasez de lo que no tenía precio.

Cómo tantos otros grandes artistas, tuvo ese lado oscuro, torturado, su zona catastrófica y caótica, la parcela secreta donde se unen pensamientos, deseos y obsesiones; allí donde los excesos y los vicios ponen al límite esa vida que suele acabar antes de tiempo. Creo que puede ser esa parte la que sea necesaria para crear arte del tipo que sea. Puede que esa parte oscura tenga que salir en forma de luz, de emociones creadas a base de palabras, de colores que impresionan en un lienzo o de una voz capaz de rasgarte por dentro. La creación no va por caminos rectos, no habla en voz baja, no es correcta, no ve límites, no se calla. Se forma con barro que queda cuando se ha tocado fondo, con lágrimas que se tragaron y gritos que aprendieron a callar; con esa valentía que ganó al miedo, la mirada nueva tras haber vivido con los ojos cerrados y el portazo con el que se sale del rebaño.

La suerte es disfrutar tanto bueno; de lo creado, de lo interpretado, de esos grandes, como Freddie Mercury, a los que el arte hizo inmortales porque siguen en nuestras vidas en forma de canciones, y emoción. Que no nos falte la magia al escuchar una canción, la emoción al leer un libro, la admiración al contemplar un cuadro, el conmovernos ante una escultura o fascinarnos con edificio. Y que Dios siga salvando a la reina.

VACÍOS

Hay vacíos que forman parte de uno, que encuentran su lugar en nuestro interior en forma de suspiro, pellizco en el estómago o nudo en la garganta. Vacíos compuestos de lo que se fue o dejamos pasar, de eso que no es posible o lo es pero no dejamos que nos ocurra. Vacíos llenos de miedo que nos venció, de oportunidades perdidas, de nombres propios, de presentes sin futuro ; rebosantes de lágrimas, de trozos de corazón, de canciones que duelen y de letras que no consiguieron formar palabras.

Vivir es elegir aunque no sepamos que estamos eligiendo pero también es asumir las consecuencias. No podemos tener todo sin perder parte, ganar sin apostar, buscar la felicidad sin dar esquinazo a algunos miedos. La vida no es un camino sino un infinito cruce de ellos en el que solo lo único seguro es el final.

Con el tiempo vamos creciendo. Crecer por fuera no tiene gran misterio porque de eso se encarga la naturaleza. En cambio, crecer por dentro es un trabajo personal que no todos están dispuestos a hacer porque cuesta. Se hace a base de batallas con uno mismo, de adentrarse en esa parte oscura que tan poco nos agrada, de fidelidad a uno mismo y mantener sin ataduras, de ignorar los prejuicios y atreverse a ir fuera de pista. Crecemos emocionalmente manteniendo la curiosidad del niño, la pasión del joven, la calma del adulto y la sabiduría del anciano. Crecemos cuando nos atrevemos a vivir, cuando la emoción por ganar dobla el brazo al miedo a perder, cuando sabemos donde pisamos sin que nos importe si hay suelo, cuando lo que llenó lo que ahora es un vacío nos sigue provocando una sonrisa.

Crecemos cuando nos vale lo que nos emociona, cuando desechamos el sentimentalismo porque conocemos el amor, cuando entendemos que no hace falta entender lo importante y que si no lo vivimos desaparece. Sabemos que crecemos cuando no dejamos de sentirnos niños y cuando esos vacíos que pellizcan el estómago o provocan un suspiro forman parte de lo que nos llena la vida.

LO QUE SURJA

Cuántas veces pensamos qué habría ocurrido si hubiéramos hecho, dicho, callado, sí nos hubiéramos atrevido, dado un paso atrás o escuchado. Cómo habría cambiado nuestra vida, qué tendríamos, si habríamos alcanzado el éxito o la felicidad.

El presente se compone de pretéritos pluscuamperfectos desechados, de decisiones tomadas y las consecuencias que traían consigo, de lo que nos ha ocurrido y de eso que no dejamos que nos pasara. Miramos el reloj pero no vemos el tiempo y creemos que siempre lo tendremos. Nos ponemos excusas para no vivir lo que no sabemos si tendremos mañana, dejamos que el miedo tape el futuro y la falsa comodidad de una vida que se nos queda pequeña nos aleje de nuestra felicidad.

Pretendemos poner límites a los sentimientos y un muro a la pasión. Queremos el éxito sin la posibilidad del fracaso, el salto perfecto sin renunciar a la red, elegir sin riesgo de perder lo que tenemos y ser diferente sin salir de la seguridad que da el rebaño. Adornamos lo que tenemos para que parezca lo que deseamos, nos quedamos con las ganas por pensar que no debemos, esperamos momentos mientras se pasa la vida y envidiamos a quien se atrevió a salir de su zona de confort y encontró su hogar.

Vivir no es respirar, mirar desde el tendido, conformarse; ni esperar sin avanzar, quejarse sin intentar, acostumbrarse. La vida a veces aprieta pero, si te pone música, acércate a ella, empieza a bailar y lo que surja.