Límites

De velocidad, de tiempo, de edad, de altura, de presión, geográficos… vivimos rodeados de límites desde que habitamos en ese pequeño espacio que durante nueve meses es nuestro hogar y es el útero materno. A partir de ahí, vamos creciendo y los límites forman parte de nuestra vida. Más o menos grandes, más o menos lejanos, más o menos transparentes…pero siempre límites. Y nos parece lo normal, nos adaptamos a ellos, a las normas, a lo establecido, a lo que nos rodea, a lo que vemos a diario en otros, al modo en el que nos han educado. Y vamos creando nuestra jaula con todos esos límites reales e imaginarios porque son como siempre hemos creído. Vamos construyendo esa jaula que ni siquiera parece una jaula porque la decoramos a nuestro gusto, disimulamos los barrotes, vivimos en ella sin apreturas, con todas las comodidades e, incluso, tenemos la llave. Vivimos dentro de unos límites amplios en casi todos los sentidos y también por eso no parece que lo sean. Pero, realmente, esa jaula y los límites que ella conlleva es tan real que ha conseguido que no nos apetezca salir de ella. Que, aún teniendo la llave, no nos planteemos ni siquiera no regresar cuando salimos. Nos hace sentir cómodos y protegidos cuando, realmente, nos está impidiendo desarrollarnos. Hace que padezcamos un Síndrome de Estocolmo, que la sintamos como nuestro hogar y que nos parezca que es ahí donde debemos estar. Ahí dentro con los prejuicios y convencionalismos, con la doble moral, con las mentiras aceptadas, con lo que se supone normal, con lo políticamente correcto, con lo que no nos deja pensar más allá.

Eso fue mi vida durante muchos años hasta que llegó un momento en el que algo ocurrió, algo pequeño pero que movió una de las piezas e hizo que mis esquemas se cayeran, que hubiera un pequeño cataclismo en mi interior, que se desplomara ese muro que no me dejaba ver, que decidiera salir de esa bonita y confortable jaula y dejara las llaves. Y cerrara la puerta tras de mí sin mirar atrás, para no regresar. Entonces comencé a ver claro, comencé a verme como era, no como se suponía que debía ser. Y me sorprendí. Y vi que los límites se rompían con facilidad porque no eran reales. Y respiré. Y me vi distinta. Y me sentí bien. Y me gusté. Y sentí que romper límites me hacía sentir fuerte. Era una fuerza que ya tenía dentro pero que no conocía hasta entonces. Era el respetarme y el hacerme respetar por mi forma de ver la vida, por lo que no estaba dispuesta a hacer, ya que no me parecía verdadero ni aceptable. Quizás había ocurrido que ahora me respetaba yo. Que no necesitaba la aceptación de los demás. Y sorprendió como sorprende lo que se sale de lo normal.

Y rompí los límites personales…los de mi mente, los de mi cuerpo. Y sentí lo que no había sentido. Y supe que las caricias, cuando no hay límites en la piel ni en la cabeza, son sublimes. Que los besos no quedan en los labios cuando los límites han caído. Que pueden incendiar cada centímetro de piel que recorren. Y que las manos pueden desatar tormentas y los susurros pueden transformarse en huracanes. Que las miradas anticipan, que la piel pide, que el cuerpo tiene su lenguaje, que el deseo puede llegar a tocarse. Sin límites…al menos sin los límites impuestos o lo aceptado normalmente.

Y comprendí que quien quien quiere limitarme no me merece. Que quien me quiere, desea que crezca, que avance. Que es necesario romper límites para superarnos, para encontrarnos, para gustarnos…

Lo convencional para quien lo quiera. Yo ya lo dejé de lado.

Alejarse

Dejé la maleta sobre la cama y sonreí… todavía estaba embalada. Era esa preciosa y carísima maleta que había comprado para estrenarla cuando realizara ese viaje especial que todavía no tenía un destino fijado. Ese viaje que, según yo pensaba, cambiaría mi vida y mi modo de entender el mundo, de entenderme a mí misma. Ese viaje en el que lo importante no eran los kilómetros sino las ganas, la necesidad de salir, de saber no se sabe bien qué, de calmar esa especie de inquietud que sentía desde hacía algún tiempo en lo más profundo, esa que me producía un extraño eco cada vez que intentaba escucharme a mí misma y no me dejaba entenderme. Ni entenderte. Ni entendernos. Habíamos terminado nuestra relación hace algo más de un mes, precisamente porque se había estancado, porque estábamos en un punto muerto y, antes de morir también nosotros, preferimos bajarnos en esa parada y mantener la amistad que todavía quedaba.

Abrí el cajón de la lencería y coloqué en el fondo de la maleta dos o tres sujetadores, braguitas a juego (no me gusta llevar la ropa interior sin coordinar), medias y un liguero (nunca se sabe….). Comencé a pasar las perchas del armario y elegí unos vestidos que doblé cuidadosamente para colocarlos en la maleta. Una falda estrecha, dos bikinis, un pantalón ancho, shorts y camisetas, dos blusas, un cinturón, un par de chaquetas, dos pares de zapatos de tacón, sandalias y unas deportivas… Me senté en la cama y miré. Ya estaba casi llena.

Entré en la ducha, me lavé el pelo, salí y me envolví en una toalla. Después de secarme, me puse el vestido y los zapatos que había dejado apartados. Me maquillé, me perfumé y preparé el neceser con todo lo necesario. Lo metí en la maleta casi a presión. Ya lo tenía todo: dinero, pasaporte, billetes de avión y tarjeta de crédito. Apagué la música y bajé las persianas, abrí la puerta y salí con la maleta rodando detrás de mí. Cerré con llave y, por un momento, ese sonido me hizo darme cuenta de que me iba de verdad, que iba a hacer ese viaje que deseaba o, más bien, que necesitaba. Bajé en el ascensor. El taxi me estaba esperando en la calle e indiqué al taxista que íbamos al aeropuerto. Vi que me miraba varias veces por el espejo retrovisor y, tras unas cuantas preguntas que le respondí con ambiguedades, se dio por vencido y se dedicó a tararear las canciones que salían de esa emisora de radio que emite mucha copla, a la vez que me iba poniendo al día de toda la actualidad y cotilleos varios.

Por fin, llegamos al aeropuerto. Me ayudó a bajar la maleta, le pagué y me deseó buen viaje, no sin antes mirarme de arriba a abajo y guiñar un ojo a algunos compañeros taxistas que estaban pendientes de la escena.

Comenzaba a llover y sonreí. En unas horas solamente tendría sol, mar y tiempo para pensar. No sabía si era el viaje de mi vida pero sí lo que necesitaba ahora: ausencia de frío, mar y nadie conocido alrededor. Miré en las pantallas y busqué mi vuelo…puerta de embarque 11. Facturé el equipaje y me dirigí hacia allí. Pasé por el arco de seguridad, el control de pasaportes y el escáner…todo en orden. Tras casi media hora, embarcamos en el avión y sentí la emoción de partir, ese cosquilleo en el estómago, esa sonrisa incontenible, esa necesidad de alejarme por unos días, ese necesitarme sola, ese “ahora”. Despegamos y miro por la ventanilla. Todo se hace pequeño, muy pequeño… qué insignificantes parecemos desde ahí arriba. Él avión sigue subiendo, atravesamos las nubes grises que parecen humo y llegamos a nuestra altura. Se escucha el sonido que indica que ya podemos soltar los cinturones de seguridad y las azafatas comienzan a realizar su trabajo. Todo está en orden. Ahora sí. Las nubes por debajo de nosotros, el sol radiante y el cielo azul por el que volamos que se extiende más allá de lo que alcanza la vista y una palabra que no sale de mi cabeza…alejarse.

Epitafio

Ahí estaba yo, de pie frente a tu tumba. Con esa falda ceñida…no, más bién ceñidísima, que tanto te gustaba, una preciosa blusa, un elegante tocado de viuda, gafas de sol, medias con costura detrás  y unos tacones dignos de una diosa que flotase livianamente en el aire pero totalmente contraindicados para recorrer con ellos un cementerio de última generación clavándolos a cada paso en esa preciosa pradera recién regada. Los enterradores estaban terminando su trabajo y yo esperaba de pie. “Siéntese, señora, le va a dar algo”, me dijo uno de ellos. No. No quería sentarme. Quería que me vieras, que te fijaras bien…no lloraba, al menos en ese momento. Mira, querido…llevo la ropa que deseabas. Aunque hayas tenido la guasa de morirte en agosto, yo no fallo. Y sí, tenías razón, tus amigos me han mirado el culo. Y me han hecho una radiografía visual varias veces. Y me han ofrecido su brazo para atravesar la pradera y no caerme al ir clavando los tacones a cada paso. Y me han consolado con la palabra mientras sus ojos no estaban tan tristes. Cómo los conocías, bandido, sabías perfectamente que sería así…no, no me lo digas porque ya sé que te ha encantado la escena. Y también sé que te ha encantado que yo haya sabido estar como tú te mereces, como te gusta verme, como siempre ha sido.

¿Te acuerdas de cuánto nos reíamos inventando lo que haríamos en caso de que el otro muriese primero?. Pero si lo teníamos todo redactado casi como si fuese una obra de teatro: la ropa, la actitud, las personas a las que llamar y en qué orden… Yo escribía cómo deseaba que fuese mi entierro y funeral y tú hacías lo mismo con el tuyo. Lo hicimos como si fuera un contrato…hasta lo firmamos entre risas y prometimos que así lo haríamos llegado el momento. Y tú, siempre tan teatral, deseabas una desconsolada viuda vestida como las de esas películas antiguas que tanto nos gustaba ver juntos, caminando al estilo de Marilyn en Con faldas y a lo loco. Y la has tenido…espero que estés contento. Pero, sabes…un poco como Marilyn he tenido que hacerme la tonta contigo porque sé que, cuando estábamos firmando nuestros “contratos” para el caso de muerte del otro, tú ya sabías que te morías. Yo también te conozco, querido. Te conozco y te respeto. Y, aunque estuviera llorando por dentro, nunca te pregunté hasta que tú quisiste contármelo. Y lo hiciste, como siempre, después de apurar todo el tiempo, todas las sensaciones, todos los sentimientos, todo nosotros. Parece que te estoy oyendo cuando estabas en la cama a punto de morir, de marcharte, y yo te había cogido la mano y tenía el rostro empapado en lágrimas. Me miraste y me dijiste riendo: “lo siento, vas a pasar calor con tu traje de viuda”. No me lo podía creer… al cabo de un rato ya no estabas conmigo. Y esto fue antes de ayer…me parece un siglo y a la vez un minuto.

“Señora, ya está listo. Vamos a proceder a colocar la lápida”. Los enterradores estaban a punto de terminar, a punto de dejarte bajo esa losa blanca que resaltaba en aquella pradera verde que casi parecía un campo de golf de esos que tanto te gustaban. En cinco minutos habían terminado. Todo muy rápido, muy profesional, muy aséptico, muy frío para un día de agosto. Me dieron el pésame de nuevo y se alejaron hablando de sus cosas. Entonces respiré hondo y me acerqué a la lápida. Era exactamente como deseabas: blanca, lisa, elegante, sin grabados. Ni siquiera quisiste que grabara la fecha en la que te fuiste. Me dijiste que eso no importaba y es cierto. Solamente tu nombre y seis letras: YO VIVÍ.

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Con…sentidos

No hace falta sentido, solo sentir, cuando hablamos de sentidos. Cinco sentidos tan diferentes pero que, en muchas ocasiones, actúan todos juntos para crear momentos sublimes. Esos momentos que quedan en nuestra memoria y casi podemos revivir cada vez que los recordamos.

Cuando levantamos la vista y nos miramos. Y nuestros ojos se hablan. Y se entienden. Y arden. Y sonríen antes de que lo hagan los labios. Y son casi un preámbulo, saben lo que va a ocurrir y nos ponen en antecedentes. Hacen que imaginemos, que sepamos, que dejemos paso al deseo. Y en esa mirada se inician los besos. Esos en los que, poco a poco, los labios se acercan, sin dejar de mirarnos, vibran, desean el contacto con los tuyos.

Y nos besamos, primero rozando los labios y luego deseando sentir su gusto, su sabor, entreabrirlos para que nuestras lenguas se encuentren, se acaricien, se deseen, se saboreen. Porque los besos nunca saben igual. Cada vez tienen un gusto diferente, distintos matices que apetece descubrir cada vez. Y disfrutarlos y disfrutarnos. Y dejar paso al sabor de la piel, a las caricias con los labios, a recorrerla beso a beso, despacio. A disfrutar del camino que vamos descubriendo con la punta de la lengua, ese camino de piel erizada que deseamos probar, saborear…

Acariciar también con las manos, sentir el tacto de tu piel , notar cómo cambia de textura a la vez que deslizo la yema de mis dedos por ella. Porque la piel también habla y es el sentido del tacto el encargado de entenderla. De entender lo que pide y dárselo porque es también lo que pide la mía. Y acariciar tu pelo, hundir mis dedos en él, bajar a tu cuello y  tus hombros… Y sentir tus caricias, esas que hacen que desee que no dejes de buscar nuevos caminos a lo largo de mi cuerpo, que no dejes de perfilar mis labios con tus dedos, recorras mi barbilla y bajes por mi cuello…y sigas bajando por ese camino que va hacia mi vientre.

Esas caricias que hacen que mi piel se vaya perlando de sudor, que transpire, provocando que el perfume que llevo ese día cambie de aroma, se vaya mezclando con esos propios del momento que estamos disfrutando. Y lo mismo ocurre con tu piel, con tu cuerpo, con ese aroma a perfume, a deseo, a intimidad, a excitación…ese que es inconfundible, privado, sutil. Ese que es una mezcla de tantas sensaciones y aromas, y hasta momentos. Y el sentido del olfato que nos hace vivirlo y fijarlo en nuestra mente como un momento especial.

Y esos susurros, esas palabras al oído que nos provocan tanto, esas palabras que describen lo que sentimos, lo que deseamos. Esas palabras que escuchamos, que se transforman en gemidos, en jadeos. Todo eso que escuchamos mientras disfrutamos, mientras imaginamos, inventamos…mientras nos deseamos y cumplimos nuestros deseos. Esos gemidos que provocas cuando me acaricias, cuando me besas, cuando el deseo va a más, cuando entramos en barrena, cuando no hay más que tú, yo .

Esos sentidos con los que nos consentimos, con los que creamos esos momentos únicos, especiales e íntimos. Esos sentidos que se mezclan, que se complementan, que se necesitan, que nos permiten vivir tantas sensaciones. Cinco sentidos para perder el sentido. Así son.

Dar la talla

La treinta y cuatro, la treinta y seis, la treinta y ocho, la cuarenta, cuarenta y dos, cuarenta y cuatro… aparte de ser números pares son tallas. Esas tallas que parece nos encasillan, nos marcan, y dependiendo de las que, según parece últimamente, se es más o menos mujer.

Es cierto que vivimos en un mundo muy influenciado por la imagen y que los cánones de belleza nos muestran una mujer delgada, a la que le sienta bien cualquier tipo de ropa que se ponga. Pero está claro que  una cosa es el tipo de mujer que se lleva y otra es el tipo de mujer que cada una seamos. No todas las mujeres pueden estar delgadas (ni, seguramente, muchas lo quieran), ni tener unas piernas kilométricas o un rostro precioso. Y no por ello son menos mujeres, ni muchísimo menos. Y me parecería una crueldad que se hubieran sentido menospreciadas por tener kilos de más o un aspecto que no se ajusta al canon establecido. No es justo, no lo es.

Pienso que cada mujer tiene que sentirse a gusto con su cuerpo, con su aspecto personal, exceptuando los casos en los que, por enfermedad o algo similar, eso es imposible. Es cierto que estar delgada supone un sacrificio, en cuanto a no comer todo los que nos gusta en la cantidad que desearíamos y hacer algo de ejercicio para mantenerse, que no todas las mujeres están dispuestas a realizar. Es una decisión personal que cada una tomamos dependiendo de cómo nos vayamos a sentir mejor.

Hay campañas publicitarias en las que se muestra a mujeres que se salen del canon de belleza por demasiado delgadas, por tener kilos de más, ser bajitas o por alguna otra característica, como mujeres reales. Lo que no entiendo es por qué se dudaba de que lo eran. Tan reales e importantes y maravillosas como el resto. La talla no te hace irreal. No te hace peor, ni menos mujer, ni nada por el estilo. No se trata de a más talla, menos mujer, o algo así.

Pero también he observado que, últimamente, se está criticando a las mujeres que desean tener un cuerpo acorde a su gusto, acorde a un canon de belleza en el que desean estar, y se sacrifican en determinadas cosas por usar una talla en la que se sientan bien. Se las tilda de superficiales, vacías o mujeres objeto. Y eso tampoco es justo. También son mujeres reales. Tampoco es a menos talla, menos cerebro. Sentirse a gusto con una misma no es fácil, no solamente por el físico sino también por la forma de ser. Y tan respetable es querer tener un aspecto o tener otro. Las mujeres a las que les preocupa su físico no son tontas ni tienen falta de neuronas ni de conversación, ni de encanto, ni de inteligencia, ni de inquietudes o cultura. Pero sí pueden generar envidias sin darse cuenta. Son mujeres a las que les gusta gustarse y gustar. Pero gustarse ante todo. Y se gustan así. No tiene nada de malo. Una talla pequeña no tiene que aprisionar tampoco en un prejuicio.

Como en tantas otras cosas…falta respeto y sobra osadía a la hora de criticar sin saber, sin pensar. Qué pena que las mujeres, en lugar de admirarse, de desearse lo mejor, se dediquen muchas veces a despellejar a las que no son como ellas, a criticar y a hacer daño. Y, en ocasiones, se transparenta una envidia que no comprendo. Respeto, por favor, que la talla sea de ropa y no humana.

Sabéis…yo uso una talla treinta y seis y voy al gimnasio porque creo que es necesario para la salud además de para mantenerse en forma. Me gusta la moda, los zapatos de tacón, me gusta arreglarme. Me gusta gustarme y gustar porque me hace sentir bien. Pero, además, soy madre, trabajo, llevo una casa, me gusta el arte, pienso, tengo inquietudes y vida interior, tengo opinión y la defiendo, escucho y trato de aprender, escribo, leo…y más. Y, como yo, muchas mujeres. Y más de una persona que me ha prejuzgado por el físico, ha tenido que reconocer su equivocación al conocerme.

Las tallas para la ropa, no para el cerebro.

 

Te imaginas…

Te imaginas…

Que la vida no hubiera cruzado nuestros caminos…

Que hubiéramos respetado las señales y no hubiéramos chocado…

Que no nos hubiéramos mirado sin apartar la vista durante unos segundos que parecieron una eternidad…

Que no nos hubiéramos reconocido…

Que no hubiéramos deseado chocar esa y otras mil veces con tal de volver a mirarnos por primera vez…

Que no hubiéramos sabido lo que iba a ser inevitable…

Que no nos hubiéramos rozado, como sin querer, y nuestra piel también se hubiera reconocido…

Te imaginas…

Que no nos hubiéramos atrevido…

Que mi piel no se hubiera erizado al contacto con tus dedos…

Que tus labios no hubieran ardido al rozar los míos…

Que ese roce no hubiera dado paso a esos besos que derribaron muros…

Que no hubiéramos permitido que se desatara el temporal entre nuestros cuerpos…

Que nos hubiéramos temido…

Que nos hubiéramos dudado…

Te imaginas…

Que hubiéramos necesitado definir…

Que hubiéramos frenado el desear…

Que la razón se hubiera impuesto al corazón…

Que acariciar se hubiera quedado en tocar, besar en dar besos, desear en apetecer.

Que hubiéramos necesitado razones…

Que nuestras miradas no se adelantaran a transmitir lo que van a decir nuestros labios…

Que hubiéramos querido poner en duda nuestro instinto…

Te imaginas…

Pero ahora no es momento. No toca imaginar. Basta con saber que estamos, basta con sentir, con vivirlo. No imaginemos…ahora no.

Fuimos grandes


Fuimos grandes… Ahora que ha pasado algo de tiempo y soy capaz de ver las cosas desde otro punto de vista lo sé. Ahora que, desde la distancia nos sigo viendo enormes.

Cuando llega el final nos sentimos pequeños, desvalidos, desubicados, rabiosos y sin saber muy bien qué hacer en este mundo que nos parece hasta nuevo. Porque fuimos nosotros los que hicimos pequeño nuestro mundo, lo hicimos para dos, y se quedó pequeño cuando empezamos a crecer interiormente. Ese mundo ahogaba y no supimos encontrar la manera de ampliarlo. Tuvimos que salir de él cada uno por nuestro lado. Y sales. Y te encuentras un mundo en que muchas cosas que son obvias para muchos, son nuevas para ti. Un mundo en el que hay que encontrarse, que empezar a vivir nuevas situaciones, nuevas personas, nuevas etapas… Un mundo en el que hasta tú eres nuevo. Y te miras. Y no te reconoces. Y aprovechas la situación para recomponerte de una forma en la que te gustas más. Y sigues adelante.

Pero en ese mundo pequeño cabía mucho. Tuvimos noches eternas, días de risas, momentos en los que pudimos parar el tiempo y hasta el espacio. Tuvimos besos que comenzaban con un roce de labios y terminaban en fuegos artificiales, caricias que se marcaban a fuego en la piel. Tuvimos minutos que eran horas y horas que eran días. Tuvimos complicidad, lealtad, tuvimos planes, rompimos otros, hicimos y deshicimos equipajes, vivimos y viajamos, conocimos y tuvimos que desconocer. Tuvimos ese hombro donde llorar en los malos momentos, esa mano que sujetaba la del otro cuando caía y daba fuerza en esos momentos en los que perdíamos a un ser querido, esa sonrisa que hacía que se disiparan las nubes en nuestros días nublados.

Supimos estar.

Supimos ser.

Y eso se ve más claro ahora, cuando ha pasado tiempo. Cuando todo se posa. Cuando volvemos a ser nosotros. Cuando somos capaces de tomar distancia, mirar hacia atrás y sonreír. Y sé que no volvería contigo. Ya no te quiero. Y tú a mí tampoco. Ahora nos valoramos. Ahora sabemos cómo somos. Pero hay que reconocerlo…

Fuimos grandes, amigo.