Epitafio

Ahí estaba yo, de pie frente a tu tumba. Con esa falda ceñida…no, más bién ceñidísima, que tanto te gustaba, una preciosa blusa, un elegante tocado de viuda, gafas de sol, medias con costura detrás  y unos tacones dignos de una diosa que flotase livianamente en el aire pero totalmente contraindicados para recorrer con ellos un cementerio de última generación clavándolos a cada paso en esa preciosa pradera recién regada. Los enterradores estaban terminando su trabajo y yo esperaba de pie. “Siéntese, señora, le va a dar algo”, me dijo uno de ellos. No. No quería sentarme. Quería que me vieras, que te fijaras bien…no lloraba, al menos en ese momento. Mira, querido…llevo la ropa que deseabas. Aunque hayas tenido la guasa de morirte en agosto, yo no fallo. Y sí, tenías razón, tus amigos me han mirado el culo. Y me han hecho una radiografía visual varias veces. Y me han ofrecido su brazo para atravesar la pradera y no caerme al ir clavando los tacones a cada paso. Y me han consolado con la palabra mientras sus ojos no estaban tan tristes. Cómo los conocías, bandido, sabías perfectamente que sería así…no, no me lo digas porque ya sé que te ha encantado la escena. Y también sé que te ha encantado que yo haya sabido estar como tú te mereces, como te gusta verme, como siempre ha sido.

¿Te acuerdas de cuánto nos reíamos inventando lo que haríamos en caso de que el otro muriese primero?. Pero si lo teníamos todo redactado casi como si fuese una obra de teatro: la ropa, la actitud, las personas a las que llamar y en qué orden… Yo escribía cómo deseaba que fuese mi entierro y funeral y tú hacías lo mismo con el tuyo. Lo hicimos como si fuera un contrato…hasta lo firmamos entre risas y prometimos que así lo haríamos llegado el momento. Y tú, siempre tan teatral, deseabas una desconsolada viuda vestida como las de esas películas antiguas que tanto nos gustaba ver juntos, caminando al estilo de Marilyn en Con faldas y a lo loco. Y la has tenido…espero que estés contento. Pero, sabes…un poco como Marilyn he tenido que hacerme la tonta contigo porque sé que, cuando estábamos firmando nuestros “contratos” para el caso de muerte del otro, tú ya sabías que te morías. Yo también te conozco, querido. Te conozco y te respeto. Y, aunque estuviera llorando por dentro, nunca te pregunté hasta que tú quisiste contármelo. Y lo hiciste, como siempre, después de apurar todo el tiempo, todas las sensaciones, todos los sentimientos, todo nosotros. Parece que te estoy oyendo cuando estabas en la cama a punto de morir, de marcharte, y yo te había cogido la mano y tenía el rostro empapado en lágrimas. Me miraste y me dijiste riendo: “lo siento, vas a pasar calor con tu traje de viuda”. No me lo podía creer… al cabo de un rato ya no estabas conmigo. Y esto fue antes de ayer…me parece un siglo y a la vez un minuto.

“Señora, ya está listo. Vamos a proceder a colocar la lápida”. Los enterradores estaban a punto de terminar, a punto de dejarte bajo esa losa blanca que resaltaba en aquella pradera verde que casi parecía un campo de golf de esos que tanto te gustaban. En cinco minutos habían terminado. Todo muy rápido, muy profesional, muy aséptico, muy frío para un día de agosto. Me dieron el pésame de nuevo y se alejaron hablando de sus cosas. Entonces respiré hondo y me acerqué a la lápida. Era exactamente como deseabas: blanca, lisa, elegante, sin grabados. Ni siquiera quisiste que grabara la fecha en la que te fuiste. Me dijiste que eso no importaba y es cierto. Solamente tu nombre y seis letras: YO VIVÍ.

Puedes seguir a @martamj32 en Twitter

Anuncios

4 comentarios en “Epitafio

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s