La despedida

Siempre he sido partidaria de no volver una vez que me he marchado. Quizás, por eso no digo adiós hasta el final. Hasta que sé que no hay vuelta atrás, que ya es definitivo. Porque lo difícil no es despedirse..es estar seguro de que es lo acertado. Y, si no lo acertado, lo que realmente crees que tienes que hacer para seguir adelante. Aunque duela. Aunque sientas que te mata un poco o más que un poco. Aunque jamás hubieras pensado que algún día tendrías que hacerlo. Aunque intentes convencerte de que hay otras soluciones. Aunque pretendas creer que, dando tiempo,algo cambiará. Aunque no entiendas de dónde pueden salir tantas lágrimas cuando te pones a pensar en ello. Aunque sepas que te vas a encontrar solo. Aunque tu vida no vaya a ser la misma. Aunque tengas miedo. Mucho.

Porque despedirse de algo importante es crear un pequeño terremoto en la vida…se tambalea y debe recolocarse. Y lo hace. Siempre. Aunque nos parezca que ahí se acaba, que no va a ser fácil remontar. Todo se recoloca e, incluso, se hace más fuerte para la próxima despedida. Siempre podemos. Siempre. Incluso con las más duras.

Hay despedidas de nosotros mismos, esas que cierran etapas, esas que marcan un antes y un después. Esas que son definitivas. Y son despedidas de ese yo que ya no queremos. De ese que necesitamos superar. De ese que intenta retenernos pero ya es tarde. Esas despedidas son definitivas, son para avanzar. Son necesarias, urgentes y sin retorno.

No es fácil despedirse y no siempre hay que decir adiós. Basta con marcharse, retirarse sin hacer ruido si sentimos que sobramos. Basta con no volver donde nos hacen no estar cómodos. Basta con darse la vuelta mientras todos hablan y cerrar la puerta tras de nosotros. Sin ruido. Sin que casi se note. Sin mirar atrás tampoco porque, cuando alguien se despide de mí, con o sin un adiós, tampoco vuelvo. Así son mis despedidas.

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Desde hace tiempo, observo con una mezcla de asombro y pena cómo todo en general se va radicalizando. Parece ser que solamente hay blanco o negro, grande o pequeño, derecha o izquierda, bueno o malo, todo o nada, conmigo o contra mí. Y yo, que siempre me he considerado bastante incapaz de encontrar el término medio de las cosas, resulta que ahora lo que no encuentro son los extremos. Pero lo peor de este radicalismo es ese afán enfermizo por etiquetar todo, por definir todo, por catalogar y marcar…y eso no.

No considero tolerable que alguien me llame facha porque no comparto unas ideas extremistas de izquierdas. No permito que me llamen machista porque me gusten los hombres con educación y saber estar. No tolero que me llamen mujer florero por cuidarme y que me guste verme bien. Ni que me llamen superficial porque me guste la ropa o los zapatos. Tampoco soporto que me pongan la divisa ni ninguna marca que únicamente está basada en los prejuicios absurdos y retrógrados de personas que ni siquiera me conocen. Y tampoco tolero que intenten darme lecciones aquellos que apenas saben comprender lo que leen o los que interpretan únicamente a su antojo pensando que los demás no sabemos lo que pretenden.

No.

Se confunde modernidad con ideas sin sentido. Se vende humo e intentan que paguemos hasta la bolsa. Pretenden saber más de nosotros que nosotros mismos. Intentan que pasemos por un aro que va de un lado al contrario, sin pasar por el centro. Y, si no piensas como ellos consideran que se debe pensar, ya tienen preparado el hierro candente para marcarte. Se aprovechan de la incultura y necesidad de muchas personas para hacer que crean lo que no es, inventando historias que nunca se podrán llevar a cabo. Eso sí, tienes que estar a mi lado, porque los otros son los malos. Así se funciona ahora. Somos indios o vaqueros, polis o ladrones, esclavos o señores, damas o putas…obviando que entre los extremos hay un camino o que también existe la opción de no querer ser una cosa ni la otra.

Y a mí ya no me etiqueta nadie, señores. Quien para mí vale la pena no etiqueta ni da a elegir, ni radicaliza, ni prejuzga, ni se cree con toda la razón, ni habla ex cathedra, ni se considera más que nadie. Si me gusta algo, lo digo. Y si no, también. Tengo la educación y las maneras suficientes como para hacerlo con corrección. Y no tolero agresiones o descalificaciones por mi manera de pensar o de sentir.

Eso sí…he llegado a un punto en mi vida en el que he decidido ejercer sin ningún tipo de complejo mi derecho a mandar a la mierda.

Amor con fecha de caducidad

Tenía que cenar en casa pero lo hacía deprisa, aguantando la mirada divertida de mi hermana que sabía dónde estaba mi cabeza…bien lejos de la conversación sobre quemaduras solares y el calor que hacía aquella noche. Me levanté y entré al cuarto de baño. Un poco de rimmel, colorete y Anaïs Anaïs en el cuello y las muňecas. Adoraba ese perfume, como la mayoría de las niñas de dieciséis aňos en aquellos días.

Salí cerrando la puerta mientras oía la voz de mi padre recordándome que a las doce en casa, como siempre. Bajé las escaleras saltando de dos en dos…sabía que me estarías esperando en la valla de la urbanización, sabía que estarías fumando un cigarrillo apoyado en tu moto. Sabía que,  al verme, tirarías el cigarrillo al suelo y tus ojos brillarían más que la pequeña brasa roja que acababa de caer desde tus dedos. Sabía que me dirías que estaba preciosa,  que tomarías mi cara entre tus manos y me besarías.

Sabía que subiríamos en la moto, que iríamos por la carretera antigua hasta esa cala donde no hay nadie por la noche, que nos sentaríamos bajo la palmera, que nos besaríamos, nos tocaríamos pero sin llegar más allá porque a más no se llegaba a los dieciséis en aquellos años.

Sabía que me dirías que me querías y yo te lo diría a ti…y era cierto. Sabía que me dirías que un día irías a vivir a Madrid, que te casarías conmigo. Sabía que miraríamos la luna sobre el mar e iríamos enumerando todos esos lugares a los que íbamos a viajar juntos. Sabía que mi corazón no podía latir más fuerte, que seguro podías escucharlo. Sabía que no podía quererte más.

Y todo era cierto, todo era real…tan real como que los dieciséis tienen como fecha de caducidad los diecisiete y que nuestro amor tenía como fecha de caducidad el treinta y uno de agosto.

Amores que caducan en el tiempo pero no en mi cabeza, donde siguen provocando una brisa nocturna y una luna grande sobre el mar. Y nombres de lugares donde nunca fuimos. Y una sonrisa.

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La perfección

Era tan bonita que parecía irreal, tanto que parecía un sueño.

Tenía la belleza fría del mármol de la estatua de Antinoo, liviana de las bailarinas de Degas. Esa belleza oscura de un cuadro de Caravaggio, infranqueable como la Gran Esfinge, imponente como el busto de Nefertiti, dulce como un ángel de Rafael, desesperante como el Jardín de las Delicias.

Tenía esa belleza acuática de Venecia, soñadora del Taj Mahal reflejado en el agua, ardiente de un atardecer en la sabana. Esa belleza elegante de un palacio renacentista, enigmática como las figuras de Nazca, impresionante como una catarata en mitad de la selva, frágil como una copa de cristal antigua, brillante como un diamante recién tallado.

Así era…bella hasta parecer de otro mundo y quizás lo era porque éste le dolía. Un mundo tan grande y no cabía. Lleno de personas y estaba sola. Con tanta música y nunca pudo encontrar su canción. Tan lleno de sentimientos y nunca entregó su corazón. Con multitud de colores y ella solo veía en blanco y negro. Tanto aire que se ahogaba. Tanta luz que le deslumbraba. Tantos caminos que se perdía. Tanta belleza que se odiaba. Tanto amor, que no sentía.

Era una fachada perfecta con un interior en ruinas, un jardín soleado con diez tormentas al día. Era la suavidad que acaricia con papel de lija, el brillo que apaga, la música desafinada. Era el día incorrecto, el lugar equivocado, el momento inoportuno. Era la insensibilidad aparente que se rompía cuando cerraba la puerta. Era esa preciosa sonrisa que actuaba de cremallera para impedir que las lágrimas brotaran en cualquier momento. Era esos labios rojos no de pasión sino de sangre, esas piernas perfectas con preciosos tacones que se hundían en el fango cada noche.

Y es que hay veces en las que la belleza esconde fragilidad, una sensibilidad que puede generar tal sufrimiento interior que anule la capacidad de vivir. El problema es que el mundo adora la belleza y no escucha el interior de las personas que la poseen. Y ellas gritan con sus preciosos labios rojos cerrados. Lloran con sus grandes ojos perfectamente maquillados. Imploran desde un rostro que parece comerse el mundo. Golpean y arañan desesperadamente con sus manos de uñas perfectas la puerta de ese castillo en el que están encerradas. Y todos ven las uñas, los ojos, el bello rostro y los labios rojos. No ven más. Y quien está detrás se rompe. Se rompe sola. Y no se recompone. Y llega un día en el que el maquillaje no sirve, ni los tacones, ni el carmín. No sirve levantarse de la cama, no hay nadie ahí fuera. Aunque brille el sol, suene la música y la calle esté llena de personas más o menos felices. Ya no vale, no tiene sentido. El espejo no refleja nada. La perfección es nada. Y se termina. Esa perfección que daña.

Café

El café… Siempre…

Oscuro…como esas intenciones que tenemos a veces y que nos hacen sentir tan vivos. Como esos ojos que nos miran y nos desarman. Como esos días en los que al sol le cuesta romper nuestras nubes. Como esos cabellos que nos gusta sentir entre nuestros dedos.

Caliente…como la temperatura de mi cuerpo cuando estás cerca, como el verano que adoro,  como la música que me gusta bailar, como un plato de comida al llegar a casa en invierno,  como ese fuego inevitable al tocarnos.

Cargado…como las miradas llenas de intenciones,  como las armas antes de comenzar una batalla, como los momentos que compartimos,  como ese aire que precede a la tormenta.

Intenso…como los momentos contigo, como los recuerdos que fabricamos, como un día de cumpleaños, como una sensación al límite, como el dolor de perder a alguien, como el deseo cuando se puede tocar.

Delicioso….como tus besos, como las palabras que nos decimos al oído,  como las pequeñas locuras de cada día,  como despertar a tu lado, como una puesta de sol, como el sabor de tu piel,  como ese momento en el que te sorprende la vida.

En cualquier momento…como lo que merece la pena, como verte,  como la risa, como el estar con un amigo,  como el sentirse importante.

El café…tanto en común con la vida…

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Podría…

  1. Podría…mirarte a los ojos, sostenerte la mirada, comprender lo que dicen los tuyos y leer más allá de tus pupilas.

Podría…acercarme muy levemente a ti, dejar que te acercaras tú…despacio, muy despacio…y parar mis labios a un milímetro de los tuyos sin llegar a besarte.

Podría… escucharte hablar, sonriendo, disfrutar de una conversación contigo mientras observo tus labios e imagino que me susurran algo muy diferente a lo que me estás contando. Lo haría muy discretamente pero lo notarías y, seguramente, perderías el hilo de la conversación de vez en cuando.

Podría…perderme en tus ojos y desear no encontrar la salida…crear un laberinto al unir nuestras miradas.

Podría…saber lo que deseas y que coincide con lo que deseo yo. Podría decírtelo sin palabras, podríamos acercarnos hasta que nuestros labios se rozaran…parar un segundo, mirarnos e iniciar un beso de los que empiezan acariciando y terminan en una batalla.

Podría… besar tus labios, tu cuello…sentir cómo tu piel se eriza. Podría rozar con mis labios el lóbulo de tu oreja y morderlo suavemente, muy suavemente.

Podría…sentir tu deseo. Podría hacer que fuera aumentando poco a poco…que tu piel deseara la mía y tus labios quisieran recorrerla. Que desearas más…que me desearas y que supieras que el deseo es mutuo.

Podría hacer que te olvidaras del tiempo, que no hubiera más que nuestros cuerpos en plena batalla. Solamente pasión, deseo, sentir sin prisa, sin límites…

Podría hacer que sobraran las palabras, que faltara la respiración. Que, fuéramos los dos los que hiciéramos, los que pudiéramos…

Porque podríamos transformar susurros en huracanes, besos en terremotos, librar batallas, conquistar territorios, provocar tormentas…

Podríamos sentir que no hay tiempo, que el espacio se reduce a nuestros cuerpos, que nuestra piel es el campo de batalla.

Podríamos subir al cielo y al momento caer al más profundo de los infiernos…podríamos inventar infiernos nuevos.

Podríamos inventarnos, descubrirnos, hacernos únicos, conocernos, desearnos, cumplirnos…

Podríamos…siempre se puede.

Primera persona

Es lo primero que aparece a la hora de conjugar un verbo: YO. Ese monosílabo tan sonoro que parece que nos llena toda la boca cuando lo pronunciamos. Esa palabra tan pequeña en número de letras como grande en significado.

Yo…esa palabra que, a veces, se pierde, la entregamos, la olvidamos, la vaciamos de significado, dejamos que se haga aún más pequeña o la dejamos ir sin darle la importancia que tiene. Es en esos momentos en los que damos o nos damos a los demás, a las segundas y terceras personas, incluso a la primera del plural, quizás en exceso y ese Yo empieza a difuminarse. A perderse. A casi desaparecer. Y no nos damos cuenta porque parece que ese Yo está siempre porque, al fin y al cabo, es nuestra esencia. Pero no. No lo está. Y cuando nos damos cuenta, nos encontramos con que no nos reconocemos, casi ni nos conocemos y llegamos a sentirnos extraños. Nuestra primera persona se ha mezclado con la segunda y la tercera y ya no nos representa. Es una extraña mezcla en la que nos cuesta trabajo encontrar algo claro, algo que nos haga ver lo que éramos no hace tanto tiempo. La primera persona, ese Yo tan sonoro, apenas se escucha, está cansado, lejano, sin fuerza y sin ganas de ser escuchado. Se ha acostumbrado a no ser el primero, a tener tantas cosas por delante, que se siente completamente oculto, innecesario y hasta poco valioso.

Pero llega un día, uno cualquiera, y lo escuchamos en la distancia. Y nos parece hasta extraño pero algo ha cambiado, ahora lo hemos oído. Y entonces caemos en la cuenta de que no estaba. Parece increíble pero hemos dejado ir a esa primera persona y casi no lo hemos notado. Nos hemos acostumbrado a vivir sin ella.

Ese día es diferente. Ese día necesitamos escuchar de nuevo a nuestro Yo, necesitamos que vuelva a ocupar su sitio, darle la importancia que tiene, que es toda. Y aquí comienza el trabajo duro, el trabajo de desescombro. Ese ir retirando todo lo que le hemos dejado caer encima. Con cuidado, despacio, para no hacerle más daño del que ya le hemos hecho dejándolo allí debajo. Hay que ir retirando de nuestra vida todo aquello que ocupa, pesa y no aporta sino que ahoga. Todo aquello que ha hecho que seamos capaces de renunciar a nuestro Yo, a esa primera persona que hemos destronado sin miramientos. Y vamos retirando cosas que nos duelen pero que están ocupando un lugar que no les corresponde, que asfixian, que no dejan ver ni vernos. Cuando llegamos al fondo, nuestro Yo está magullado y dolido pero sobrevive. Es mucho más fuerte de lo que pensamos. Y ahora toca cuidarlo, repararlo, mimarlo, recuperarlo, pulirlo, hacerlo más bonito de lo que era cuando cayó, quererlo. Quererlo mucho. Y hacer que ocupe su lugar, que brille, que sea nuestro orgullo. Y, algún día, puede que ocurra que encuentre a otra primera persona con la que desee formar un Nosotros para ponerse en plural. Pero para que eso ocurra tiene que encontrar su lugar, tenemos que dárselo, tenemos que quererlo y sentirnos orgullosos de nuestro Yo. Al fin y al cabo, es nuestra primera persona.