Aquí yace

Con vuestro permiso, lo prefiero en latín…HIC IACET.

No sé por qué pero siempre he sentido una especial fascinación por las lápidas antiguas, esas que se encuentran en el suelo de iglesias y catedrales. Esas que nos cuentan quién se encuentra bajo esa placa de mármol grabada con letras desgastadas por el paso de los siglos y por los miles de pies que han caminado sobre ellas. Esas que, a veces, tienen grabado un retrato de la persona que allí yace…o reposa…o descansa…cualquiera de esos verbos que inspiran paz, que es lo que se siente en los lugares donde se encuentran estas lápidas.

HIC IACET… Así comienzan los textos que me fascinan, esos que aprendí a leer cuando era una niña que recorría de la mano de su abuelo en el enlosado de la catedral. Aquí yace el Abad, el Obispo, el Deán…aquí yace el Seňor de xxxxx…y su esposa, el Conde… Todas esas personas que habían vivido hace tantísimos aňos y que yo imaginaba y mi abuelo me describía con pelos y seňales, más que nada porque yo no dejaba cabos sueltos: le preguntaba sobre sus trabajos, sus ropas, sus peinados, sus canciones, sus vida si eran religiosos, sus comidas, sus zapatos, sus bailes, sus batallas …y él me contestaba a todo completamente convencido, aunque mucho me temo que inventando lo que no sabía. Eso siempre será una incógnita para mí. El caso es que las personas que allí yacían tenían vida e historia propia porque ya me encargaba yo de inventarla. Adoraba esa sensación de ser capaz de leer sus nombres en el mármol desgastado del suelo y, con suerte, la fecha de su muerte. Si podía, me agachaba y pasaba mis dedos por los surcos que formaban las letras… HIC IACET y sonreía porque los imaginaba paseando por la catedral con sus casullas y sus báculos, o mirando al suelo con sus rosarios entre los dedos o, si era una dama, rezando en un reclinatorio …muchos siglos antes, sobre ese suelo que ahora estaba pisando yo.

Dejé de ir a la catedral pero jamás he dejado de sentir esa fascinación por las lápidas y la curiosidad que me suscitan esas dos palabras en latín con las que comienza su texto. Y una tarde estaba yo en Irlanda, en una preciosa abadía en ruinas en mitad de una extensa pradera, a esa hora en la que el sol se pone y es tan grande que parece que cae por su propio peso. Estaba sentada en la hierba y vi dos cruces celtas de piedra, con musgo e inclinadas por el paso del tiempo. Sonreí y me acerqué. Vi las lápidas, me agaché y pasé mis dedos por los surcos que formaban las letras. No conocía el idioma pero estaba segura del comienzo del texto: Aquí yace…

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