Primera persona

Es lo primero que aparece a la hora de conjugar un verbo: YO. Ese monosílabo tan sonoro que parece que nos llena toda la boca cuando lo pronunciamos. Esa palabra tan pequeña en número de letras como grande en significado.

Yo…esa palabra que, a veces, se pierde, la entregamos, la olvidamos, la vaciamos de significado, dejamos que se haga aún más pequeña o la dejamos ir sin darle la importancia que tiene. Es en esos momentos en los que damos o nos damos a los demás, a las segundas y terceras personas, incluso a la primera del plural, quizás en exceso y ese Yo empieza a difuminarse. A perderse. A casi desaparecer. Y no nos damos cuenta porque parece que ese Yo está siempre porque, al fin y al cabo, es nuestra esencia. Pero no. No lo está. Y cuando nos damos cuenta, nos encontramos con que no nos reconocemos, casi ni nos conocemos y llegamos a sentirnos extraños. Nuestra primera persona se ha mezclado con la segunda y la tercera y ya no nos representa. Es una extraña mezcla en la que nos cuesta trabajo encontrar algo claro, algo que nos haga ver lo que éramos no hace tanto tiempo. La primera persona, ese Yo tan sonoro, apenas se escucha, está cansado, lejano, sin fuerza y sin ganas de ser escuchado. Se ha acostumbrado a no ser el primero, a tener tantas cosas por delante, que se siente completamente oculto, innecesario y hasta poco valioso.

Pero llega un día, uno cualquiera, y lo escuchamos en la distancia. Y nos parece hasta extraño pero algo ha cambiado, ahora lo hemos oído. Y entonces caemos en la cuenta de que no estaba. Parece increíble pero hemos dejado ir a esa primera persona y casi no lo hemos notado. Nos hemos acostumbrado a vivir sin ella.

Ese día es diferente. Ese día necesitamos escuchar de nuevo a nuestro Yo, necesitamos que vuelva a ocupar su sitio, darle la importancia que tiene, que es toda. Y aquí comienza el trabajo duro, el trabajo de desescombro. Ese ir retirando todo lo que le hemos dejado caer encima. Con cuidado, despacio, para no hacerle más daño del que ya le hemos hecho dejándolo allí debajo. Hay que ir retirando de nuestra vida todo aquello que ocupa, pesa y no aporta sino que ahoga. Todo aquello que ha hecho que seamos capaces de renunciar a nuestro Yo, a esa primera persona que hemos destronado sin miramientos. Y vamos retirando cosas que nos duelen pero que están ocupando un lugar que no les corresponde, que asfixian, que no dejan ver ni vernos. Cuando llegamos al fondo, nuestro Yo está magullado y dolido pero sobrevive. Es mucho más fuerte de lo que pensamos. Y ahora toca cuidarlo, repararlo, mimarlo, recuperarlo, pulirlo, hacerlo más bonito de lo que era cuando cayó, quererlo. Quererlo mucho. Y hacer que ocupe su lugar, que brille, que sea nuestro orgullo. Y, algún día, puede que ocurra que encuentre a otra primera persona con la que desee formar un Nosotros para ponerse en plural. Pero para que eso ocurra tiene que encontrar su lugar, tenemos que dárselo, tenemos que quererlo y sentirnos orgullosos de nuestro Yo. Al fin y al cabo, es nuestra primera persona.

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