La perfección

Era tan bonita que parecía irreal, tanto que parecía un sueño.

Tenía la belleza fría del mármol de la estatua de Antinoo, liviana de las bailarinas de Degas. Esa belleza oscura de un cuadro de Caravaggio, infranqueable como la Gran Esfinge, imponente como el busto de Nefertiti, dulce como un ángel de Rafael, desesperante como el Jardín de las Delicias.

Tenía esa belleza acuática de Venecia, soñadora del Taj Mahal reflejado en el agua, ardiente de un atardecer en la sabana. Esa belleza elegante de un palacio renacentista, enigmática como las figuras de Nazca, impresionante como una catarata en mitad de la selva, frágil como una copa de cristal antigua, brillante como un diamante recién tallado.

Así era…bella hasta parecer de otro mundo y quizás lo era porque éste le dolía. Un mundo tan grande y no cabía. Lleno de personas y estaba sola. Con tanta música y nunca pudo encontrar su canción. Tan lleno de sentimientos y nunca entregó su corazón. Con multitud de colores y ella solo veía en blanco y negro. Tanto aire que se ahogaba. Tanta luz que le deslumbraba. Tantos caminos que se perdía. Tanta belleza que se odiaba. Tanto amor, que no sentía.

Era una fachada perfecta con un interior en ruinas, un jardín soleado con diez tormentas al día. Era la suavidad que acaricia con papel de lija, el brillo que apaga, la música desafinada. Era el día incorrecto, el lugar equivocado, el momento inoportuno. Era la insensibilidad aparente que se rompía cuando cerraba la puerta. Era esa preciosa sonrisa que actuaba de cremallera para impedir que las lágrimas brotaran en cualquier momento. Era esos labios rojos no de pasión sino de sangre, esas piernas perfectas con preciosos tacones que se hundían en el fango cada noche.

Y es que hay veces en las que la belleza esconde fragilidad, una sensibilidad que puede generar tal sufrimiento interior que anule la capacidad de vivir. El problema es que el mundo adora la belleza y no escucha el interior de las personas que la poseen. Y ellas gritan con sus preciosos labios rojos cerrados. Lloran con sus grandes ojos perfectamente maquillados. Imploran desde un rostro que parece comerse el mundo. Golpean y arañan desesperadamente con sus manos de uñas perfectas la puerta de ese castillo en el que están encerradas. Y todos ven las uñas, los ojos, el bello rostro y los labios rojos. No ven más. Y quien está detrás se rompe. Se rompe sola. Y no se recompone. Y llega un día en el que el maquillaje no sirve, ni los tacones, ni el carmín. No sirve levantarse de la cama, no hay nadie ahí fuera. Aunque brille el sol, suene la música y la calle esté llena de personas más o menos felices. Ya no vale, no tiene sentido. El espejo no refleja nada. La perfección es nada. Y se termina. Esa perfección que daña.

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4 comentarios en “La perfección

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