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Desde hace tiempo, observo con una mezcla de asombro y pena cómo todo en general se va radicalizando. Parece ser que solamente hay blanco o negro, grande o pequeño, derecha o izquierda, bueno o malo, todo o nada, conmigo o contra mí. Y yo, que siempre me he considerado bastante incapaz de encontrar el término medio de las cosas, resulta que ahora lo que no encuentro son los extremos. Pero lo peor de este radicalismo es ese afán enfermizo por etiquetar todo, por definir todo, por catalogar y marcar…y eso no.

No considero tolerable que alguien me llame facha porque no comparto unas ideas extremistas de izquierdas. No permito que me llamen machista porque me gusten los hombres con educación y saber estar. No tolero que me llamen mujer florero por cuidarme y que me guste verme bien. Ni que me llamen superficial porque me guste la ropa o los zapatos. Tampoco soporto que me pongan la divisa ni ninguna marca que únicamente está basada en los prejuicios absurdos y retrógrados de personas que ni siquiera me conocen. Y tampoco tolero que intenten darme lecciones aquellos que apenas saben comprender lo que leen o los que interpretan únicamente a su antojo pensando que los demás no sabemos lo que pretenden.

No.

Se confunde modernidad con ideas sin sentido. Se vende humo e intentan que paguemos hasta la bolsa. Pretenden saber más de nosotros que nosotros mismos. Intentan que pasemos por un aro que va de un lado al contrario, sin pasar por el centro. Y, si no piensas como ellos consideran que se debe pensar, ya tienen preparado el hierro candente para marcarte. Se aprovechan de la incultura y necesidad de muchas personas para hacer que crean lo que no es, inventando historias que nunca se podrán llevar a cabo. Eso sí, tienes que estar a mi lado, porque los otros son los malos. Así se funciona ahora. Somos indios o vaqueros, polis o ladrones, esclavos o señores, damas o putas…obviando que entre los extremos hay un camino o que también existe la opción de no querer ser una cosa ni la otra.

Y a mí ya no me etiqueta nadie, señores. Quien para mí vale la pena no etiqueta ni da a elegir, ni radicaliza, ni prejuzga, ni se cree con toda la razón, ni habla ex cathedra, ni se considera más que nadie. Si me gusta algo, lo digo. Y si no, también. Tengo la educación y las maneras suficientes como para hacerlo con corrección. Y no tolero agresiones o descalificaciones por mi manera de pensar o de sentir.

Eso sí…he llegado a un punto en mi vida en el que he decidido ejercer sin ningún tipo de complejo mi derecho a mandar a la mierda.

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