Una mirada

Todo comienza con una mirada. Unas pupilas que se agrandan, que brillan, que saben hablar en un idioma que ni tan siquiera somos conscientes de dominar.

Y tenemos enfrente unos ojos que lo entienden porque hablan del mismo modo. Y se susurran. Y se acarician. Y se sonríen. Y son ellos los que saben cuando lo demás sobra. Ahora no hay cabeza ni corazón. No hay lugares. No hay relojes. No hay otro futuro que no sea ahora. No hay otro idioma que no sea ese que se habla sin palabras y sin sonidos. No existe más que una mirada que pide, que busca, que desea, que intuye, que cree y que sabe. Que sabe escuchar sin oídos, hablar sin palabras, comprender sin mente, sonreír sin boca, desnudar sin manos…

 

Y el espacio se llena con deseo. Y los labios se acercan…y sobra la mirada. Los ojos se cierran, los labios se unen, se reconocen, se entienden, se entreabren, se funden…y dejan paso. Y las lenguas se enredan, se buscan, se encuentran, se acarician, se entienden.

Y la piel se eriza. Y pide. Y las manos la entienden…y apartan la ropa. Y la recorren, la descubren, la reconocen, la memorizan. Y la respiración se acelera. Y sobran las palabras. Y falta el aire. Y los cuerpos se entregan, saben cómo actuar, se entienden, se hablan, se acoplan… Y no hay más. No hay menos. No hace falta más que lo que existe ahora.

Y todo empezó en una mirada.

 

 

No es personal

Creo que te conocí en un momento en el que no te necesitaba para nada porque yo salía con un buen chico de la universidad, llevábamos unos meses y no nos iba nada mal. Claro, que la expresión “buen chico” a los diecinueve, tampoco es demasiado fascinante. Ahora que lo pienso, ni siquiera define a alguien con quien estés viviendo unos momentos únicos y apasionantes. Pero no había problema…el destino iba a solucionar ese pequeño inconveniente poniéndote en mi camino. Eras guapo… mucho. y creído…muchísimo. Y chulo…también ibas servido. Pero nos presentaron una noche y la atracción fue mutua. Tanto que, cuando a los pocos días nos vimos de nuevo y me dijiste que querías estar conmigo, dejé inmediatamente al buen chico que tenía por novio y me lancé a tus brazos sin pensar en nada más.

Contigo sentí lo que no había sentido hasta entonces. Esa pasión incontrolable mezclada con un deseo de llegar a más, a eso a lo que no había llegado todavía porque, en esos años, tampoco era nada extraño no haber llegado a más a esa edad. Pasaron meses de diversión de fiestas, de caricias, de música, de besos que ardían, de amigos, de ganas, de pieles en erupción  en el coche, en ese rato que estábamos de más cuando me dejabas en casa. Y lo pensé durante un tiempo. Y decidí que tú serías el primero… (ay, qué peliculero suena ese término. Pero yo lo pensaba así, idealizado como en una película americana). Y lo hicimos. Y la primera vez fue un horror. Y pensé que eso no podía ser de lo que todo el mundo hablaba maravillas. Pero tú te encargaste de que fuera maravilloso, que esa primera vez no tuviera nada que ver con lo que serían las siguientes. Tú me descubriste la forma que tiene el cuerpo de vibrar, la espalda de arquearse, la piel de demandar, los labios de recorrer, la respiración de entrecortarse, el instinto de responder…Y llegaron unos meses de pasión, de fiestas, de novedades, de verano, de querer más, de desearnos a cada momento, de no salir de una habitación de hotel en todo el fin de semana…Tanto había y tú todavía tenías tiempo para estar con otra. Lloré, me desesperé, te mandé a la mierda mil veces, te odié, te dije que se acabó. Y se acababa…hasta tu siguiente llamada de teléfono pidiendo perdón y rogándome que no te dejara. Y yo volvía y ocurría de nuevo hasta que la relación entró en un bucle destructivo que no hubo más remedio que parar. Y creí que el alma se me rompía en más de mil pedazos pero te dejé para no volver. Fue mi primer desengaño real. Y yo dejé que ocurriera, dejé que se agrandara porque no me imaginaba estar sin ti. Al cabo de un tiempo pude ver con claridad y lo que no me imaginaba era estar contigo.

Dejé de frecuentar amigos comunes porque no quería arriesgarme a verte de nuevo. Era mucho daño el que me habías hecho y me costó superarlo. Mi vida siguió su curso y tú te quedaste en el recuerdo cada vez más lejano, más diluido. Prácticamente no te recordaba ya, cuando un día que iba a recoger el coche de un aparcamiento para marcharme, un hombre se acercó a mí. “Disculpa, ¿eres Marta?”. Le miré y de repente apareció tu imagen en mi cabeza. La que tenias con poco más de veinte años. Aparentemente, ese hombre no tenía nada que ver contigo pero sus ojos sí eran los tuyos. Inconfundibles. Nos saludamos y me pusiste al corriente, en unos trazos, de lo que había sido tu vida en estos últimos, aproximadamente, quince años. Me dijiste lo guapa que estaba, lo bien que me habían sentado los años…bla bla bla. Y, lo sabía, me pediste mi número de teléfono. “Mira, ésto no es personal”, te dije irónicamente, “pero creo que a ti el tiempo te ha tratado fatal por fuera y te ha dejado igual por dentro. Y también creo que no quiero saber nada de ti. Adiós”. Abrí la puerta del coche, arranqué y me fui mientras tú te quedabas de pie mirando cómo me marchaba.

Karma, creo que le llaman.

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Carreteras secundarias

A lo lejos se veía la caseta del peaje, con su barrera bajada y sus luces rojas y anaranjadas intermitentes. Casi la intuía a través de una cortina de lluvia que, a duras penas, los limpiaparabrisas eran capaces de ir apartando. Truenos y relámpagos fuera del coche y yo cantando a voz en grito With or without you dentro. Paré el coche en el arcén antes de llegar a la barrera, apagué el motor y bajé el volumen de la música. Ahora se escuchaba el estruendo del agua al caer y el rugido de los truenos. Parecía que el cielo fuera a caerse, literalmente. Pensaba en esas películas en las que el coche atraviesa la barrera de un peaje a toda velocidad, huyendo de la policía… Huyendo…esa palabra que no sabía muy bien si tenía que utilizar en ese momento de mi vida o lo que ocurría era que tenía que dejar de utilizarla de una vez por todas. Seguir leyendo “Carreteras secundarias”

Escuchar.

Escucha a mis ojos cuando hablan…

A mi piel cuando se eriza…

Escucha a mi silencio cuando grita…

A mi cuerpo cuando pide…

A mi alma cuando pesa.

Escucha a mi sonrisa cuando llora…

A mis labios cuando arden…

A mi palabra cuando falta…

Escucha a mis manos cuando acarician…

A  mis dedos cuando adoran…

A mis silencios cuando cuentan…

 

Igual que yo escucho a tu voz cuando se marcha…

A tu piel cuando me pide…

A tus manos cuando buscan…

Escucho a  tus labios cuando callan…

A tus ojos cuando ríen…

A tu calma cuando falta…

Escucho a tus silencios cuando dicen…

A tus dedos cuando vibran…

A tus sonrisas cuando fingen…

 

Porque escuchar lo que no suena es un arte que domina quien siente.Es intuir y es mirar. Es saber y es estar. Es no creer solo en lo que se ve. Es saber que se puede escuchar sin oír. Es no dar por supuesto. Es imaginar y saber. Es querer, es creer, es compartir.

Es escuchar con otros sentidos. Y se puede. Y se debe.

 

 

Hasta que la muerte os separe

Tenía la sonrisa más bonita que había visto nunca. Era una de esas sonrisas contagiosas, que hacían que pareciera bonito todo lo que estaba alrededor. Sus ojos eran verdes y brillantes, con esa expresión infantil que a ella le cautivó por completo. Una cicatriz en la ceja derecha y unos labios para no dejar de besar terminaban de dibujar su rostro, ese del que se enamoró cuando él fue a pagar a la caja del supermercado donde ella trabajaba. Al día siguiente volvió a última hora, compró algo insignificante y esperó la cola de su caja para pagar. La esperó a la salida, tomaron un café y la llevó a casa en su moto. No vivían lejos y enseguida comenzaron a verse casi a diario. Él era uno de los guaperas del barrio, uno de esos chicos malos que detestan las madres y adoran las hijas. Uno de esos chicos con una fascinante leyenda negra detrás, que no terminó de estudiar pero siempre tenía dinero

Un test de embarazo positivo rompió la magia. Lágrimas, vergüenza y un “tenéis que casaros antes de que se le note la tripa” fue todo uno. En aquellos años no había mucho más que aňadir ni había poder de decisión que no fuera el de los padres. Se organizó una boda medio secreta en la iglesia del barrio. No hubo vestido soňado, ni flores blancas, ni multitud de invitados admirando a la novia mientras hacía su entrada en una preciosa iglesia, ni un novio emocionado en el altar esperando mientras se escuchaba el Ave María de Schubert. Solamente hubo una fría ceremonia, unos padres circunspectos y un cura con una expresión de estar perdonándoles la vida. “…¿y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad todos los días de tu vida hasta que la muerte os separe?. Ni el “sí, quiero” sonó como debería.

Tuvieron una niña, una preciosa criatura a la que dedicar sus días. Demasiados cambios en tan poco tiempo. Él no entendía la responsabilidad y volvió a salir con los amigos. Motos, noches y cervezas volvieron a ser su vida mientras ella se quedaba en casa. Llegaba tarde y medio bebido. Ella trataba de calmarlo para que no despertara a la niña pero casi siempre terminaban discutiendo a gritos. La niňa lloraba, ella lloraba y él se quedaba dormido en el sofá y así un día y otro. La situación se hizo insostenible hasta tal punto que ella se fue con la niña a casa de sus padres. Él fue a buscarla, no dejaba de llamar por teléfono, fue a verla y se arrodilló, lloró, suplicó…hasta que ella decidió volver. Le amaba, había cambiado.

No pasó ni un mes y todo volvió a ser como antes: noches largas, gritos, llantos y una niña que no debía sufrir eso. Por eso, aquella noche decidió que era la última, que no aguantaba más. Cuando él llegó a casa, se lo comunicó: se iba. Podría ver a la niña cuando quisiera pero ella no podía seguir. Se había terminado. Fue demasiado…no iba a irse, no iba a abandonarlo, él era su marido y no permitiría que se marchara. Sacó un cuchillo del cajón de la cocina y fue a buscarla. Estaba en la habitación, haciendo la maleta. Le clavó el cuchillo en la espalda y, al ver brotar la sangre,se dio cuenta de lo que había hecho. Llamó a una ambulancia…demasiado tarde.
“Hasta que la muerte os separe… “. Él no dejó otra opción.

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El alma.

Cuando era pequeña pensaba que el alma era algo pequeño, un poco con forma de nube, transparente y un poco rosa, que estaba flotando en una zona indeterminada de mi interior pero cerca del corazón. Creía que, cuando me emocionaba y tenía ganas de llorar con esa sensación de agobio interior en la que me faltaba la respiración, era porque el alma se había hecho más grande y ocupaba más espacio. Se hacía más grande o más pequeña dependiendo de lo que me ocurriera. Cuanto más grande notaba el alma, era porque la situación era mas emocionante, más de sentimientos. Cuando no ocurría nada resaltable, mi alma estaba tranquila flotando rosada y feliz junto al corazón. En aquellos años, el alma era para mí algo real, algo de cuya existencia no tenía ninguna duda. Hasta sabía perfectamente el aspecto que debía tener…lo tenía muy claro.

Después, llegaron unos años en los que creo que olvidé que tenía alma. Fue esa época de adolescencia y de cambios. De pensar poco y sentir mucho. De muchas risas y poca seriedad. De lágrimas por desengaños, chicos y sentimientos que no sabía gestionar. De sonrisas sin saber por qué, de pensamientos y cabeza en las nubes… Estaba demasiado entretenida conociendo la vida, a mí y sorprendiéndome con cientos de cosas como para pensar en aquella nubecita transparente y un poco rosa que se supone que estaba flotando muy cerca del corazón.

Un día volví a sentirla en mi interior. Fue en aquél momento en el que, por primera vez, sentí la pérdida de alguien muy querido. Fue un “crack” seco que no me dejaba llorar. Tampoco pensar. Y supe que se había roto, que se había quebrado por algún lado. Y supe que ya no era de ese color transparente y un poco rosa porque ese “crack” sonaba a gris. Y supe también que nunca volvería a ser la misma.

Desde aquel momento noté de nuevo en mí eso que yo conocía como alma, aunque algo había cambiado.  Ya no era esa nube pequeña, sino algo más grande porque tiene muchas cosas que sentir, tiene mucho más trabajo ahora que cuando era una niña. Ahora siente, ama, se conmueve, se rebela, se enfada y amenaza con no dejarme respirar, me advierte, se hincha, se hace escuchar, se queda en silencio, se rompe en mayor o menor medida…pero siempre aguanta el temporal. Es fuerte, es la que nos hace fuertes, es nuestra energía…eso sí, con un nombre precioso… Alma.

Maquíllate…

Suena el despertador…cinco minutitos más, por favor. Salgo de la cama con los ojos casi pegados, entro al cuarto de baño y abro el grifo de la ducha. El sonido del agua me va despertando y despierto del todo cuando dejo que caiga sobre mi. Que empape mi pelo, que resbale por mi piel…me gusta el agua muy caliente y el vapor que se genera alrededor. Me lavo el pelo, froto suavemente mi piel con la esponja y ese gel que huele maravillosamente y me quedo sintiendo el agua caer sobre mi cabeza. Me aclaro, cierro el grifo y salgo. Me seco, extiendo la loción hidratante en mi piel y rodeo mi cuerpo con una toalla. Con otra, seco mi pelo y la dejo como un turbante en la cabeza.

Salgo a la habitación y abro el armario. Como cada día, no sé qué ponerme. Creo que necesito ropa pero lo que no sé es dónde colocarla. El armario y todos los cajones de la habitación están llenos. Habrá que hacer limpieza, sí…deshacerme de cosas que ya no uso o no me gustan para dejar sitio a las nuevas. Bueno, vamos a ver…un vestido, unas medias y esos tacones que, aunque altísimos, domino a la perfección y son un filtro perfecto para que los superficiales se queden en las piernas y no vean más allá. Eso me gusta…algo tan sencillo como un tacón puede ser un primer filtro para las personas. Es triste pero hay algunas que no tienen talla más allá de los doce centímetros de un tacón ajeno. En fin…

Entro de nuevo al cuarto de baño y me miro en el espejo. Me miro a los ojos y respiro hondo. Están tristes. Como la mayoría de mañanas en los últimos tiempos. Extiendo suavemente una crema en mi cara y me detengo en las ojeras. No duermo bien, eso también se nota en esa sombra ligeramente oscura bajo los ojos y en la piel apagada. Que esté no significa que otros tengan que verlo y pensar si me pasa algo. Y tampoco significa que las personas que me importan tengan que sufrir pensando que yo lo hago. No. Saco una caja de sombras y comienzo el ritual de todas las mañanas…Maquíllate. Ese maquillaje fantástico que hace que mi piel se vea descansada. Sombra, perfilador y máscara de pestañas que hacen que mis ojos brillen y parezcan hasta alegres. Las ojeras se corrigen fácilmente…listo. Colorete para alegrar la piel y carmín. Rojo, por supuesto. Las palabras que salen de labios rojos tienen otro carácter. Maquíllate, que no se note por fuera la tormenta de dentro. Que no se escuchen los truenos, que la lluvia no empape tus ojos de lágrimas. Maquíllate ahora, ya habrá tiempo de quitarlo todo al volver a casa.

Y, de nuevo, habrá quien no pasará el filtro del maquillaje. Se quedará en el exterior…en los ojos brillantes y los labios rojos. Bien. No todo el mundo puede acercarse a una tormenta ajena y a algunos les mantiene alejados, simplemente, el carmín rojo en unos labios. Perfecto.

Me miro al espejo de nuevo. No parezco la misma que entró en la ducha hace un rato.  Ahora soy la que tienen que ver en este momento. La que muy pocos verán de verdad a través del maquillaje.