Más allá de las estrellas

“Mira, Marta, justo encima de nosotros. Es la Osa Mayor y también se le llama el Carro. Ahí lo tienes…esas siete estrellas brillantes. Cuéntalas, únelas con el dedo y fíjate en la forma que dibujas…un carro, ¿lo ves?”. Claro que lo veía…un carro perfectamente dibujado en el cielo oscuro de verano. “¿Ves esa especie de niebla alargada allí al fondo?, es el Camino de Santiago. Sabes…es el final de nuestra galaxia, la Vía Lactea. Pero esto es más difícil de entender, mañana te lo enseño en el libro de estrellas”. Me fascinaba escucharle y buscar en el cielo las constelaciones y estrellas que me iba enseñando. Esas estrellas con preciosas historias que hablaban de dioses y animales, mitología y otras tantas que yo me imaginaba. Incluso, a veces nos regalábamos estrellas y les poníamos nombres que nos gustaban. Y a la mañana siguiente nos sentábamos en la mesa de su despacho y abría un libro  grande, enorme para el tamaño de mis manos en aquella época en la que no debía tener más de siete años. Era el libro de las estrellas, con páginas y páginas llenas de fotos, dibujos y muchas palabras. Entonces, mi abuelo me sentaba en sus rodillas y me enseñaba las estrellas que habíamos visto en el cielo la noche anterior. Y otras muchas que no se veían desde este lado del mundo pero sí desde el otro. Eso me llamaba mucho la atención y pensaba que algún día vería esas otras estrellas y contaría a mi abuelo que era cierto, que existían, que eran iguales que las que veíamos en nuestro libro.

“¿Y qué hay detrás de las estrellas, abuelo, que hay más allá…más lejos?. ¿Y cuánto tardamos en ir hasta el Carro?. ¿Y si seguimos más allá sigue habiendo luz o ya está todo oscuro porque las estrellas se han quedado por delante?”. Estas y otras dos mil eran las preguntas que yo le hacía. Y él me contestaba paciente, mirándome con gesto divertido y escuchando mis razonamientos sobre el tema. Porque, claro, si íbamos con un cohete y llegábamos más allá de las estrellas que veíamos desde aquí, debía estar totalmente oscuro porque ya no había más estrellas. Entonces…¿cómo veía el piloto del cohete?. Muchas preguntas, muchas risas y muchas horas delante de ese fascinante libro.

Un día, mi abuelo se fue…se fue para siempre, murió. Me rebelé, lloré, no lo entendía, no lo quería entender. Intentaron convencerme de que se había ido a una de esas estrellas que tanto nos gustaban a los dos pero no coló. No les creí. Nadie se va a las estrellas. Hace frío y no se puede respirar. Mentira. Fue el peor momento de mi vida hasta entonces. Yo pensaba que era inmortal, al igual que todas las personas a las que yo quería. Pensaba que nunca dejaría de contarme historias de estrellas, de dioses y de preciosas diosas con su cabello al viento. Pero se acabaron las historias, nadie las contaba como él. No volví a preguntar por las estrellas. Pero el dolor se pasa, crecemos, comprendemos y continuamos.

Son esos días alrededor del nueve de agosto, la época de las Perseidas. Siempre saco una hamaca al jardín y miro al cielo. Si está despejado, se ve perfectamente el Carro con sus siete estrellas. Las cuento y las dibujo con el dedo. Y ahora ya sé lo que es la Vía Lactea y el Camino de Santiago. Y veo caer las estrellas fugaces dejando esas estelas brillantes que duran un segundo…y sonrío. Y escucho de nuevo la voz de mi abuelo “mira, Marta, justo encima de nosotros…”. Ahora sé que más allá de las estrellas hay más estrellas y más mundos. Y, si no, nos los inventamos, abuelo.

Puedes seguir a @martamj32 en Twitter

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s