Recuerdos de una tarde de domingo

Hubo un tiempo en el que no había teléfonos móviles ni internet. Y teníamos novios que llamaban a casa arriesgándose a tener que preguntar por nosotras a la madre o el padre que pudiera coger el teléfono pero ese era el único modo de poder hablar y quedar para vernos.

Después de comer, yo me iba a la habitación a arreglarme porque habíamos quedado para ir al cine a la sesión de las cinco. Dios…me encantaba verte, me encantaba pensar que, en un rato, ibas a abrazarme y a besarme de nuevo. Me despedía de mis padres sin dar muchas explicaciones y bajaba en el ascensor hasta el portal. Todavía te estoy viendo…esperándome en la acera, con una camisa y esos vaqueros algo ajustados que te hacían un culo perfecto. ¿Qué edad tendríamos… diecisiete?. Creo que eran diecisiete, sí. El rocker y la niña de colegio de monjas, bonita pareja…siempre me gustó lo diferente, lo que no se parecía a mí. Y tú, me encantabas. Me mirabas bajar las escaleras del portal con esa sonrisa tuya tan irresistible que hacía que tus ojos verdosos brillaran, acercabas tus labios a los míos y ya se podía parar el mundo.

Ya sabíamos la película que íbamos a ver, así que íbamos directamente al cine, de la mano, besándonos cada diez pasos, hablando de mil cosas. Sacábamos las entradas y entrábamos a la sala. Creo que, muchas veces, la película era lo de menos porque, cuando se apagaban las luces, empezaba el baile de manos, de entrelazar dedos, de caricias sin que se notara, de aguantar la respiración en un “aquinopasanada” tratando de mantener la compostura. Contigo descubrí el deseo, el placer de las caricias, de ir un poco más allá pero sin llegar al final porque eso no se hacía a los diecisiete. Fin de la película y las pulsaciones que vuelven a su ritmo habitual a la vez que se encienden las luces. de la sala. Todavía había algo de tiempo antes de volver a casa, el suficiente para tomar una CocaCola y compartir una pizza mientras hacíamos planes para el siguiente fin de semana entre sonrisas.

Y tocaba regresar a casa…habíamos estado cuatro o cinco horas juntos y parecía que habían sido diez minutos. Antes de llegar nos fundíamos en un abrazo eterno y un beso en el que me habría quedado a vivir sin dudarlo. Nos soltábamos las manos y yo subía las escaleras de mi portal. Y me quedaba mirándote desde arriba hasta que me decías adiós con la mano y me guiñabas un ojo sonriendo. Subía a casa, abría la puerta y entraba en ese mundo que no era lo mismo sin ti. El domingo había terminado ya. Una semana por delante en la que, cada vez que sonara el teléfono, saldría corriendo a cogerlo, deseando que fuera tu voz la que me saludara al otro lado del cable y me recordara lo poco que faltaba para vernos de nuevo.

Esos eran nuestros domingos, ¿recuerdas?

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