Carreteras secundarias

A lo lejos se veía la caseta del peaje, con su barrera bajada y sus luces rojas y anaranjadas intermitentes. Casi la intuía a través de una cortina de lluvia que, a duras penas, los limpiaparabrisas eran capaces de ir apartando. Truenos y relámpagos fuera del coche y yo cantando a voz en grito With or without you dentro. Paré el coche en el arcén antes de llegar a la barrera, apagué el motor y bajé el volumen de la música. Ahora se escuchaba el estruendo del agua al caer y el rugido de los truenos. Parecía que el cielo fuera a caerse, literalmente. Pensaba en esas películas en las que el coche atraviesa la barrera de un peaje a toda velocidad, huyendo de la policía… Huyendo…esa palabra que no sabía muy bien si tenía que utilizar en ese momento de mi vida o lo que ocurría era que tenía que dejar de utilizarla de una vez por todas.

Si iba por la autopista, llegar a mi destino me llevaría unos cuarenta minutos en un trayecto recto y aburrido. Y, sobre todo, era poco tiempo. Necesitaba pensar y en las autopistas no se piensa, solo se conduce. Giré la llave de contacto y los limpiaparabrisas iniciaron su movimiento de derecha a izquierda. Ya casi no llovía. Me acerqué a la caseta y pagué al empleado el importe que marcaba el cartelito luminoso. La barrera se elevó y pasé. Pocos kilómetros más allá había un desvío. Lo tomé. No quería una carretera principal, recta, aburrida y rápida, con tres carriles. Necesitaba otra que mostrara un paisaje diferente, que me dejara aclarar las ideas mientras la recorría. Me fui por el puerto.

Después de la tormenta, la montaña estaba espectacular. Los pinos brillaban bajo los tímidos rayos de sol que intentaban romper las nubes. Bajé la ventanilla…olía maravillosamente. Y ese aire fresco y todavía húmedo…la luz que parece irreal, como si llevara en ella minúsculas gotas de lluvia. Eso no existe en las carreteras principales. Y esa alfombra de pinos que no se acaba… Y conducir por las curvas mientras los pensamientos también serpentean en mi cabeza. Respiro hondo, se aclaran las ideas a la vez que esa tormenta de verano se dispersa. Sin más…como si nunca hubiera existido.

Hay lugares a los que no se accede por carreteras principales, sean reales o rincones de la mente. Necesito ir por las secundarias, esas que me dan tiempo, sensaciones, paisajes y lugares donde parar por el camino. Esas que me hacen saber que huir ya no es una opción. Continuar el viaje, sí.

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