Una mirada

Todo comienza con una mirada. Unas pupilas que se agrandan, que brillan, que saben hablar en un idioma que ni tan siquiera somos conscientes de dominar.

Y tenemos enfrente unos ojos que lo entienden porque hablan del mismo modo. Y se susurran. Y se acarician. Y se sonríen. Y son ellos los que saben cuando lo demás sobra. Ahora no hay cabeza ni corazón. No hay lugares. No hay relojes. No hay otro futuro que no sea ahora. No hay otro idioma que no sea ese que se habla sin palabras y sin sonidos. No existe más que una mirada que pide, que busca, que desea, que intuye, que cree y que sabe. Que sabe escuchar sin oídos, hablar sin palabras, comprender sin mente, sonreír sin boca, desnudar sin manos…

 

Y el espacio se llena con deseo. Y los labios se acercan…y sobra la mirada. Los ojos se cierran, los labios se unen, se reconocen, se entienden, se entreabren, se funden…y dejan paso. Y las lenguas se enredan, se buscan, se encuentran, se acarician, se entienden.

Y la piel se eriza. Y pide. Y las manos la entienden…y apartan la ropa. Y la recorren, la descubren, la reconocen, la memorizan. Y la respiración se acelera. Y sobran las palabras. Y falta el aire. Y los cuerpos se entregan, saben cómo actuar, se entienden, se hablan, se acoplan… Y no hay más. No hay menos. No hace falta más que lo que existe ahora.

Y todo empezó en una mirada.

 

 

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