Manos.

Son las que señalan y abrigan, las que enseñan y desnudan.

Las que nos suben al cielo y nos cortan las alas.

Son las que escriben y borran, las que acarician y arañan.

Son las que nos hacen sentir seguros y las que nos empujan al abismo.

Las de bonitas uñas rojas o garras ensangrentadas, las que arrancan la ropa o cierran botones.

Esas que deseamos y nos desean, las que erizan nuestra piel y despiertan las pasiones.

Las que abren puertas y enseñan mundos, las que cierran pasos y queman puentes.

Son las que nos curan y nos calman, las que nos hieren y nos excitan.

Las que rompen y unen, colman y vacían.

Aquellas que sujetan y sueltan, las que elevan y dejan caer.

Las que nos acarician el pelo y nos revuelven el mundo, las que ordenan y se entregan.

Son esas que recorren nuestro cuerpo y perfilan nuestra alma, las que nos hacen sentir dioses o nos queman como demonios.

Esas que nos provocan sensaciones, que hacen que nuestra piel no olvide.

Las que nos dejan sin aliento y nos dan la vida, las que nos guían y nos pierden.

 

Son las manos, las que contienen nuestra intimidad, las que hablan por nosotros, las que expresan lo que no sabemos, las que intuyen, las que van por delante… Siempre ellas, siempre especiales, siempre únicas y necesarias.

 

 

 

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