No es fácil decir adiós

Solamente son cinco letras pero, cuando van unidas en ese orden,  forman una de las palabras más difíciles con las que nos tenemos que enfrentar a lo largo de la vida tanto para pronunciarla como para recibirla. Incluso hay veces en que podemos marcharnos sin decir adiós y es, posiblemente, más doloroso. No nos enseñan a despedirnos sino que aprendemos solos con la experiencia, con los malos tragos, con lo que duele, con la soledad que produce a veces.

Hay adioses que liberan. Esos que se van gestando poco a poco, que son necesarios para seguir adelante. Esos adioses a la persona con la que hemos pasado tanto tiempo y que ahora ya no queremos más…no podemos querer más porque nuestra vida juntos ha dejado de funcionar. Esos adioses a los que nos resistimos, esos que intentamos alargar, tapar con una cortina de lágrimas, esos a los que deseamos separar de nuestro pensamiento porque no nos imaginamos la vida sin esa persona…pero tampoco hay vida con ella. Esos adioses que van tomando forma poco a poco, como el que hace una maleta y va colocando poco a poco las cosas que necesita o incluso menos…despacio, sin prisa pero sabiendo que un día la maleta estará hecha, la cerraremos y comenzaremos ese viaje cerrando la puerta tras de nosotros. Y, una vez cerrada, toca secarse las lágrimas, respirar hondo y tirar de la maleta para ir a otro destino, en principio nuestra propia vida.

Otros adioses duelen. Esos  que tenemos que decir a personas a las que queremos pero se van lejos. Queridos amigos que han compartido años de vida, recuerdos, aventuras y momentos inolvidables. Esos amigos que por amor, trabajo, familia o circunstancias se van de nuestro lado a un lugar lejano donde no vamos a poder verles como deseamos. Son esos adioses egoístas porque nos privan de esos amigos a los que necesitamos cerca. Y duele. Duele decirles adiós porque eso significa lejanía en kilómetros que puede llegar a convertirse en lejanía personal si esa amistad no se cuida debidamente. No es fácil tampoco usar esas cinco palabras para despedir a un amigo.

Hay adioses que nos matan un poco. Esos adioses que tenemos que dedicar a personas queridas que mueren. Esos adioses definitivos, esos que no podemos creer hasta que no llega el momento. Esos adioses llenos de impotencia y llanto, de no comprender, de rebelarse, de no querer asumir hasta que, pasados unos días, miras un número de teléfono y eres consciente…nadie va a contestar. Se ha ido. Son adioses que nos quitan un pedacito de alma que se va con ese ser querido que ha marchado para siempre. Son adioses mudos, sin palabras pero con tanto sentimiento que, si se gritara, ese adiós se oiría muy, muy lejos.

Qué palabra tan corta pero tan difícil de encajar, tan difícil de decir con palabras o sin ellas. Y casi siempre duele, separa, corta, vacía, entristece y cambia.

Y solo son cinco letras

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