Hagan juego, señores

“Hagan juego, señores”. La voz del crupier, las fichas sobre la mesa, el sonido de la ruleta al girar, la tensión hasta que la bola se decide a descansar en uno de los números…y de nuevo la voz del crupier informando del número ganador. Te miré. De nuevo, no habías acertado. Tampoco importaba, podrías estar comprando fichas de todos los colores durante horas. El dinero no era problema pero mi aburrimiento sí. Te dije al oído que me iba al bar y tú asentiste con la cabeza casi sin mirarme.

Me senté en una banqueta de la barra en lugar de hacerlo en una mesa porque desde allí tenía una mejor visión de lo que ocurría en la sala que, aunque no era mucho, supuse que podría entretenerme. Pedí un gintonic  al barman y me quedé mirando un punto indeterminado al fondo de la barra. De repente, algo me sobresaltó. Debía ser el barman que traía mi gintonic. Cogí la copa y me quedé mirando al hombre que había ocupado la banqueta contigua a la mía, a la vez que mi corazón dio un vuelco. Estabas igual…bueno, igual salvando los veinte años que habían pasado desde que terminamos nuestra relación. Pero esos ojos eran inconfundibles… más que los ojos, la mirada. Estaba segura de que tú no me reconocerías, yo había cambiado mucho y hasta me había hecho algunos retoques. Insignificantes pero retoques… de esos que no se notan pero se notan y muchas mujeres, llegando a determinada edad, decidimos que necesitamos. Juraría que tu acompañante también llevaba alguno. Era una mujer preciosa y hacíais una bonita pareja.

Sonreí al recordarnos en aquellos años: vaqueros rotos, minifaldas, polos de colores o camisetas surferas, bambas de aquellas que tenía en varios colores para combinar, naúticos…igual que ahora, fíjate…sentados en el bar de un casino, vestidos de manera formal y tan parecida a lo que decíamos que nunca seríamos. Porque en aquellos años en los que quedábamos a merendar tortitas  con nata, siempre decíamos que no seríamos como nuestros padres, tan serios y convencionales a veces. Aquellos años en los que íbamos al cine por la tarde y después tomábamos algo en el Mc Donalds mientras hacíamos planes y decíamos que decidiríamos el lugar donde irnos a vivir girando una bola del mundo con los ojos cerrados y parándola con un dedo. Y nos iríamos donde marcara el dedo siempre que no fuera en medio del mar, un lugar demasiado frío, un desierto, una cordillera inhabitable o algún lugar que nos desagradase en exceso. Risas y planes delante de una hamburguesa, patatas fritas y una CocaCola. Luego me acompañabas a casa, me besabas en la entrada del portal y te ibas a coger el autobús que te llevaría a la tuya. Y yo me quedaba mirando cómo te alejabas y te girabas antes de doblar la esquina para que yo te dijera adiós con la mano. Estaba segura de que lo daría todo por ti, que algún día cogeríamos una bola del mundo y la haríamos girar pero haríamos trampa para que el dedo señalase un lugar precioso y paradisíaco donde viviríamos juntos y felices. Pero la vida hizo de crupier cuando llegó el momento y nos dijo “hagan juego, señores”. Y no lo hicimos. No apostamos.Quizás porque todavía no éramos señores, quizás porque no llevábamos cartas para el black jack, quizás porque no teníamos dinero para comprar fichas para la ruleta…el caso es que no apostamos. Y después del “hagan juego”, se escucha el “no va más” y ahí nos quedamos. No fue más. Lo dejamos…y lo curioso fue que nos dejamos queriéndonos pero sabiendo que no iba a ir mucho más allá porque no habíamos apostado por nosotros. No va más.

Tú conversabas con tu acompañante animadamente, sonreíais, os rozábais las manos…habíais apostado por vuestra vida en común, estaba segura. Tal vez la bola todavía no había decidido en qué número iba a detenerse pero vosotros habíais colocado ficha en muchos de ellos. Sonreí…me gustaba la idea. Y me gustaba haberte visto de nuevo y que no me hubieras reconocido. Me habías hecho ver mi vida extendida en un tapete de juego.

Dejé un billete sobre la barra y fui a la mesa de ruleta. Te miré. Seguías concentrado en los números pero me sonreíste cuando llegué y me besaste suavemente en los labios. Cogí un puñado de fichas de las que tenías delante y las fui colocando sobre diferentes números. Me miraste divertido….”¿Ahora sí quieres apostar?”. Ahora sí. Y escuché de nuevo la voz del crupier: “Hagan juego, señores”.

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8 comentarios en “Hagan juego, señores

  1. Tan efímera como toda una vida, tan eterna como la bola girando y girando en la ruleta. Asi son nuestros sentimientos, que con una pequeña chispa del destino todo cobra sentido.
    Precioso relato que me ha sacado una sonrisa…

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  2. Si te dijera que ya lo viví, mi apuesta la cambie junto con mi camino …aprendí y seguí mi camino y aqui estoy nuevamente en la mesa de juego sola y observando por ahora el juego de la vida que no cesa.

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