De uñas

Mi abuela siempre llevaba las uñas rojas…de ese rojo intenso que a mí me fascinaba desde bien pequeña. Ella me pintaba las mías del mismo color  y no había cosa que me gustara más que llevar las uñas pintadas de rojo, el collar de bolas de colores en el cuello, la pulsera en la muñeca, el bolsito colgado y salir con ella a hacer la compra.

Mi abuela siempre llevaba un bolso negro. Recuerdo sus dedos de uñas rojas abriendo ese cierre dorado y sacando un pañuelo blanco y suave con sus iniciales bordadas en una esquina para quitarme una mancha o sonarme los mocos. Ese bolso…aunque parezca imposible, todavía recuerdo su olor y su contenido. Ella siempre llevaba caramelos de piñones de El Caserío de Tafalla. Yo adoraba (y sigo adorando) esos caramelos grandes con piñones por dentro, que se quedaban pegados a las muelas. Tenía un monedero (ella lo llamaba el “bolsillo”), hecho de pequeñas piezas de metal plateado y brillante que a mí me gustaba estrujar entre mis manos y abrirlo y cerrarlo para escuchar el click-clack que hacía. En el bolso de mi abuela siempre había un abanico. Era negro, con una reproducción de un cuadro clásico y un encaje en la parte superior. Ella me enseñó a usarlo. Decía que una señorita siempre tiene que saber llevar un abanico…abrirlo y cerrarlo y abanicarse con discreción. Y aprendí a abrirlo y a cerrarlo con una mano…rissss – rassss…y a abanicarme como quien no quiere la cosa…ella me compró un abanico más acorde a mi tamaño y siempre me gustaba llevarlo cuando hacía calor. Nos abanicábamos a la vez y nos reíamos juntas. En ese bolso tampoco faltaba una caja de Juanolas, caramelos de menta, Palotes y una cartera donde llevaba el carnet de identidad y poco más porque a ella le gustaba el bolsillo plateado. A mí también.

Ay, esas manos de uñas rojas… eran manos que me acariciaban la cara, que me preparaban el baño con espuma de jabón Nenuco, que me secaban con ternura, que me cepillaban el pelo, que me arropaban por la noche, que pasaban los vestidos en el armario hasta que decidíamos cuál poner aquel día, que me acariciaban la cabeza antes de darme un beso de buenas noches,que hacían la mejor tortilla de patata del mundo, que cogían mi mano y la dejaban dentro de la suya un ratito…así como si fuéramos una sola. Esas manos que ponían la radio para escuchar “la novela”, que hacían las camas y dejaban las sábanas completamente estiradas…esas manos que calmaban, que hacían cosquillas con sus uñas rojas…esas manos…

Esas uñas…rojas, hasta el final.

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