La sonrisa

No podía entender por qué ya no sentía lo mismo. Por qué las pequeñas cosas que hasta hace poco me hacían feliz se habían vuelto invisibles, inapreciables, no era capaz de encontrarlas por ningún lado. Se habían esfumado y, con ellas, el sentido de mucho de lo que hacía en mi vida. Por qué lo que antes miraba con una sonrisa casi no me hacía ni mirar…donde antes veía cariño no había ni sentimiento. Por qué mis labios eran incapaces de curvarse en una sonrisa por tu simple presencia como siempre había ocurrido. Por qué donde antes había caricias, ahora había armas, las palabras habían mutado en balas y las disparabas a quemarropa sin ningún miramiento, como si no dolieran…como si no matasen. Puede que tú ni siquiera las consideraras balas, siempre se te dio mal dominar tu vocabulario. Pero dolían y mataban…despacio pero mataban y lo hacían de tal forma que me iban haciendo insensible a ellas y también a todo lo que pudiera suponer cercanía entre los dos. Cada metro cuadrado de nuestra casa era un campo minado que ya recorría sin miedo aún sabiendo que podría explotarme en cualquier momento. Eso ya no importaba. Cuando el interior se hace añicos qué más da una explosión más…ya estaba acostumbrada a ese ruido ensordecedor.

Todo empieza con pequeños detalles que ya son demasiado grandes cuando nos damos cuenta de ellos. Y, en mi caso, fue la ausencia de sonrisas cuando ese solía ser mi estado natural. La sonrisa solía formar parte de mí, un día descubrí que ya no estaba y me costaba hacer que saliera porque no encontraba motivo para ello aunque había los mismos de siempre. No me reconocía. Me miraba al espejo y la imagen que me devolvía no era mía, no la reconocía pero tampoco me gustaba. Esa mujer pálida, con la mirada apagada y esos labios sin expresión no podía ser yo. Lo intentaba pero eso no era una sonrisa sino una mueca. Era ridículo querer forzar algo así, se quedaba a medio camino entre la pena y el esperpento…mucho mejor ni intentarlo. El ser incapaz de sonreír como antes me quitaba la fuerza. Y es que la tristeza siempre nos hace vulnerables, nos deja a merced de quien nos puede hacer daño y hace que nos perdamos hasta el respeto. Y hace que nos acomodemos en nuestro dolor…tampoco es tan difícil vivir así, al fin y al cabo. Nos tapa los ojos para que no veamos lo bueno que tenemos nosotros mismos y, muchas veces, tan cerca.

Y ocurre. Somos más fuertes de lo que pensamos. Y más listos que la tristeza. Y egoístas porque nos queremos felices. Y, aunque no se nos den bien las matemáticas, un día damos con la solución al problema después de hacer unas cuantas operaciones y borrar otras cuantas. Y estamos locos, con esa maravillosa locura que hace que nos dé igual lo que venga, siempre que no sea la tristeza que nos ocupa. Y volvemos a ser guapos…nos lo dice el espejo, ese que refleja el interior. Y notamos que nuestros labios comienzan a curvarse…levemente primero y luego formando esa sonrisa que siempre fue nuestra. Esa que hace brillar los ojos…los nuestros y los de los demás. Y somos clarividentes porque sabemos que ha llegado el momento de tirar el chaleco antibalas y salir casi con lo puesto. Y con una sonrisa.

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