Cortar por lo sano

Déjame que te cuente una historia. Una de esas que comienzan y se van desarrollando ellas mismas, aunque ya tiene un final. Una de las que parecen películas diferente dependiendo de quién la cuente. Una de esas historias que a uno conmueve y a otro deja frío.

Verás… Hay veces que la vida nos hace elegir. Ya sé que eso pasa continuamente pero hablo de esas ocasiones en las que hay que elegir en el momento y se va con todo. All in. Es así, no hay otra opción. Es ese momento en el que no ves porque no hace falta. No escuchas porque ya hay música. No preguntas porque no necesitas respuestas. Solamente sientes  y no hace falta más. Es la razón, la emoción, es la causa y el efecto, el único camino posible. Es ese latido capaz de cortarte la respiración, de ponerte la soga al cuello, de llevarte al límite, de hacerte sentir tan vivo que asusta.

Y resulta que para ti no fue una apuesta ni supiste estar al límite. Y pusiste una altura insuficiente mientras nunca acercaste la soga a tu cuello. Hablábamos idiomas de piel y besos, de susurros, de palabras íntimas y emociones pero a diferente intensidad.
Y sí…es cierto que te estoy contando una historia en pasado, ya te dije que tenía un final. ¿Recuerdas que yo lo aposté todo?. Ciertamente lo hice pero hubo algo con lo que me quedé y fue un cuchillo. Uno pequeño, multiusos, útil en caso de emergencia. Y cortar por lo sano lo es. Aquí corto, querido, ahora que aún queda algo sano. No importa cómo sea tu historia,  este final es para los dos.

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Es el momento

Dejé el bolso en el suelo y mis labios formaron una media sonrisa al recordar cuántas veces había escuchado aquello de “niňa, recoge ese bolso del suelo, que trae mala suerte”. Yo no creo en la mala suerte, creo en la suerte en general…y no siempre. A veces, creo que la suerte se atrae o se espanta dependiendo de nuestra actitud…y a veces no. Otras veces, creo que no hay suerte y sí destino…y otras veces creo lo contrario.

El caso es que dejé el bolso en el suelo mientras me sentaba en una silla del jardín aquella tarde de invierno en la que el aire cortaba. Di un sorbo al café que me había preparado y miré al cielo. Era de ese color azul de invierno, ese azul al que le faltaba alegría…como a mí, qué casualidad. Sujeté la taza con las dos manos y crucé las piernas. Golpeaba el suelo con el tacón distraidamente, creando un sonido rítmico, como el que hace el segundero de un carillón antiguo…toc-toc-toc… El golpe de una puerta al cerrarse me sacó de mi ensimismamiento. Dejé la taza en el suelo, metí una mano en el bolso y saqué un paquete de tabaco y un mechero. Llevaba ese paquete como último recurso, ya que había dejado de fumar hacía dos semanas pero éste era un caso de emergencia. Encendí el cigarrillo, le di una calada, subí los pies a la silla y rodeé mis rodillas con los brazos.

Cerré los ojos y traté de recordar…no podía, mi cabeza se negaba o es que ya había perdido la cuenta…o que se vengaba de las veces que yo me había negado a escucharla. Di otra calada y golpeé el cigarrillo con el dedo para que cayera la ceniza. Exhalé el humo y abrí los ojos…ya lo tenía. Sentía mi corazón a mil por hora y una lágrima que estaba a punto de brotar de mi ojo derecho, decidió no aparecer. Me sentí temblar y no era por el frío, mi respiración se aceleraba, cerré los ojos y apreté los dientes. Lo vi de repente. Lo vi y supe que tenía que hacerlo.

Apagué el cigarrillo en el cenicero que estaba sobre una mesa y cogí el bolso del suelo. Mis manos temblaban pero estaban templadas. Abrí la puerta de casa, ya no había vuelta atrás… Era el momento, ahora podía y sabía que,  si no lo hacía ya, volvería a flaquear.

Cerré la puerta a mis espaldas y le miré, ahora sí, directamente a los ojos aunque por dentro notaba mi alma quebrarse. “Siéntate, tenemos que hablar…se acabó”.

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No se vive desde fuera.

Veía la vida desde fuera. Como si estuviera sentada en una butaca de cine mirando una pantalla en la que pasaban cosas. Era como si me ocurriera a mí pero, realmente, no iba conmigo. Ocurría pero no terminaba de sentirlo, no lo vivía. Era mi vida…vivida por otra.

No… más bien era yo viviendo una vida que no era la mía. Una vida que era la que se suponía, por la que pasaba sin vivir de verdad. Una vida que avanzaba sin avanzar yo en ella. Una vida que llegué a no apreciar, a dejar pasar el tiempo, a no vivir…en la que no me encontraba.

Hasta que un día…un día entendí

Entendí que la vida no tiene que ver con el tiempo. Que en cualquier momento se vive, que en cualquier momento se muere. Que nunca es tarde para retormarla, que ella nos espera aunque no la hayamos valorado lo suficiente.

Entendí que el amor se termina pero no nos arrastra. Que se puede recordar lo amado  y sonreír. Entendí que se puede amar sin miedo, con libertad, que hay amores que nos hacen descubrirnos, que nos sorprenden, que nos mejoran, que pueden amarnos sin ahogar. Entendí que “amor” es una palabra con tantos significados y tan grandes, que impone. Entendí que siempre es un privilegio. Aprendí a valorar querer y ser querida, a perder el miedo.

Entendí que mis opiniones son válidas e interesantes. Que no tengo que callarme, que mi postura no vale menos que otras, que la defiendo sin imponer pero sin dejar que me pisen. Entendí que sé decir NO y mantenerlo. Entendí que puedo elegir, dejar de poner excusas, dejar de lado lo que no quiero y decidir con quién comparto.

Y entendí, por fin, que no me importa si gusta o no. Que pasó el tiempo de dar importancia a otros quitándomela a mí. Que se acabó vivir como se supone, tratar de agradar o no molestar. Que siempre nos queda vida…siempre que queramos vivirla. Y que nunca es tarde para ello. La vida es agradecida, generosa, te vuelve a dar, te pone un futuro ante tus ojos…tú decides cómo vas a vivirla. Y yo decidí que, después de mucho tiempo, iba a ser como sentía.

Porque un día me di cuenta de que no quería que la muerte me encontrara ya muerta.

Te lo dije

Siempre hay un telodije perfecto para cada ocasión en la que nos equivocamos.

Un telodije para cada vez en la que, ilusionados, seguimos a nuestra intuición en algo en lo que creíamos y nos sale mal. Ese es un telodije condescendiente, generalmente acompañado de unas cejas ligeramente arqueadas y un chasquido de lengua casi imperceptible.

Un telodije para esas veces en las que, públicamente, hemos defendido a alguien y, finalmente, ha demostrado ser lo que los otros decían. Ese telodije es, a ser posible, también en público, en voz alta y repitiendo todas las razones que ya nos dieron en su momento, con movimiento de manos y gestos de interrogación, no sea que alguien se lo pierda y no le quede claro que nos hemos equivocado.

El telodije de una madre es de los peores que existen porque puede durar toda la vida. Ella te estará recordando siempre que ya te dijo que aquel chico con el que te empeňaste en salir no era de fiar, que eres una loca, que no haces caso, que te lo dijo. ¿Recuerdas?…TE….LO….DI….JO.
O cuando decidiste estudiar Historia en lugar de Derecho porque era lo que te gustaba. Ya te dijo ella que no tenía salidas, que acabarias trabajando de cualquier cosa, que tenías la cabeza en las nubes. Y cuando ocurre…no me lo digas. Suena un TE.. LO…DI…JE que se repetirá a lo largo de los aňos, con su movimiento de cabeza y los ojos casi en blanco.

A ver si, un día, se reconocen también los grandes aciertos en la vida por ignorar lo que nos advirtieron. Pero eso no se recuerda, eso es normal… TELODIJEPEROMEEQUIVOQUÉ no suena tan bien.

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Hasta que la muerte os separe

Tenía la sonrisa más bonita que había visto nunca. Era una de esas sonrisas contagiosas, que hacían que pareciera bonito todo lo que estaba alrededor. Sus ojos eran verdes y brillantes, con esa expresión infantil que a ella le cautivó por completo. Una cicatriz en la ceja derecha y unos labios para no dejar de besar terminaban de dibujar su rostro, ese del que se enamoró cuando él fue a pagar a la caja del supermercado donde ella trabajaba. Al día siguiente volvió a última hora, compró algo insignificante y esperó la cola de su caja para pagar. La esperó a la salida, tomaron un café y la llevó a casa en su moto. No vivían lejos y enseguida comenzaron a verse casi a diario. Él era uno de los guaperas del barrio, uno de esos chicos malos que detestan las madres y adoran las hijas. Uno de esos chicos con una fascinante leyenda negra detrás, que no terminó de estudiar pero siempre tenía dinero

Un test de embarazo positivo rompió la magia. Lágrimas, vergüenza y un “tenéis que casaros antes de que se le note la tripa” fue todo uno. En aquellos años no había mucho más que aňadir ni había poder de decisión que no fuera el de los padres. Se organizó una boda medio secreta en la iglesia del barrio. No hubo vestido soňado, ni flores blancas, ni multitud de invitados admirando a la novia mientras hacía su entrada en una preciosa iglesia, ni un novio emocionado en el altar esperando mientras se escuchaba el Ave María de Schubert. Solamente hubo una fría ceremonia, unos padres circunspectos y un cura con una expresión de estar perdonándoles la vida. “…¿y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad todos los días de tu vida hasta que la muerte os separe?. Ni el “sí, quiero” sonó como debería.

Tuvieron una niña, una preciosa criatura a la que dedicar sus días. Demasiados cambios en tan poco tiempo. Él no entendía la responsabilidad y volvió a salir con los amigos. Motos, noches y cervezas volvieron a ser su vida mientras ella se quedaba en casa. Llegaba tarde y medio bebido. Ella trataba de calmarlo para que no despertara a la niña pero casi siempre terminaban discutiendo a gritos. La niňa lloraba, ella lloraba y él se quedaba dormido en el sofá y así un día y otro. La situación se hizo insostenible hasta tal punto que ella se fue con la niña a casa de sus padres. Él fue a buscarla, no dejaba de llamar por teléfono, fue a verla y se arrodilló, lloró, suplicó…hasta que ella decidió volver. Le amaba, había cambiado.

No pasó ni un mes y todo volvió a ser como antes: noches largas, gritos, llantos y una niña que no debía sufrir eso. Por eso, aquella noche decidió que era la última, que no aguantaba más. Cuando él llegó a casa, se lo comunicó: se iba. Podría ver a la niña cuando quisiera pero ella no podía seguir. Se había terminado. Fue demasiado…no iba a irse, no iba a abandonarlo, él era su marido y no permitiría que se marchara. Sacó un cuchillo del cajón de la cocina y fue a buscarla. Estaba en la habitación, haciendo la maleta. Se acercó a ella fuera de sí y le clavó el cuchillo en la espalda. Al ver brotar la sangre,se dio cuenta de lo que había hecho. Intentó reanimarla, la tendió en la cama, lloró sobre ella y sobre el llanto de su hija que estaba en la habitación contigua. Nada. No huyó. No pensó en suicidarse. Se sentó y cogió el teléfono. Llamó a una ambulancia…demasiado tarde.
“Hasta que la muerte os separe… “. Y así fue, así se cumplió. Él no dejó otra opción.

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Morder el anzuelo

Pulsé el botón de finalizar llamada y sonreí. Eché un vistazo a la pantalla…más de veinte minutos escuchándote las mil y una razones por las que debería salir contigo después de dos años sin saber de ti. Más de veinte minutos leyendo una revista mientras me limaba las uňas y de mi boca salía algún “claro…si yo entiendo pero…no sé, déjame pensarlo… “.

Me hiciste creer que era importante en tu vida, tanto como para pensar en una juntos. Realmente fui yo la que te creyó,  tú solamente hablaste y yo interpreté lo que necesitaba en ese momento. Tú lanzaste la caňa y yo mordí el anzuelo. Encantada, eso sí. Era un cebo delicioso y yo lo vi brillar balanceándose en el agua en el que yo nadaba. Me acerqué, lo rodeé, lo probé y me lo quedé. Y me sentó maravillosamente hasta que me di cuenta que me había hecho daňo,  aunque eso fue un tiempo después. Y un día me dijiste adiós. Y me lo justificaste con bonitas historias que no había por dónde coger pero que, en el fondo, significaba que alguien más había mordido tu anzuelo. Tuve que arrancar el mío y he de agradecer que no me afectó ningún órgano excesivamente importante. Por eso, lo arranqué de golpe. Dejó una pequeña marca pero nada demasiado visible ni relevante. Eso sí, me hizo pensar.
No me hizo falta comprar Jara y Sedal para saber cómo manejar un anzuelo, resulta que no era tan difícil.

Tras casi dos aňos, una noche nos encontramos en un bar. Tú ibas acompañado por una preciosa mujer y yo por mi primo el piloto, guapísimo por cierto, el cuál tú no conocías ni sabías que era mi primo. Ni piloto. Solo viste una bonita pareja y algo se removió en tu interior. Nos miramos en la distancia y nos sonreímos a modo de saludo. Al rato, nosotros nos marchamos…sabía que me llamarías, te podía tu orgullo,  seguro. Y yo fui preparando mi anzuelo. Era un anzuelo de indiferencia, de fingida sorpresa cuando me llamaste, de excusas para no quedar, de parecer que aún me importabas algo… Era un anzuelo perfecto para alguien como tú.

Sonrío de nuevo…más de veinte minutos de llamada y te he dicho que sí, que cenamos esta noche. Voy a mi armario a decidir con qué vestido y zapatos recubro este anzuelo. Y también, lo que vas a encontrarte cuando lo muerdas.

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De rebajas

Las vi en un escaparate y fue como si me llamaran. Eran negras, con una tira que sujetaba el tobillo y otras finas con minúsculas piedrecitas brillantes que se cruzaban a lo largo del pie. El tacón era impresionante…altísimo y muy fino, un stiletto en toda regla de esos que hacen que las piernas parezcan una interminable carretera de la que se desea conocer el final. Un stiletto de los que hacen que el segundo que transcurre entre que un pie se despega del suelo y el otro inicia su camino hacia él, con su cadente movimiento de cadera, se transforme en una eternidad. De esos que hacen que cualquier vestido sea una obra de arte, que cualquier metedura de pata sea algo encantador y que un cruce de piernas sea un perfecto “continuará”.

Eran insultantemente bonitas, insultantemente altas, insultantemente sexies e insultantemente caras…las sandalias definitivas. Pensé que, con ese dinero, una familia arreglaría su mes sin lugar a dudas. Pero las deseaba…esperaría a las rebajas y entonces serían mías. No faltaba tanto, apenas un mes. Ahorraría lo suficiente y un día entraría en esa zapatería, me las probaría y saldría con ellas dentro de una preciosa bolsa y con una preciosa sonrisa en mis labios.

Ya tenía el dinero suficiente y me imaginaba continuamente con aquellas preciosas sandalias en mis pies. El primer día de rebajas fui a la zapatería. Me quedé parada delante del escaparate…allí estaban diciéndome que entrara a buscarlas, en ese idioma tan persuasivo que solamente dominan los objetos que deseamos. Entré y pedí al amable dependiente que me trajera mis adoradas sandalias negras…no podía esperar a sentirlas abrazando suavemente mis pies.

Como si fuera una pesadilla, escuché la voz del dependiente que me informaba de la imposibilidad de tener MIS sandalias. “Seňora, lo lamento, es imposible, en su número solamente puede tenerlas en dorado”. No…no las quería doradas, no eran lo mismo, esas no eran las mías, serían perfectas para otra pero no para mí. Salí de la tienda sin sandalias, sin bolsa y sin sonrisa.

Una vez en casa, me senté en el sofá y pensé que, a veces, las rebajas no merecen la pena. Que, aunque sea más fácil conseguir lo que queremos, en muchas ocasiones ya no está en el color que nos gusta o en nuestra talla. Y…una de dos: o nos conformamos con lo que queda aunque no sea lo que deseamos o nos vamos sin nada. Y que lo mismo ocurre con las personas importantes: o apostamos y vamos a por todas cuando lo sentimos o, si esperamos a una ocasión más fácil, nos arriesgamos a tener que conformarnos con menos o, incluso, quedarnos sin nada.

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