De rebajas

Las vi en un escaparate y fue como si me llamaran. Eran negras, con una tira que sujetaba el tobillo y otras finas con minúsculas piedrecitas brillantes que se cruzaban a lo largo del pie. El tacón era impresionante…altísimo y muy fino, un stiletto en toda regla de esos que hacen que las piernas parezcan una interminable carretera de la que se desea conocer el final. Un stiletto de los que hacen que el segundo que transcurre entre que un pie se despega del suelo y el otro inicia su camino hacia él, con su cadente movimiento de cadera, se transforme en una eternidad. De esos que hacen que cualquier vestido sea una obra de arte, que cualquier metedura de pata sea algo encantador y que un cruce de piernas sea un perfecto “continuará”.

Eran insultantemente bonitas, insultantemente altas, insultantemente sexies e insultantemente caras…las sandalias definitivas. Pensé que, con ese dinero, una familia arreglaría su mes sin lugar a dudas. Pero las deseaba…esperaría a las rebajas y entonces serían mías. No faltaba tanto, apenas un mes. Ahorraría lo suficiente y un día entraría en esa zapatería, me las probaría y saldría con ellas dentro de una preciosa bolsa y con una preciosa sonrisa en mis labios.

Ya tenía el dinero suficiente y me imaginaba continuamente con aquellas preciosas sandalias en mis pies. El primer día de rebajas fui a la zapatería. Me quedé parada delante del escaparate…allí estaban diciéndome que entrara a buscarlas, en ese idioma tan persuasivo que solamente dominan los objetos que deseamos. Entré y pedí al amable dependiente que me trajera mis adoradas sandalias negras…no podía esperar a sentirlas abrazando suavemente mis pies.

Como si fuera una pesadilla, escuché la voz del dependiente que me informaba de la imposibilidad de tener MIS sandalias. “Seňora, lo lamento, es imposible, en su número solamente puede tenerlas en dorado”. No…no las quería doradas, no eran lo mismo, esas no eran las mías, serían perfectas para otra pero no para mí. Salí de la tienda sin sandalias, sin bolsa y sin sonrisa.

Una vez en casa, me senté en el sofá y pensé que, a veces, las rebajas no merecen la pena. Que, aunque sea más fácil conseguir lo que queremos, en muchas ocasiones ya no está en el color que nos gusta o en nuestra talla. Y…una de dos: o nos conformamos con lo que queda aunque no sea lo que deseamos o nos vamos sin nada. Y que lo mismo ocurre con las personas importantes: o apostamos y vamos a por todas cuando lo sentimos o, si esperamos a una ocasión más fácil, nos arriesgamos a tener que conformarnos con menos o, incluso, quedarnos sin nada.

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