Morder el anzuelo

Pulsé el botón de finalizar llamada y sonreí. Eché un vistazo a la pantalla…más de veinte minutos escuchándote las mil y una razones por las que debería salir contigo después de dos años sin saber de ti. Más de veinte minutos leyendo una revista mientras me limaba las uňas y de mi boca salía algún “claro…si yo entiendo pero…no sé, déjame pensarlo… “.

Me hiciste creer que era importante en tu vida, tanto como para pensar en una juntos. Realmente fui yo la que te creyó,  tú solamente hablaste y yo interpreté lo que necesitaba en ese momento. Tú lanzaste la caňa y yo mordí el anzuelo. Encantada, eso sí. Era un cebo delicioso y yo lo vi brillar balanceándose en el agua en el que yo nadaba. Me acerqué, lo rodeé, lo probé y me lo quedé. Y me sentó maravillosamente hasta que me di cuenta que me había hecho daňo,  aunque eso fue un tiempo después. Y un día me dijiste adiós. Y me lo justificaste con bonitas historias que no había por dónde coger pero que, en el fondo, significaba que alguien más había mordido tu anzuelo. Tuve que arrancar el mío y he de agradecer que no me afectó ningún órgano excesivamente importante. Por eso, lo arranqué de golpe. Dejó una pequeña marca pero nada demasiado visible ni relevante. Eso sí, me hizo pensar.
No me hizo falta comprar Jara y Sedal para saber cómo manejar un anzuelo, resulta que no era tan difícil.

Tras casi dos aňos, una noche nos encontramos en un bar. Tú ibas acompañado por una preciosa mujer y yo por mi primo el piloto, guapísimo por cierto, el cuál tú no conocías ni sabías que era mi primo. Ni piloto. Solo viste una bonita pareja y algo se removió en tu interior. Nos miramos en la distancia y nos sonreímos a modo de saludo. Al rato, nosotros nos marchamos…sabía que me llamarías, te podía tu orgullo,  seguro. Y yo fui preparando mi anzuelo. Era un anzuelo de indiferencia, de fingida sorpresa cuando me llamaste, de excusas para no quedar, de parecer que aún me importabas algo… Era un anzuelo perfecto para alguien como tú.

Sonrío de nuevo…más de veinte minutos de llamada y te he dicho que sí, que cenamos esta noche. Voy a mi armario a decidir con qué vestido y zapatos recubro este anzuelo. Y también, lo que vas a encontrarte cuando lo muerdas.

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