Hasta que la muerte os separe

Tenía la sonrisa más bonita que había visto nunca. Era una de esas sonrisas contagiosas, que hacían que pareciera bonito todo lo que estaba alrededor. Sus ojos eran verdes y brillantes, con esa expresión infantil que a ella le cautivó por completo. Una cicatriz en la ceja derecha y unos labios para no dejar de besar terminaban de dibujar su rostro, ese del que se enamoró cuando él fue a pagar a la caja del supermercado donde ella trabajaba. Al día siguiente volvió a última hora, compró algo insignificante y esperó la cola de su caja para pagar. La esperó a la salida, tomaron un café y la llevó a casa en su moto. No vivían lejos y enseguida comenzaron a verse casi a diario. Él era uno de los guaperas del barrio, uno de esos chicos malos que detestan las madres y adoran las hijas. Uno de esos chicos con una fascinante leyenda negra detrás, que no terminó de estudiar pero siempre tenía dinero

Un test de embarazo positivo rompió la magia. Lágrimas, vergüenza y un “tenéis que casaros antes de que se le note la tripa” fue todo uno. En aquellos años no había mucho más que aňadir ni había poder de decisión que no fuera el de los padres. Se organizó una boda medio secreta en la iglesia del barrio. No hubo vestido soňado, ni flores blancas, ni multitud de invitados admirando a la novia mientras hacía su entrada en una preciosa iglesia, ni un novio emocionado en el altar esperando mientras se escuchaba el Ave María de Schubert. Solamente hubo una fría ceremonia, unos padres circunspectos y un cura con una expresión de estar perdonándoles la vida. “…¿y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad todos los días de tu vida hasta que la muerte os separe?. Ni el “sí, quiero” sonó como debería.

Tuvieron una niña, una preciosa criatura a la que dedicar sus días. Demasiados cambios en tan poco tiempo. Él no entendía la responsabilidad y volvió a salir con los amigos. Motos, noches y cervezas volvieron a ser su vida mientras ella se quedaba en casa. Llegaba tarde y medio bebido. Ella trataba de calmarlo para que no despertara a la niña pero casi siempre terminaban discutiendo a gritos. La niňa lloraba, ella lloraba y él se quedaba dormido en el sofá y así un día y otro. La situación se hizo insostenible hasta tal punto que ella se fue con la niña a casa de sus padres. Él fue a buscarla, no dejaba de llamar por teléfono, fue a verla y se arrodilló, lloró, suplicó…hasta que ella decidió volver. Le amaba, había cambiado.

No pasó ni un mes y todo volvió a ser como antes: noches largas, gritos, llantos y una niña que no debía sufrir eso. Por eso, aquella noche decidió que era la última, que no aguantaba más. Cuando él llegó a casa, se lo comunicó: se iba. Podría ver a la niña cuando quisiera pero ella no podía seguir. Se había terminado. Fue demasiado…no iba a irse, no iba a abandonarlo, él era su marido y no permitiría que se marchara. Sacó un cuchillo del cajón de la cocina y fue a buscarla. Estaba en la habitación, haciendo la maleta. Se acercó a ella fuera de sí y le clavó el cuchillo en la espalda. Al ver brotar la sangre,se dio cuenta de lo que había hecho. Intentó reanimarla, la tendió en la cama, lloró sobre ella y sobre el llanto de su hija que estaba en la habitación contigua. Nada. No huyó. No pensó en suicidarse. Se sentó y cogió el teléfono. Llamó a una ambulancia…demasiado tarde.
“Hasta que la muerte os separe… “. Y así fue, así se cumplió. Él no dejó otra opción.

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