Es el momento

Dejé el bolso en el suelo y mis labios formaron una media sonrisa al recordar cuántas veces había escuchado aquello de “niňa, recoge ese bolso del suelo, que trae mala suerte”. Yo no creo en la mala suerte, creo en la suerte en general…y no siempre. A veces, creo que la suerte se atrae o se espanta dependiendo de nuestra actitud…y a veces no. Otras veces, creo que no hay suerte y sí destino…y otras veces creo lo contrario.

El caso es que dejé el bolso en el suelo mientras me sentaba en una silla del jardín aquella tarde de invierno en la que el aire cortaba. Di un sorbo al café que me había preparado y miré al cielo. Era de ese color azul de invierno, ese azul al que le faltaba alegría…como a mí, qué casualidad. Sujeté la taza con las dos manos y crucé las piernas. Golpeaba el suelo con el tacón distraidamente, creando un sonido rítmico, como el que hace el segundero de un carillón antiguo…toc-toc-toc… El golpe de una puerta al cerrarse me sacó de mi ensimismamiento. Dejé la taza en el suelo, metí una mano en el bolso y saqué un paquete de tabaco y un mechero. Llevaba ese paquete como último recurso, ya que había dejado de fumar hacía dos semanas pero éste era un caso de emergencia. Encendí el cigarrillo, le di una calada, subí los pies a la silla y rodeé mis rodillas con los brazos.

Cerré los ojos y traté de recordar…no podía, mi cabeza se negaba o es que ya había perdido la cuenta…o que se vengaba de las veces que yo me había negado a escucharla. Di otra calada y golpeé el cigarrillo con el dedo para que cayera la ceniza. Exhalé el humo y abrí los ojos…ya lo tenía. Sentía mi corazón a mil por hora y una lágrima que estaba a punto de brotar de mi ojo derecho, decidió no aparecer. Me sentí temblar y no era por el frío, mi respiración se aceleraba, cerré los ojos y apreté los dientes. Lo vi de repente. Lo vi y supe que tenía que hacerlo.

Apagué el cigarrillo en el cenicero que estaba sobre una mesa y cogí el bolso del suelo. Mis manos temblaban pero estaban templadas. Abrí la puerta de casa, ya no había vuelta atrás… Era el momento, ahora podía y sabía que,  si no lo hacía ya, volvería a flaquear.

Cerré la puerta a mis espaldas y le miré, ahora sí, directamente a los ojos aunque por dentro notaba mi alma quebrarse. “Siéntate, tenemos que hablar…se acabó”.

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