Ahora que caigo

Me habías prometido que vendrías y yo, como siempre, había dejado todo el tiempo disponible para ti. Había pedido el día libre en el trabajo y cancelado un par de citas que tenía en la agenda desde hacía ya varios días. Me sentó algo mal cancelar una de ellas porque se trataba de comer con un querido amigo al que no veo frecuentemente y con el que las horas se van como si fueran minutos. Una pena pero, claro, tú valías eso y más. Para eso te había preparado yo un precioso pedestal lleno de privilegios, al que te subiste como si fuera tu sitio natural.

Me desperté ya ilusionada pensando que iba a verte, que ibas a besarme de nuevo, que, en un rato, sentiría tus manos recorriendo y erizando cada poro de mi piel, que ibas a volver a mirarme de ese modo que era un freno de mano para el tiempo. Pensaba que íbamos a fabricar, en unas horas, recuerdos de los que no se olvidan en aňos. Pensaba que ibas a hablarme bajito al oído, que tu cuerpo sería mi refugio y mi cama nuestro campo de batalla.

Pensaba…hasta que sonó el teléfono y escuché tu voz, esa que adoraba, diciéndome, tras una serie de preciosas y dulces palabras, que te habían surgido unos compromisos inexcusables y vendrías a casa por la noche. Eso sí, te quedarías a dormir. Con el teléfono todavía en la mano me senté en el sofá y pensé en las veces en las que yo había dado excusas para compromisos inexcusables porque lo realmente inexcusable para mí era verte. Curiosa y diferente manera de entender lo inexcusable…

Como tenía tiempo de sobra, empecé a recordar el modo tan diferente que teníamos de entender también otros conceptos y arqueé las cejas con cara de sorpresa al ver que eran muchos… demasiados. Y recordé…y me vi desde fuera, nos vi desde fuera, y por primera vez no me gustó. No me gustó nada. Fue como ver la fea parte trasera de algo que es precioso por delante. Como darme de bruces con eso que había estado evitando durante tiempo. Como abrir un precioso frasco de perfume y comprobar que no huele bien, que se ha pasado.

Y así, con los pies sobre el sofa, los brazos rodeando mis rodillas y la toalla mi cuerpo, el pelo recogido en una coleta, nada de maquillaje y las lágrimas a punto de brotar en mis ojos, marqué tu número y, te dije que no iba a verte más. Y, ahora que caigo, me estaba despidiendo de alguien que nunca había estado.

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Disculpen las molestias

Por haber aprendido a sacar de mi vida lo que me sobra.

Por saber decir no y mantenerlo.

Porque ya no paso por sus aros.

Por entender que, lo que no se vive, se muere.

Por no hacer muchas veces lo que esperan de mí.
Por tener mi propia opinión y defenderla.
Por ser capaz de cambiar mi escala de valores
Porque, cuando amo, es sin medida.
Por no pedir opinión para todo, si es que no la necesito.
Por aburrirme en conversaciones vacías.
Por dejarme llevar muchas veces por la pasión
Porque nunca pienso dejar de ser una niňa en el fondo.
Porque no comparto lo que es importante para la mayoría.
Porque no entiendo la envidia sino la admiración.
Por vestir como me gusta y verme bien.
Porque no pienso dejar de reír o llorar en público.
Porque me aburren los convencionalismos.
Por ir haciéndome como me gusta ser, aunque no guste a los demás.
Por entender el amor a lo grande.
Por decir que no a lo que no quiero.
Por no dar explicaciones sobre lo que creo no las merece.
Por querer recibir lo que doy.

Disculpen las molestias por ser así pero me ha costado. Me ha costado aňos, lágrimas, frustraciones y decepciones. Y espero que siga molestándoles por mucho tiempo porque significará que sigo siendo como me gusta, no como les gusta.

Atentamente,

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Maduramos.

Aquellos días eran largos, parecían interminables. Salíamos de casa por la mañana y regresábamos a comer. Cualquier árbol podía ser un castillo y cualquier palo una espada. Cualquier excusa era buena para organizar un partido o unas carreras en la piscina. O jugar a las cartas, hacer meriendas en el campo o inventar aventuras. O disfrazarnos o celebrar cumpleaňos en el jardín. Siempre faltaba mucho para todo, no había prisa, el reloj iba mucho más despacio de lo que debería. El colegio, el uniforme, el otoňo, las nubes y los días grises parecía que no iban con nosotros. Esos días llenos de alegría, de amigos, de sol, de pantalones cortos, baňadores y costras en las rodillas, de risas y dos horas de digestión, de bicis y camisetas de colores, no iban a terminar nunca.

Pero un día ocurre. Un día descubres que el perro de tu amigo ha muerto y ya no va a recibirte nunca más saltando a tu alrededor cuando entres a su casa.
Otro día descubres que tus padres discuten y se miran raro durante días. Ya no son superhéroes. Son como algunos de los padres que salen en esas películas que hay después del telediario.
Otro día vas atando cabos y entiendes que esos días con toda la familia que a ti te parecían tan idílicos, tienen una parte más oscura que no se ve a simple vista.
Y también descubres que hay amigos que defraudan. Y que eso duele mucho más que una de esas caídas en bici que te dejan las rodillas y los codos llenos de rasguños.
Y que el verano se pasa. Y que dura menos de lo que parecía. Y que las cosas se ven de otro modo. Y que ya no somos tan niňos. Y que surgen emociones que no conocíamos y no sabemos bien cómo gestionar. Y que estamos un poco perdidos.

A eso le llaman ir madurando. Tantas cosas nuevas que requieren tiempo y espacio en nuestro interior. Y hay que dejar salir algo de lo que tenemos dentro antes de que entre lo nuevo porque, si no, corremos riesgo de colapso. Muchas novedades en poco tiempo y hay que asumirlas. Maduramos.

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Con la guardia bajada

Llegaste en ese momento de mi vida en el que todos mis días eran iguales. En ese momento en el que no me paraba demasiado en el espejo, en esos días a los que no buscaba la emoción porque no me sentía con ganas de encontrarla. Esos en los que el reloj marcaba tiempo pero no vida, en los que la vida solamente era un sustantivo más. Llegaste en ese momento en el que nada era bueno ni malo ni regular…apatía absoluta y pocas ganas de nada en especial. Todo pasaba pero no pesaba. Ocurría pero no marcaba. Importaba pero no se quedaba. Yo pasaba por los días como el que flota, casi sin rozar, casi sin querer. Hablaba, sonreía, ocupaba un lugar…estaba pero no estaba.

Y apareciste. Y me miraste de ese modo que me hizo bajar de golpe al suelo. Y te besé de esa forma que te hizo vibrar. Y me dijiste lo que necesitaba escuchar. Y nos hicimos dudar.Y sentí mi corazón latir componiendo música. Y supe que ahí tenías un sitio. Y te susurré eso que hasta tu piel había olvidado. Y me acariciaste de esa forma que atraviesa los poros. Y desabroché poco a poco los botones de tu camisa y los de tu alma. Y tú hiciste que cayeran mi ropa y mis armas. Y dejaste las tuyas en el suelo junto a ellas. Y nos unimos de esa forma que nos hace ser animales y dioses…sin parar, sin pensar más de lo necesario, por instinto y sentimiento, por deseo y con sabiduría.

Y la maňana siguiente extendió sus primeras luces sobre nuestros cuerpos y nos encontró juntos, agotados, abrazados, soňando esta vez con los ojos cerrados.
Y la guardia bajada.

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Mi generación

Soy de la generación que llamaron el Baby boom. Esa generación de los casi tres meses de vacaciones de verano, de abuelos en el pueblo y familias grandes, de dos horas de digestión, siesta casi obligatoria . De viajes a la playa que duraban una eternidad y coches cuyo aire acondicionado era bajar las ventanillas.

De esa generación que creció escuchando a Parchís y a Enrique y Ana, que lloró cuando murió Félix Rodríguez de la Fuente en un accidente y Chanquete en Verano Azul. De los que vimos los Goonies, ET, Regreso al futuro y el Retorno del Jedi en el cine cuando estaba en el centro de las ciudades. Soy de la generación que jugó con el Spectrum, escuchó música en radiocasettes y rebobinó cintas con un boli Bic. De los que ha conocido la tele con dos canales y en blanco y negro (con muy corta edad pero sí), las primeras teles en color y, por supuesto, sin mando a distancia. Soy de esa generación que ha jugado en la calle al balón prisionero, al escondite, al bote, a la goma, al rescate, al churro va…y hemos salido ilesos. De los que hemos vivido Vacaciones en el mar, hemos querido ser uno de los Ángeles de Charlie, tener una familia como Con ocho basta, bailado como en Fama, nos ha encantado Falcon Crest, hemos visto extraterrestres comer ratas en V, un Coche fantástico y  un Equipo A .

Soy de esa generación que llevó Levis y polos, hombreras y casacas, chaquetas toreras entalladas, faldas de patinadora, calzas por encima de la rodilla sobre las medias y Doc Martins cuando aquí ni se conocían. De uniforme de colegio, Anaís Anaís y Don Algodón. De esos tiempos en que te tenían que pedir salir, que había que hablar con el noviete por el teléfono fijo, más que nada porque no había móviles, en voz bajita para que no se enterasen de la conversación que solía terminar al poco de escuchar a tu madre la consabida frase “Cuelga, que llevas más de media hora al teléfono”. Soy de la generación que empezó a salir casi a los dieciséis, de “a las diez en casa”, de besos en el portal y caricias por encima de la ropa. Soy de los que ha escuchado a The Cure, Springsteen y Depèche Mode junto con Spandau Ballet y Alaska y Dinarama, Bananarama, las Bangles, los Secretos, U2, Loquillo, Los Rebeldes o Dinamita p´a los pollos, de los que hemos bailado sobre los amplificadores, hemos bebido leche de pantera y hemos ido a la disco en autobús. Y de los que, posteriormente, hemos conocido una época en la que Madrid no cerraba…cualquier día, a cualquier hora…siempre había sitios donde ir. Bares, discotecas, gente, música…teníamos de todo. Soy de esa generación que tenía pinchadiscos en lugar de DJ’s y vinilos en lugar de CDs.

Y también estudiamos y nos formamos, fuimos a la universidad y nos hicimos maestros de mus en la cafetería y vivimos y nos centramos… Y aquí estamos, recordando grandes momentos.

Y recordando, recordando… he de reconocer que lo he pasado bien. Muy bien. Somos una gran generación.

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