Malditas tus ganas

Era un día más…no recuerdo cuál pero recuerdo el calor infernal. Salí de la oficina rumbo a casa para darme una ducha y cambiarme de ropa, ya que había quedado para cenar con un amigo con el que tenía una historia…o media…o algo parecido. El caso es que estábamos a gusto juntos y no habíamos tratado de definirlo en ningún momento. Éramos…y punto.

Cuando estaba saliendo de la ducha, mi móvil se iluminó con un mensaje suyo diciendo que ya estaba abajo. Le contesté que en cinco minutos estaría lista y bajaría…esos famosos cinco minutos que suelen durar algo más cuando los expresa una mujer arreglándose. Estaba maquillándome con la toalla alrededor de mi cuerpo cuando sonó el timbre y supuse que era él que, sabiendo que iba a demorarme, prefería esperar en mi casa. Abrí la puerta pero no era él.  Allí estaba M…el mismo que había compartido vida y techo conmigo durante cinco años. El mismo que había hecho que descubriera el cielo y el infierno en un corto espacio de tiempo. El que me hizo dudar de mí misma por encima de todo  Sí…el mismo que me pidió en matrimonio y consiguió que terminara lanzando la alianza al inodoro y tirase de la cadena como reflejo de lo que había quedado de nuestra relación.

Se quedó mirándome sin articular palabra, más o menos como yo. Me dijo algo así como que necesitaba verme, explicarme, recuperarme…y mi madre le había dicho dónde vivía. No me extraňó, puesto que ella le adoraba.  Era taaaan guapo,  taaaan atento y educado, taaaan sensible, siempre estaba para todo con una sonrisa y la palabra adecuada… Nunca le dije que eso era la fachada y que por dentro estaba en ruinas, que el brillo de fuera era un apagón por dentro, que las dulces palabras podían transformarse en rugidos sin saber muy bien cómo. No merecía la pena sacarla de su error.  Le invité a pasar y se sentó en el sofá. Miraba al suelo. Me senté en el brazo del sofá que estaba enfrente…haría fácilmente dos aňos que no le veía. Como era previsible, estaba arrepentido, me echaba de menos, ahora sabía que era la mujer de su vida… Yo notaba como la furia se iba apoderando de mí. No era rencor,  era indignación. Le corté en seco. “Malditas tus ganas de volver, de haberte atrevido a aparecer en mi vida de nuevo y sin permiso. Malditas tus ganas de remover sentimientos. Vete, hay alguien esperándome. Alguien que no me define ni quiere ponerme una alianza en el dedo que es como la llave de una jaula”. Me miró durante un segundo y suspiró. No dejó de mirar al suelo mientras salía. No dijo nada. No volvió la cabeza. Cerré la puerta y cogí el móvil para escribir un mensaje: Bajo en cinco minutos,  de los de verdad.

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