Huidas

Huimos de lo que nos daña, de lo que nos molesta, de lo que no encaja con lo que somos o no nos gusta. Huimos sin mirar mucho atrás porque, por alguna extraña razón, el pasado tiene ese magnético poder que hace que nos cueste arrancar, que iniciar la salida se convierta en un acto de fuerza de voluntad impresionante. Que tengamos la sensación de no tener nunca preparado el equipaje, que siempre falta algo, que algo puede hacer que no tengamos que cerrar las maletas y la puerta tras de nosotros.

 

El problema llega cuando el espacio para la huida se reduce a uno mismo. Ese momento en el que nos damos cuenta de que no estamos bien, que no podemos seguir así, que no sabemos muy bien qué ha ocurrido pero ya no somos nosotros. Que ya no vivimos, nos limitamos a respirar, que no hay más opciones. Que huimos o nos atrapa nuestro yo odiado que, a la vez, es tan fuerte y persuasivo. Ese yo que nos toma de la mano y, aunque nos la ensucia y hace daño, nos negamos a soltar.

 

Entonces temblamos, no nos atrevemos, tratamos de justificar, no somos nosotros. Es ese yo que llora desconsolado al saber que está decidido, que le abandonamos, que huimos sin mirar atrás. Es el momento de hacer maletas o de irse con lo puesto. De abrir la puerta y respirar hondo, de saber que podemos. De dejar que nos deslumbre y acaricie nuestra piel ese sol que parece nuevo. Es el momento de decidir. A un lado nuestro yo antiguo, ese que no nos deja vivir, que se empeña en sujetarnos para no cambiar. Al otro, todo lo que puede ser.

 

La decisión está tomada. Con equipaje o con lo puesto.

 

 

Carretera y manta

Amanece.
Las primeras luces del día se cuelan por las rendijas de la persiana de la habitación del hotel y crean sombras caprichosas en la pared. Las miro con los ojos casi cerrados mientras les busco parecidos razonables. A estas horas no hay parecido posible pero no puedo dormir más. Tampoco sé qué hora es, aunque intuyo que debe ser una de esas horas más propias de acostarse que de levantarse.

No quiero moverme mucho para no despertarte, así que me dedico a pensar en los últimos días, en los momentos que hemos vivido y las decisiones que hemos tomado. No puedo evitar sonreír. De pronto, siento tus dedos en mi espalda. Esos dedos que conocen mi cuerpo,  esos que saben entender el idioma de mi piel, los que no necesitan ningún mapa para llegar o hacerme llegar. Esos que ahora apartan mi pelo para dejar paso a tus labios. Me giro y te miro,  me sonríes y me susurras un buenos días al que te respondo con otro a un centímetro de tus labios. Pegas tu cuerpo al mío y el centímetro entre nuestros labios se reduce a cero. Un beso largo y lento que se va acelerando por ese tipo de energía llamada deseo. Te colocas sobre mi y sujetas mis manos por encima de mi cabeza. Me gusta. Te miro desafiante, puede ser un bonito combate en el que el mejor resultado puede ser un empate. Mi pecho sube y baja, se acelera, mis labios se entreabren,  casi puedo escuchar tu corazón y notar el deseo como algo físico. Sueltas mis manos pero las dejo donde estaban, quiero decirte algo pero rozas mis labios con tu dedo índice. Sssshhh.
Me sonríes arqueando las cejas y deslizas tus manos por mi cuerpo y sigues hasta que no puedo más y te rodeo con mis brazos y hacemos el amor como si no hubiera nada más, como si hubiera que rozar la perfección en ello en este momento. Y la rozamos, sin duda

Y recuperamos la respiración mientras hablamos bajito y nos reímos. Miro el reloj. Ya es hora,  una ducha y nos marchamos, es momento de cerrar la maleta y meterla en el coche. Toca carretera y manta y muchos kilómetros por delante hacia el lugar que hemos elegido para iniciar una nueva vida juntos. Lejos de todo y de todos. Empezar de cero o más atrás. Sin cargas, casi con lo puesto. Sobra casi todo.

Toda una carretera por delante. Y una vida. Y ganas. Y lo que queda por vivir.

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La nada escupe monstruos

Me encontraba de pie, mirando el cuadro con los ojos muy abiertos y la cabeza ligeramente ladeada hacia la derecha. Llevaba un vestido estrecho, tacón alto y el bolso en la mano y, como siempre, el pelo suelto a pesar de ese horrible calor que se había quedado a vivir en la ciudad desde hacía más de dos semanas. Había salido hacía un rato de la oficina  y había ido directamente a ver  la exposición que inauguraba un amigo en una galería cercana. Cuando entré, Max estaba rodeado de personas que le escuchaban atentamente, así que le saludé con la mano, le guiñé un ojo y me acerqué a uno de los camareros para coger una copa de la bandeja. Max y yo nos conocemos desde que íbamos al colegio. Él siempre se sentaba detrás de mi y me soplaba en el cuello o me cantaba bajito canciones que se inventaba para que me riera. Fueron muchos años de risas, de salir en la misma pandilla, de música, de suspensos y aprobados, de probar, de emociones… años inolvidables. Luego, cada uno hicimos una carrera, conocimos gente nueva, tuvimos amores, desamores, fuimos los más felices y los más desgraciados del mundo…pero nunca perdimos el contacto. Siempre quedábamos cada dos o tres meses, cenábamos juntos y pasábamos la noche de juerga o hablando sin parar recordando viejos tiempos y poniéndonos al día de nuestras vidas.

¿Qué demonios era ese cuadro?. Era un lienzo enorme con un círculo grande y negro y cuatro cuadrados de otros colores más abajo. Ahí estaba yo…mirándolo con la cabeza ladeada, el bolso en una mano y un gintonic en la otra. Me acerqué a mirar el nombre del cuadro “La nada escupe monstruos”. Giré la cabeza y miré a Max. Me miró desde la distancia y se rió mientras yo le dedicaba una cara de extrañeza de lo más evidente. Este Max…¿cómo pensaba que alguien iba a comprar un cuadro como ese?: ¿Qué nada…qué monstruos?. Ay… yo me quedé en el impresionismo, me cuesta entender el arte más allá de eso. El camarero se acercó a mí, dejé la copa vacia en la bandeja y le pedí otro gintonic. De pronto sentí un abrazo por la espalda y un beso en la nuca. “Tráigame otro, por favor”, pidió Max al camarero. “¿Cómo estás, mi niña?”, me dijo sonriendo mientras me daba un abrazo y me levantaba del suelo. Tras contarle las últimas novedades de trabajo, exmarido y niño rápidamente, me cogió del hombro. Él sabía que no me gustaban sus cuadros, que no entendía ese tipo de arte ni creo que fuera a entenderlo nunca pero ahí estaba yo, la primera, en cada exposición que inauguraba. Y el caso es que gustaba, tenía éxito y buenas críticas y eso me alegraba mucho. Me miró y me dijo “Mira el cuadro, este es para ti. ¿Sabes cuál es la nada? Lo que no he querido verhasta ahora”. Yo le escuchaba mirándole a los ojos. “Y no sé si mi nada ha escupido monstruos o los ha vomitado pero ya está limpia y vacía, lista para llenarse y dejar de serlo.Y sé que contigo se llenará. Sé que nuestra amistad va más allá porque lo hemos sentido durante años aunque no queramos ni pensarlo”. Yo seguía sin decir nada, solo le miraba mientras sentía que los latidos de mi corazón podrían escucharse en el otro extremo de la sala.

Me tomó de la mano y le dijo a su marchante que atendiera a quien fuera preciso, que ya hablarían. Y nos fuimos a ver si encontrábamos una forma de llenar esa nada.

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Lineas paralelas

Shhh…no digas nada… Sé perfectamente lo que ha ocurrido, ha sido un cruce de cables. Uno más. Algo que, para no deber haber ocurrido, nos lleva ocurriendo desde hace más de un año. Es lo que pasa con los cables…que sueltan chispas. Que, cuando se tocan en determinadas circunstancias, es imposible evitarlo.

Tenemos unas familias perfectas, casi de reportaje del Hola. Tu esposa, mi marido, los niños, las casas y los perros. Todo precioso. Amigos de toda la vida, desde que salíamos en la misma pandilla. Cada uno con nuestra vida, nuestros novios, rollos…hubo de todo en aquellos años pero nunca entre nosotros. Jamás. No sé si es que no sentíamos atracción o que nos atraíamos tanto que no queríamos ni pensarlo. No era una opción, ni siquiera un plan B. No era. Punto.

Se nos ocurrió la maravillosa idea de comprar las casas al lado, llevar a los niños al mismo colegio y ser casi como familia…o incluso más. Era una perfecta existencia en paralelo si obviamos los chispazos que empezaron a surgir entre nosotros en un momento dado o es que ya estaban y vivíamos quemándonos los dedos y sin querer notarlo.

No sé de quién fue la no menos maravilosa idea de irnos todos juntos de viaje en verano. Se trataba de alquilar una casa en Mallorca y pasar allí dos semanas de descanso y relax, contratando también una cuidadora para los niños y así poder hacer un poco más nuestra vida los cuatro, rememorando los viejos tiempos en los que no había obligaciones familiares. Y ya lo creo que la hicimos…fue como volver a tener veinte años pero esta vez, no sé cómo fue, tú y yo acabamos enredados. Los niños acostados, tu esposa y mi marido charlando en el jardín tomando copas, yo que digo que voy a comprobar que todo está en orden y, de repente, tú en la escalera. Y un cruce de cables. Y un chispazo. Y una mirada que quema. Y un bajar al salón con la luz apagada. Y un polvo memorable, porque aquello fue un polvo en toda regla. De los que hacen temblar las piernas tras un orgasmo que no tardó en llegar, de esos en los que el deseo es tan fuerte que se puede tocar. Y colocarme el pelo y salir al jardín con una sonrisa tonta en los labios…y tú a los pocos minutos con la excusa de que te habías quedado dormido contando un cuento a tu pequeña. Dios…menos mal que las copas hacen su efecto y a ellos les pareció tan normal.

Desde entonces, nuestras perfectas vidas paralelas se cruzan de vez en cuando. Y los cables se juntan. Y saltan chispas.Y las lenguas se enredan. Y tiemblan las piernas. Y fabricamos orgasmos de modos que ni conocíamos. Y descubrimos lo que nos desconocemos y vamos conociendo de nosotros cuando eso ocurre. Y nos gusta. Y al rato, volvemos a trazar nuestras lineas paralelas…y me coloco el pelo. Y tú abrochas bien los botones de tu camisa. Y aquí no ha pasado nada. Porque hay paralelas que se cruzan. Y saltan chispas. Pero, ssshhhh…no digas nada.

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