La nada escupe monstruos

Me encontraba de pie, mirando el cuadro con los ojos muy abiertos y la cabeza ligeramente ladeada hacia la derecha. Llevaba un vestido estrecho, tacón alto y el bolso en la mano y, como siempre, el pelo suelto a pesar de ese horrible calor que se había quedado a vivir en la ciudad desde hacía más de dos semanas. Había salido hacía un rato de la oficina  y había ido directamente a ver  la exposición que inauguraba un amigo en una galería cercana. Cuando entré, Max estaba rodeado de personas que le escuchaban atentamente, así que le saludé con la mano, le guiñé un ojo y me acerqué a uno de los camareros para coger una copa de la bandeja. Max y yo nos conocemos desde que íbamos al colegio. Él siempre se sentaba detrás de mi y me soplaba en el cuello o me cantaba bajito canciones que se inventaba para que me riera. Fueron muchos años de risas, de salir en la misma pandilla, de música, de suspensos y aprobados, de probar, de emociones… años inolvidables. Luego, cada uno hicimos una carrera, conocimos gente nueva, tuvimos amores, desamores, fuimos los más felices y los más desgraciados del mundo…pero nunca perdimos el contacto. Siempre quedábamos cada dos o tres meses, cenábamos juntos y pasábamos la noche de juerga o hablando sin parar recordando viejos tiempos y poniéndonos al día de nuestras vidas.

¿Qué demonios era ese cuadro?. Era un lienzo enorme con un círculo grande y negro y cuatro cuadrados de otros colores más abajo. Ahí estaba yo…mirándolo con la cabeza ladeada, el bolso en una mano y un gintonic en la otra. Me acerqué a mirar el nombre del cuadro “La nada escupe monstruos”. Giré la cabeza y miré a Max. Me miró desde la distancia y se rió mientras yo le dedicaba una cara de extrañeza de lo más evidente. Este Max…¿cómo pensaba que alguien iba a comprar un cuadro como ese?: ¿Qué nada…qué monstruos?. Ay… yo me quedé en el impresionismo, me cuesta entender el arte más allá de eso. El camarero se acercó a mí, dejé la copa vacia en la bandeja y le pedí otro gintonic. De pronto sentí un abrazo por la espalda y un beso en la nuca. “Tráigame otro, por favor”, pidió Max al camarero. “¿Cómo estás, mi niña?”, me dijo sonriendo mientras me daba un abrazo y me levantaba del suelo. Tras contarle las últimas novedades de trabajo, exmarido y niño rápidamente, me cogió del hombro. Él sabía que no me gustaban sus cuadros, que no entendía ese tipo de arte ni creo que fuera a entenderlo nunca pero ahí estaba yo, la primera, en cada exposición que inauguraba. Y el caso es que gustaba, tenía éxito y buenas críticas y eso me alegraba mucho. Me miró y me dijo “Mira el cuadro, este es para ti. ¿Sabes cuál es la nada? Lo que no he querido verhasta ahora”. Yo le escuchaba mirándole a los ojos. “Y no sé si mi nada ha escupido monstruos o los ha vomitado pero ya está limpia y vacía, lista para llenarse y dejar de serlo.Y sé que contigo se llenará. Sé que nuestra amistad va más allá porque lo hemos sentido durante años aunque no queramos ni pensarlo”. Yo seguía sin decir nada, solo le miraba mientras sentía que los latidos de mi corazón podrían escucharse en el otro extremo de la sala.

Me tomó de la mano y le dijo a su marchante que atendiera a quien fuera preciso, que ya hablarían. Y nos fuimos a ver si encontrábamos una forma de llenar esa nada.

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