Mis cosas.

Me gusta la tormenta, el sol tras las nubes, la luna de enero. El café cargado, la brisa ligera, tu mirada esperando. La carne cruda, la realidad al punto, los dobles sentidos, saber que te gusto.

La emoción desbordada, tu voz al oído, mi piel erizada. Los tacones altos, las pasiones bajas, los labios pintados, tu mano en mi espalda. Provocarte risas, las noches en calma, las estrellas fugaces y poder sentir el alma.

Me gustan las lentejuelas y todo eso que no amarga, el chocolate en cualquier forma, lo que brilla y lo que desarma.

La leche fría, la piel caliente, los planes rotos y las peonías.

La risa de un niño, la espuma en las olas, el sentirte cerca y que me quites la ropa.

Recordar historias, vivir el presente, llorar de alegría, saber que se puede

Me gustan los perfumes, las tartas con sus velas, creer en quien aprecio, hacer regalos, recibir sorpresas.

Y me gusta haber encontrado las personas a las que quiero, agradecer mi suerte y saber que no todo está hecho. Porque la vida duele y destroza pero es única dando y cuando llega y sonríe, no hay más que darle la mano

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A la cola

Ya te he escuchado. Muchas veces. Y, ¿sabes?, dominas el arte de decir lo mismo con distintas palabras para que parezca que dices mucho. Pero no. El caso es que de eso me he dado cuenta hace poco tiempo, debe ser porque antes me bloqueaba nada más comenzar a escucharte y no era muy consciente de lo que decías. Es decir, que cuarenta reproches se quedan en diez, más o menos… Ya me quedo más tranquila.

Lo cierto es que ahora que las cosas han cambiado, que yo también he cambiado, creo que sería capaz de escucharte sin inmutarme, incluso con una sonrisa. Pero, no sé por qué, creo que ahora no tienes ya tanto que reprochar. O, quizás, es que no es tan fácil reprochar cuando la persona que tienes delante no se derrumba, haciendo con ello que te crezcas. Y dicen que las personas no cambian pero yo he cambiado. Y mucho. Lo mejor es que ahora no me importa lo que se piense de mí. Seguramente, me educaron de una manera que no tuvo en cuenta cómo era yo. Y te incluyo en lo de educar porque tú también trataste de hacerlo. Cambiarme para ser un reflejo de lo que a ti te gustaba o cómo veías la vida en general. Y yo lo acepté pero terminé por no conocerme, por no aguantarme. Por eso, ahora puedo escucharte y me gustaría que me dijeras todo lo que no te gusta de mí ahora. Al igual que me gustaría escuchar a otros. No lo que les gusta, eso no lo dirían tan fácilmente, sino lo que no. Ahora puedo. Y quiero. Porque ya no me importa.

Ha costado pero es así. Y ahora hay contestación. No reproche sino contestación y confianza en que me gusta como soy. Puede que viniera así de serie y no haya podido sacarlo hasta ahora, también lo he pensado, no creas. Asi que…a la cola, que ya hay algunos esperando para emitir su juicio. Ese que pienso ignorar por completo.

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Cuenta atrás

Era inevitable y lo sabíamos. Tan inevitable que, desde la primera mirada, supimos que necesitábamos probar hasta dónde llegaba. Necesitábamos saber hasta dónde íba a subir la temperatura de nuestra piel. Hasta dónde podíamos llegar sin rozarnos. Necesitábamos saber cuantas palabras de cortesía debería haber antes de hablar veladamente en otro sentido. Necesitábamos saber qué roce iba a transformarse en caricia.
Y todo fue en cuestión de segundos.
Nos intercambiamos los teléfonos y en nos despedimos con dos besos que se quedaron con las ganas
Y en un momento sentimos que nuestra piel iba a arder junta, que nuestros labios iban a fundirse, que nuestras manos iban a descubrir,  que nuestros cuerpos iban, primero a vibrar y luego a componer unos acordes que se unirían hasta crear esa melodía que iba a ser nuestra, que nuestras pieles iban a reconocerse,  que nuestra ropa iba a sobrar.

No era un deseo o una impresión, era una evidencia. Era un hecho, lo sentíamos real. Por eso,  cuando volvimos a vernos, sobraron palabras y habría sobrado hasta la cena aunque ese rato fue el que nos hizo tener la certeza. No había retorno ni lo deseábamos.  Había comenzado una cuenta atrás que ambos sabíamos cómo iba a terminar. Nuestros labios se fundieron y sentimos que también se fundían nuestros cuerpos. Recorríamos nuestros cuerpos con caricias, buscando mil caminos inexplorados. En la punta de la lengua no había palabras sino la piel del otro. Susurros, jadeos,  respiraciones entrecortadas, gemidos, deseo…y una cuenta atrás que termina y precede a esa deseada explosión.

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¿Nos conocemos?

¿Quién eres tú y qué haces asomándote a mi espejo?

¿Nos conocemos?

El caso es que me recuerdas vagamente a alguien que conocí hace tiempo pero no puedes ser tú.

Esa mujer a la que yo conocía tenía los ojos tristes, el pelo más oscuro y no tan largo.

La mujer que yo conocí no llevaba los labios rojos ni se curvaban en una sonrisa con mucha frecuencia.

Esa mujer no se veía como quería ser pero tampoco le importaba.

Ella no tenía esa piel brillante ni la ropa le sentaba así.

Y juraría que, hasta el cuerpo es diferente.

Dime, ¿de dónde has salido?. Me miras con familiaridad…¿seguro que no nos conocemos?

Ya tengo curiosidad, tengo dudas…

Te pareces a ella y tu voz suena casi igual pero el tono ha cambiado. Ahora es más alegre y se mezcla con risas.

Tampoco tu actitud es la misma, ni tu postura, ni tu expresión.

Sabes…ella, muchas veces, parecía derrotada. Desilusionada. Agobiada. Cansada. Apagada. Y sin ganas de salir de ahí.

Tú no pareces cansada, estás contenta, te brillan los ojos.

Y esa ropa…estás a gusto con ella, la llevas como parte de ti. Creo que a la mujer que yo conocí le habría gustado pero no creo que le apeteciera llevarla. Al menos, así no.

Entre aquella mujer que yo conocí y la que estoy viendo en mi espejo han pasado apenas unos años y pareces más joven ahora.

Eres tú, lo sé, eres y no eres porque hasta eres diferente por dentro. Pero eres. Ahora, como te gusta. Ahora eres de verdad, te vas componiendo a tu modo, sin presiones…

Claro que nos conocemos. Pero ahora sí es un placer conocerte. Bienvenida.

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