Volar.

No se trata de despegar o no poner un pie en el suelo. Ni de desplegar las alas, pedir pista y salir.

No es una huida hacia arriba con miedo, sin fuerza y porque sí. Ni hay puerta de embarque, control de pasaporte o sala V.I.P.

Volamos sin saber. Volamos para vivir. Volamos incluso sin cielo, con tormentas, sin permiso ni ganas de seguir.

Porque no hacen falta alas ni viento ni tiempo. No hace falta motor, no hace falta saber. No hay que querer subir, tan sólo mantenerse en pie.

Se vuela cuando se ama, cuando se desea, cuando te hacen creer. Se vuela ante el fracaso porque no te puedes permitir caer.

Se vuela de alegría, de miedo o de ilusión. Con la sonrisa en los motores, el miedo o la decepción.

Se vuela tras tropezar, caer, mirar y seguir. Con alas prestadas, sin motor, con el viento en contra y el corazón a favor.

Porque, a veces, nuestro sitio no es el suelo aunque tengamos que seguir en pie.

Volamos para que nos vean, para respirar, para crecer. Sin anclarnos nunca al suelo ni a esa tierra que nos duele y también sin olvidar que siempre debemos reservar una cena en el infierno.

Podría hablar 

Podría hablar de lo que no duele pero asfixia, de lo que provoca una sonrisa pero agita las lágrimas.

Podría contar historias interminables, hablar de finales sin punto, de puntos sin seguir, de palabras sin voz.

O hablarte de dragones blancos y nieve entre el fuego, de fuego helado en la cima de un volcán.

De Pandoras y sus cajas, de huracanes que susurran, de susurros que gritan y gritos que cantan nanas.

O del cíclope de cuatro ojos, la sirena con alas o el ángel con sexo. De Penélopes que no sabían tejer y Ulises a los que asustaba el agua.

Podría fingir que esos relámpagos no traen tormenta o que el ruido del trueno sólo es música rock. Que ese olor a lluvia sólo es un perfume y el huracán que se acerca sale de un ventilador.

O puedo fingir que a mí no me ocurre, que me lo han contado o que lo leí. Que algo he oído, que me pilla lejos, que yo no sé nada o que es mejor así.

Pero hay veces en que el alma pesa, duele o yo no sé y hay que calmarla, dejar que hable o contarle un cuento. O armarse de valor para enfrentarse a ella, abrir su puerta, entrar y cerrar por dentro.

Saltar.

Aunque dé miedo, aunque no sepamos dónde, sin conocer el destino.

Saltar cerrando los ojos, respirando hondo, contando hasta tres. Sin pensar más, sin esperar menos, sin buscar porqués.

Saltar con lo puesto, sin prejuicios, con el alma y sin carnet. Sin paracaídas, con el pulso a mil, sin motivos,  con la razón que da un sí. Sin permiso, con corazón, sin coraza y sin pedir perdón.

A pesar de todos, de todo, de ti. Con el viento en contra y la vida a favor, la tormenta a la espalda, el sol de cara, sin brújula y sin saber. Saltar sin truco, confiando en que hay magia, pensando en poder.

Temblando, no recordando, conociendo lo que es querer. Saltar sabiendo que no hay que saber. Saltar seguro. Saltar sin red.