Pequeños grandes cambios.

Cuántas veces hay que compartir tiempo con personas que no nos aportan nada.
Cuánto tiempo perdemos haciendo cosas “porque toca”.
En cuántas ocasiones decimos que sí cuando en nuestro interior se escucha un no.
Cuántas reuniones familiares nos saltaríamos sin dudar un minuto.
Cuántas veces adoptamos posturas neutrales por evitar conflictos.
En cuántas ocasiones se impone lo políticamente correcto.
Y dejarse llevar por la corriente…
Y perder oportunidades por miedo.
Y no decir lo que se piensa…
Y respetar a los que no nos respetan…
Cuántas veces tratamos de justificar lo injustificable…
Y tratamos de agradar…
Y nos plegamos a los convencionalismos…
Y hacemos tantas cosas sin ganas…

Hasta que decidimos cambiar y vemos que no es malo, todo lo contrario. Que nos respetamos a nosotros mismos y ganamos tiempo. Y vida. Y tranquilidad. Y que no hay que tener miedo a salir de lo convencional. Que es una especie de criba que deja en nuestra vida a las personas verdaderamente importantes y nos libera de aquello que pesa y no aporta.
Y que merece la pena.

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Aprender

No hay mejor momento que ahora, mejor mañana que hoy o mejor apuesta que ir con todo. Ni mejor oportunidad que la que te das o mejor miedo que el que te quitas.

No hay mejor promesa que la que cumples, mejor abrazo que ese en el que te quedas o mejor olvido que del que te vas. Ni hay mejor motivo que el que te vale, mejor camino que sientes o mejor beso que el que se desea y se da.

Tampoco hay mayor distancia que no atreverse, mayor locura que no cometerla o peor motivo que pensar que no. Ni peor monstruo que el que creamos, peor fuego que el que no quema o peor mentira que la que nos contamos.

O felicidad más triste que la que nos negamos, peor sentencia que la que nos dictamos o perdón más difícil que a uno mismo.

Y no hay mejor modo de vivir que aprendiendo y volviendo a caer. Y a levantarse cada vez antes, de eso trata el crecer

También aprender a olvidar para seguir, para volver a empezar, para aprender de nuevo y saber que podemos atrevernos, que siempre estamos a tiempo

SI HUBIERA

Si hubiera dicho, hecho, olvidado; si hubiera podido, querido, dejado.

Si hubiera entendido, cambiado, si me hubiera atrevido. Si hubiera parado, pensado, respirado, si hubiera buscado el sentido.

Si me hubiera escuchado, calmado, consentido, perdonado; si me hubiera querido.

Si hubiera sido fuerte, si no hubiera esperado, si hubiera creído menos, si hubiera reprochado, si hubiera gritado.

Si no hubiera llorado mares o hubiera reído canciones; si hubiera decidido bajarme en cualquiera de las estaciones.

Si no hubiera esperado ni apretado los dientes ni decidido; si no me hubiera juzgado.

Si no me hubiera sentido pequeña, asustada o gigante; si hubiera sabido lo que era marcharse antes.
Y resulta que el pasado no se cambia, no vuelve, no va en condicional, no repite. Ni vale la pena llorar, lamentarse o pensar qué fue lo que no hiciste.

El pasado marca pero ya no existe y mejor no perder tiempo pensando en lo que fue, lo que hicimos o lo que estuvo mal. Vale más aprender, intentar, seguir y hacer del futuro algo especial.

LA VIDA

A veces la vida frena, mira, se calma o simula que retrocede. A veces trae personas, a veces trae recuerdos o los fabrica para ver qué haces con ellos.

Otras veces se acelera, suelta lastre, toma aire o ignora. Te espera sentada, te quita la ropa, te ensucia, te limpia o te agota para que pidas la hora.

O te acaricia el pelo, te hace cosquillas, te araña, te sujeta o te lanza muy lejos de la orilla. Y luego te salva, te abraza, te mira fijamente y te dice que no ha pasado nada.

A veces te escucha, a veces te calla, te ignora, te obedece, va por libre o se adapta. O trae regalos y luego te los quita o te los da para siempre. O te deja con lo puesto en mitad de un temporal y te mira desde lejos sin tener la mínima intención de ayudar.

A veces la vida te hace trucos, a veces es magia o la manga del as. A veces es sueño, pesadilla, noche en vela o esa canción a la que siempre regresarás.

Es Alicia, el conejo blanco o la Reina de Corazones; el Sombrerero loco o el gato de Cheshire tumbado en la maleza. Todo un País de las Maravillas donde hay que atreverse a vivir antes de escuchar “Que le corten la cabeza”.