No se vive desde fuera.

Veía la vida desde fuera. Como si estuviera sentada en una butaca de cine mirando una pantalla en la que pasaban cosas. Era como si me ocurriera a mí pero, realmente, no iba conmigo. Ocurría pero no terminaba de sentirlo, no lo vivía. Era mi vida…vivida por otra.

No… más bien era yo viviendo una vida que no era la mía. Una vida que era la que se suponía, por la que pasaba sin vivir de verdad. Una vida que avanzaba sin avanzar yo en ella. Una vida que llegué a no apreciar, a dejar pasar el tiempo, a no vivir…en la que no me encontraba.

Hasta que un día…un día entendí

Entendí que la vida no tiene que ver con el tiempo. Que en cualquier momento se vive, que en cualquier momento se muere. Que nunca es tarde para retormarla, que ella nos espera aunque no la hayamos valorado lo suficiente.

Entendí que el amor se termina pero no nos arrastra. Que se puede recordar lo amado  y sonreír. Entendí que se puede amar sin miedo, con libertad, que hay amores que nos hacen descubrirnos, que nos sorprenden, que nos mejoran, que pueden amarnos sin ahogar. Entendí que “amor” es una palabra con tantos significados y tan grandes, que impone. Entendí que siempre es un privilegio. Aprendí a valorar querer y ser querida, a perder el miedo.

Entendí que mis opiniones son válidas e interesantes. Que no tengo que callarme, que mi postura no vale menos que otras, que la defiendo sin imponer pero sin dejar que me pisen. Entendí que sé decir NO y mantenerlo. Entendí que puedo elegir, dejar de poner excusas, dejar de lado lo que no quiero y decidir con quién comparto.

Y entendí, por fin, que no me importa si gusta o no. Que pasó el tiempo de dar importancia a otros quitándomela a mí. Que se acabó vivir como se supone, tratar de agradar o no molestar. Que siempre nos queda vida…siempre que queramos vivirla. Y que nunca es tarde para ello. La vida es agradecida, generosa, te vuelve a dar, te pone un futuro ante tus ojos…tú decides cómo vas a vivirla. Y yo decidí que, después de mucho tiempo, iba a ser como sentía.

Porque un día me di cuenta de que no quería que la muerte me encontrara ya muerta.

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¿Bailamos?

Hace tiempo, en una visita a Tanger, iba por una calle estrecha y no muy concurrida cuando, de repente, escuché un sonido que me hizo detenerme. No era una canción ni una melodía sino más bien una música muy básica, una percusión que provenía de una especie de tambor pequeño que golpeaba un hombre ya mayor. Él me miró y me hizo una señal para que me acercase. En una mezcla de inglés, español y no sé qué idioma más, acompañado por muchos gestos, me explicó que cada persona tiene un ritmo interior. Me dijo que vivimos en un mundo demasiado ruidoso, que no nos permite escuchar lo básico. Que oímos sonidos, música, voces…pero no los escuchamos desde dentro y se convierten en algo confuso. Me explicó que, cuando logras encontrar ese ritmo propio en un momento de tu vida, es como si todo empezase a encajar, como si te empezaras a equilibrar, como si todo comenzase a fluir solo. Me aseguró que la vida cambia desde que se encuentra ese ritmo interior. Y que yo me había detenido porque había algo en su música que yo había reconocido como propio, que la había sentido.

Lo cierto es que era verdad que algo en esos golpes en su tambor me había hecho parar y sentir algo en mi interior pero, en ese momento, pensé que era casualidad, o que estaba en esos días…no sé. El caso es que le sonreí, le di unos euros y me fui.

 

Desde ese momento, creo que me paré y miré. Y traté de escuchar. Y entendí muchas cosas que no había entendido hasta entonces.

Entendí que los malos tragos, mejor cuanto antes y de golpe.

Entendí que es en la calma donde nos preparamos para la tempestad.

Entendí que se deja de amar pero no de vivir.

Entendí que hay batallas que se ganan no librándolas.

Entendí que somos tan fuertes que, en ocasiones, nos asusta.

Entendí que ser feliz no tiene que ver con ser entendido, ni con tener, ni con gustar.

Entendí que somos más importantes de lo que algunos nos han hecho creer.

Entendí que, aunque asusten, los cambios son absolutamente necesarios.

Comprendí que el amor no se elige ni nos da a elegir. Es.

Comprendí que, cuando se ama no se ata, a no ser en momentos íntimos.

Comprendí que el miedo resta, vacía y nos roba las emociones.

Comprendí que somos mucho más de lo que, en ocasiones, nos permitimos ver.

Comprendí que decir NO es necesario. Y más, mantenerlo.

Comprendí que la vida era mucho más  de lo que yo había creído.

Y entendí que, si la escuchas, la vida te dice bajito… “¿Bailamos?”

Y yo me levanto y tomo su mano. Da igual el momento, da igual quién mire, no importa lo que haya alrededor… Ahora es mi ritmo, seguro que puedo.

Y yo contesto… “Claro que sí. Bailamos”

Te quiero.

A veces da miedo…da miedo sentirlo. Ese momento en el que eres consciente de que quieres a alguien y  es esa mezcla de ilusión, ganas, vértigo, ceguera y contradicción. Ese momento en el que te sientes fuerte y vulnerable, que puedes volar y caer a plomo, seguro y en un mar de dudas, perfecto y el más completo de los desastres.

Y también da miedo ser querido…decepcionar, hacer daño, ser otro fracaso, no estar a la altura, no dar lo suficiente… Nos ponemos límites, dudamos de nosotros, nos creemos menos, no somos conscientes de nuestro valor, de la felicidad que podemos aportar a quien nos ama y nosotros correspondemos.

 

Hace tiempo decidí que el amor no se razona. Ni se piensa. Ni se teme.

Hace tiempo decidí que nadie, ni siquiera yo misma, tendría que pagar por mis fracasos pasados.

Hace tiempo decidí que lo que no se vive, se muere.

Hace tiempo decidí que amar es un regalo que siempre hay que abrir y disfrutar.

Y entendí que amar no es atar, no es poseer. Que el amor que se fuerza se rompe. Que se puede amar sin pedir porque lo que se recibe es de verdad. Entendí que hay mil formas de amar y todas son buenas. Que no hay normas, que cada vez es diferente, que siempre sorprende, nos hace conocernos y romper prejuicios. Y entendí que el amor se acaba pero no nosotros con él.

Hace tiempo decidí que decir “te quiero” es necesario a pesar de no saber si se es correspondido. Que, aunque dé miedo, prefiero que la otra persona lo sepa porque puede que no haya otra ocasión. Porque no tenemos comprada la vida, ni el tiempo, ni la ocasión de decirlo en otro momento. Porque creo que es grande ser querido. Porque, si no se dice con palabras, se dice sin ellas. Porque creo que es muy difícil ocultar el amor. Y porque cuando digo “te quiero”, siempre es cierto. Siempre acierto.

 

 

Imperfecto.

Como ese osito de peluche al que le falta un ojo.

Como una noche sin luna, como una tormenta sin calma.

Como ese “te quiero” sin contestación.

Como esa poesía que no encuentra su rima.

Como esa luz que, al final, nos deslumbra.

Como esa canción que no nos conmueve, como esa mirada que ya no emociona.

Como ese zapato al que le falta un poco más de tacón.

Como ese beso que nos deja indiferentes.

Como esa pretendida perfección.

Como una fiesta sin la compañía adecuada.

Como un sueño que rompe el despertador.

Como esa música que suena a destiempo.

Como una casa que no tiene habitantes.

Como un fuego que no tiene con qué arder.

Como una caricia sin alma. Como un alma sin caricias.

Imperfecto como el tiempo. Como una página con la tinta borrada.

Imperfecto como nosotros, como lo que vale la pena.

Imperfecto como la vida. Como esa historia que termina antes de tiempo.

Imperfecto como los sentimientos, como las emociones.

Como esa piel con cicatrices, como esos ojos de los que brotan lágrimas.

Imperfectos como la vida, como lo que somos.

Como lo que nos hace sentir afortunados…todo es imperfecto.

Y, por eso la perfección no existe, no la conocemos. La imaginamos pero no contamos con ella. Es lo que somos, imperfectos. Es lo que nos hace diferentes, interesantes, humanos y perfeccionistas. Buscamos lo que no existe, lo que pensamos que anhelamos, lo que  creemos que merecemos. Esa falsa perfección. Esa que no reconoceríamos aunque la tuviéramos ante nuestros ojos…nuestros imperfectos ojos.

Imperfecta me gusto.

Imperfecta me gusta mi vida.

Imperfectos me gustáis.

Imperfecto es mi mundo, lo que quiero y deseo, lo que me motiva, lo que me frustra.

La vida…lo que somos…lo que vivimos.

 

 

 

A veces ocurre…

A veces ocurre que el alma aprieta y que el aire ahoga.

Ocurre que no importa el calor que haga fuera porque mi interior está helado. Y no hay abrigo que valga, no hay infierno, no hay hoguera.

Ocurre que los últimos pedazos de corazón ya se pulverizaron y una ráfaga de viento se los llevó no sé muy bien dónde. Y ahí ha quedado un vacío que hace eco.

Ocurre que hay nudos en la garganta y en el estómago. Nudos de esos que cierran y aprietan, que dejan el espacio justo para que entre lo necesario para sobrevivir.

A veces ocurre que no me reconozco. Ocurre que parece que no soy yo la que habla ni la que actúa ni la que soporta, ni la que piensa o deja que ocurra. Que esa no es mi voz… yo no diría eso. Que ese no es mi carácter… yo no pasaría por eso.

Ocurre que el espejo me devuelve una imagen que no soy yo. Y esa mujer que veo no me gusta. El caso es que me recuerda levemente a alguien que conocí… pero no. Debo estar equivocada.

Y a veces ocurre que miro hacia arriba porque me siento pequeña, porque todo me queda grande, porque creo que he entrado en un mundo que no es de mi talla…o la que no da con su talla soy yo ahora.

Y ocurre que tú no eres quien eras y, seguramente, yo tampoco. Que no te reconozco. Que hasta tu voz me suena extraña. Que no quiero tus excusas ni tus historias, ni tus regalos, ni tus canciones. Que tengo muchos más anillos que dedos, cuando lo que necesito son tus dedos entrelazados con los míos. Que tengo abrigos caros colgados en perchas, incapaces de quitarme el frío del alma. Que tengo pendientes de todas las formas, tamaños y materiales, cuando lo que necesito en mi oído es el roce de tus labios diciendo que me quieres.

Y, sabes… A veces ocurre.

Ocurre que ya.

Ocurre que no más.

Ocurre que ahora yo.

Ocurre que aquí me bajo. Que no sé dónde, pero voy. Y no es contigo.

Sabes… A veces ocurre.

 

 

 

 

 

 

Manos.

Son las que señalan y abrigan, las que enseñan y desnudan.

Las que nos suben al cielo y nos cortan las alas.

Son las que escriben y borran, las que acarician y arañan.

Son las que nos hacen sentir seguros y las que nos empujan al abismo.

Las de bonitas uñas rojas o garras ensangrentadas, las que arrancan la ropa o cierran botones.

Esas que deseamos y nos desean, las que erizan nuestra piel y despiertan las pasiones.

Las que abren puertas y enseñan mundos, las que cierran pasos y queman puentes.

Son las que nos curan y nos calman, las que nos hieren y nos excitan.

Las que rompen y unen, colman y vacían.

Aquellas que sujetan y sueltan, las que elevan y dejan caer.

Las que nos acarician el pelo y nos revuelven el mundo, las que ordenan y se entregan.

Son esas que recorren nuestro cuerpo y perfilan nuestra alma, las que nos hacen sentir dioses o nos queman como demonios.

Esas que nos provocan sensaciones, que hacen que nuestra piel no olvide.

Las que nos dejan sin aliento y nos dan la vida, las que nos guían y nos pierden.

 

Son las manos, las que contienen nuestra intimidad, las que hablan por nosotros, las que expresan lo que no sabemos, las que intuyen, las que van por delante… Siempre ellas, siempre especiales, siempre únicas y necesarias.